El Faro de Puerto Aliso Capítulo 10 — Gustavo
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Capítulo 10 — Gustavo

Dentro de El Ancla, ya con la librería cerrada y el sol completamente oculto tras el horizonte, Rosa encendió las luces del piso superior y llevó a Gustavo hasta el escritorio de su abuela, donde le mostró la fotografía en blanco y negro que había encontrado semanas atrás, la de Amparo joven junto a aquel hombre de mirada seria llamado Emilio.

—No sabía nada de este hombre —dijo Rosa, sosteniendo la fotografía con cuidado—. Mi abuela nunca me habló de él. Y por lo que dice detrás, el mar se lo llevó.

Gustavo tomó la fotografía entre sus manos, observándola con atención.

—Emilio Sotolongo. Mi padre me habló de él alguna vez. Era pescador, como toda esta gente, y murió en un temporal cuando yo todavía ni había nacido. Dicen que Amparo estuvo prometida con él antes de casarse con tu abuelo.

—¿En serio? Nunca lo mencionó.

—Hay historias que la gente prefiere guardarse, Rosa. No porque duelan menos con el tiempo, sino porque contarlas en voz alta las hace más reales de lo que uno está dispuesto a soportar.

Rosa se quedó pensativa, guardando la fotografía de nuevo en la caja de latón con un cuidado casi reverente, y Gustavo la observó hacerlo con una ternura que ya no se molestaba en disimular.

—¿Sabes? —dijo Rosa, cerrando la caja de latón—.

Cuando llegué a este pueblo, hace apenas un mes, estaba convencida de que mi abuela había vivido una vida sencilla, sin sobresaltos, dedicada por entero a esta librería y a esperar mis visitas cada vez más escasas.

Y ahora descubro que tuvo su propia historia de amor perdido, su propio dolor guardado durante décadas sin que nadie lo supiera.

—Todos guardamos algo, Rosa. Algunos lo guardan mejor que otros.

—¿Y tú? ¿Qué guardas tú que todavía no me hayas contado?

Gustavo se quedó pensativo un momento, sopesando la pregunta con la seriedad que merecía.

—Guardo el miedo a que esto que siento por ti sea demasiado bueno para durar. Llevo toda la vida esperando que las cosas buenas se rompan tarde o temprano, y todavía no sé cómo dejar de esperarlo del todo.

—Entonces vamos a tener que aprender juntos a no esperar que se rompa nada.

—Me gusta cómo suena eso.

Se quedaron mirándose un instante, en el silencio cargado de aquella habitación llena de recuerdos de una mujer que ya no estaba, y Rosa acortó la distancia entre ellos con una determinación tranquila, besándolo despacio, sin la urgencia de aquella primera vez en la proa de La Golondrina, sino con la calma de quien ya no tiene ninguna duda de lo que quiere.

Gustavo le devolvió el beso con la misma calma, dejando que las manos encontraran su cintura, su espalda, subiendo despacio hasta enredarse en su pelo todavía húmedo por el baño de la tarde.

Se apartaron apenas lo justo para mirarse a los ojos, buscando en el otro alguna señal de duda que ninguno encontró.

—¿Estás segura? —preguntó él, con una delicadeza que contrastaba con toda la brusquedad que solía llevar por bandera.

—Llevo semanas segura, Gustavo. Solo estaba esperando el momento adecuado.

Apagó la luz del escritorio con un gesto suave, y la habitación quedó bañada apenas por el resplandor tenue de la luna que entraba por la ventana entreabierta.

Se amaron esa noche con la misma paciencia con la que el mar acaricia la orilla en los días de calma, entre susurros y risas bajas y silencios cargados de una ternura que ninguno de los dos había esperado encontrar en aquel pueblo que ambos, por razones distintas, habían aprendido a temer.

Fuera, el rumor constante del mar seguía su curso, ajeno por completo a que dentro de aquella habitación, rodeados de fotografías y recuerdos de una mujer que los había unido sin proponérselo del todo, dos personas rotas habían empezado, sin darse mucha cuenta, a recomponerse la una a la otra.

Después, tumbados entre las sábanas revueltas, con la cabeza de Rosa apoyada sobre su pecho y los dedos de Gustavo dibujando círculos distraídos sobre su espalda desnuda, él rompió el silencio con una pregunta que llevaba días atragantada.

—¿Cuánto tiempo más te queda aquí?

Rosa se quedó callada un instante demasiado largo.

—No lo sé —admitió por fin—. Y por primera vez en mi vida, no tener la respuesta no me da miedo.

Gustavo la abrazó más fuerte, como si con ese gesto pudiera retener el tiempo, y por esa noche, ninguno de los dos quiso pensar en lo que pasaría cuando el otoño terminara y el informe de Rosa estuviera por fin acabado.

Despertó antes que ella, como le ocurría siempre, con la luz gris del amanecer filtrándose por la ventana.

Se quedó un buen rato observándola dormir, el pelo castaño desparramado sobre la almohada, la respiración pausada, una mano suya todavía enredada entre las sábanas como si incluso dormida no quisiera soltarlo del todo.

Bajó a la cocina de El Ancla sin hacer ruido, buscó entre los armarios hasta encontrar lo necesario, y preparó chocolate caliente en un cazo que reconoció como el mismo que Amparo debía de haber usado durante décadas para atender a los pescadores que volvían de faenar al amanecer.

Cuando Rosa apareció en el umbral envuelta en una de sus propias camisas, con los ojos entrecerrados por el sueño, Gustavo pensó que jamás había visto nada tan parecido a la felicidad.

—Hueles a chocolate —murmuró ella, sentándose a la mesa de la cocina.

—Y tú a sal y a mí, lo cual me parece una combinación excelente.

Desayunaron entre risas bajas y planes improvisados para el día, y por primera vez desde la muerte de su padre, Gustavo sintió que aquella mañana, aquella cocina, aquella mujer sentada frente a él con el pelo revuelto, formaban parte de una vida que por fin merecía la pena vivir sin miedo constante a que se desmoronara.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Rosa, terminando su taza de chocolate.

—Lo mismo de siempre. Zarpar a las cinco menos cuarto, aunque hoy hayamos empezado con retraso.

—Menos mal que Tomás no está aquí para ver la hora que es.

—Tomás ya se ha enterado, seguro. Este pueblo tiene un radar especial para estas cosas.

Rosa se rió, y mientras recogían juntos la mesa del desayuno, con una naturalidad doméstica que ninguno de los dos había vivido antes de aquella manera, ambos supieron, sin necesidad de decirlo en voz alta, que aquella mañana marcaba un antes y un después en la forma en que entendían lo que estaban construyendo juntos.

—Tengo que bajar a abrir la librería —dijo Rosa, terminándose el chocolate—. Llevo semanas prometiéndole a Nala que voy a reorganizar la sección de novelas, y ya no tengo excusa para seguir posponiéndolo.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Tú, ordenando libros?

—Puedo aprender. Además, hay algo que quiero comprobar en esa sección de biología marina que tu abuela tenía escondida al fondo.

Pasaron la mañana entera ordenando estanterías, riendo cada vez que encontraban alguna anotación de Amparo garabateada en los márgenes de sus libros favoritos, y cuando Nala bajó a media mañana a comprobar cómo iba todo, se encontró la escena con una sonrisa que no intentó disimular.

—Vaya, vaya. Si serás mala, Rosa Aguilar, teniendo a este hombretón ordenando novelas románticas sin que se queje ni una sola vez.

—No me quejo —protestó Gustavo, sosteniendo un ejemplar gastado de alguna novela de Corín Tellado que Amparo debía de haber releído decenas de veces—. Solo estoy sorprendido de que tu abuela tuviera tan buen gusto para el drama.

—Mi abuela tenía buen gusto para todo, Gustavo. Empezando por ti, al parecer.

Nala se rió con ganas, y los tres pasaron el resto de la mañana entre bromas y estanterías reorganizadas, en una escena tan doméstica y sencilla que Rosa, observándola desde fuera por un instante, pensó que jamás había imaginado sentirse tan en casa en ningún otro lugar del mundo.

Cuando Nala por fin se marchó a atender su propia panadería, Rosa se quedó a solas con Gustavo en la trastienda, rodeados de cajas de libros a medio clasificar, y aprovechó el momento de intimidad improvisada para preguntarle algo que llevaba días rondándole.

—¿Alguna vez te imaginaste con una vida así? Trabajando en el mismo barco, viviendo en la misma casa, ordenando libros con una mujer que hace un mes ni conocías.

—Jamás. —Gustavo se sentó sobre una caja, con una sonrisa reflexiva—.

Llevaba años convencido de que mi vida sería exactamente la misma hasta que me hiciera viejo: la barca, las deudas, algún amor pasajero que terminaría marchándose tarde o temprano.

No me permitía imaginar nada más, porque imaginarlo solo habría hecho más doloroso el día en que no se cumpliera.

—¿Y ahora?

—Ahora me permito imaginar, por primera vez en mucho tiempo, que las cosas pueden salir bien. Que no todo tiene que terminar como terminó con mi padre, o con Elena, o con Coral. —Se levantó, acercándose a ella—. Contigo me permito, por fin, imaginar un futuro entero.

Rosa lo besó, con una ternura que llevaba dentro toda la emoción de aquella confesión, y se quedaron así, abrazados entre cajas de libros viejos, mientras el sol de mediodía entraba a raudales por los ventanales de El Ancla, iluminando aquel momento con una claridad que ninguno de los dos olvidaría fácilmente.

—¿Sabes qué vamos a hacer ahora? —dijo Rosa, separándose apenas un poco de él, con una sonrisa traviesa—. Vamos a terminar de ordenar estas estanterías, porque como sigamos así, Nala va a tener que venir a rescatarnos de entre las cajas.

—Qué manera tan poco romántica de terminar un momento así.

—La vida real está hecha de estos momentos poco románticos entre los grandes, Gustavo. Y a mí me gusta la vida real contigo, con estanterías desordenadas incluidas.

Gustavo sonrió, recogiendo del suelo un ejemplar polvoriento que había caído durante el abrazo, y siguieron trabajando el resto de la tarde, entre risas y confesiones pequeñas, construyendo sin prisa los cimientos de una vida compartida que ninguno de los dos habría imaginado posible apenas dos meses atrás.