El Faro de Puerto Aliso Capítulo 9 — Rosa
42%

Capítulo 9 — Rosa

El sábado siguiente amaneció despejado, uno de esos días de verano cantábrico en que el mar se vuelve tan azul que casi resulta indecente, y Gustavo propuso, con una timidez poco habitual en él, que en lugar de ir a la cala del Somorro exploraran la costa más al norte, donde según los cuadernos de Amparo había una colonia de cormoranes que merecía la pena documentar.

—¿Es trabajo de verdad, o es una excusa para pasar el día conmigo? —preguntó Rosa, mientras cargaba el material en el barco.

—Ambas cosas. Aunque si insistes, puedo fingir que es solo lo primero.

—No hace falta que finjas nada. Me apunto de todas formas.

Tomás se quedó en el pueblo esa mañana, alegando —con un guiño que no engañó a nadie— que tenía asuntos propios que atender, y Gustavo y Rosa zarparon solos, con el sol todavía bajo pintando el mar de un dorado suave que parecía hecho a medida para aquella escapada.

Navegaron toda la mañana bordeando acantilados altísimos, con Gustavo señalándole a Rosa cuevas marinas, restos de un naufragio del siglo pasado, la silueta de un castillo en ruinas asomando entre la niebla más al norte.

Rosa documentó la colonia de cormoranes con auténtico entusiasmo profesional, tomando fotografías y notas que, según le explicó a Gustavo con una pasión que a él le resultaba contagiosa, podrían complementar el informe principal con datos sobre la biodiversidad de aves marinas de la zona.

—Cada vez que hablas de esto se te ilumina la cara de una manera que no había visto en nadie —comentó Gustavo, observándola trabajar—. Ni siquiera hablando de mí, para que lo sepas.

—Eso no es cierto.

—Compruébalo tú misma la próxima vez que te mires al espejo mientras hablas de cormoranes.

Rosa se rió, dándole un empujón cariñoso, y Gustavo aprovechó para llevarla hasta una cueva marina que conocía desde niño, accesible solo con marea baja, donde las paredes de roca caliza formaban dibujos naturales que parecían esculpidos a propósito.

—Mi padre me trajo aquí la primera vez que tenía siete años —le contó, mientras remaban con cuidado hacia el interior de la cueva en un pequeño bote auxiliar—.

Me dijo que este era el único sitio del mundo donde el mar guardaba sus secretos más antiguos, y que si escuchaba con suficiente atención, podría oír las voces de todos los marineros que se habían perdido en la zona a lo largo de los siglos.

—¿Y las oíste?

—Oí el eco de mi propia voz rebotando contra las paredes, que para un crío de siete años venía a ser más o menos lo mismo.

—Gustavo sonrió, con una nostalgia suave que Rosa reconoció ya como parte habitual de cualquier mención a su padre—.

Fue de los pocos recuerdos buenos que tengo de él sin mezcla de amargura.

Por eso nunca he traído a nadie más aquí.

—¿Ni siquiera a Elena? ¿Ni a Coral?

—Ni siquiera a ellas. —Gustavo la miró con una seriedad que subrayaba la importancia de aquel gesto—. Este sitio es solo para las personas que de verdad importan, Rosa. Y tú, sin que yo lo planeara, te has convertido en una de ellas.

Rosa sintió que el pecho se le encogía de una emoción que no supo nombrar del todo, y le devolvió un beso suave, iluminados ambos apenas por la luz que se filtraba desde la entrada de la cueva, mientras el eco de sus propias risas rebotaba contra las paredes de roca como un secreto más que aquel lugar guardaría para siempre.

Salieron de la cueva con la marea ya empezando a subir, y Gustavo aprovechó el resto de la tarde para enseñarle otros rincones de su infancia: el peñasco donde había aprendido a nadar, la playa diminuta donde solía esconderse de su padre en las noches más difíciles, el saliente rocoso desde el que, siendo adolescente, había visto zarpar tantas veces embarcaciones que nunca volvían a puerto con la misma tripulación con la que habían salido.

Comieron bocadillos de tortilla que había preparado Nala y bebieron vino blanco directamente de la botella, sentados sobre la cubierta con las piernas colgando sobre el agua, y por la tarde, anclados en una cala desierta que Gustavo conocía desde niño, decidieron bañarse.

El agua estaba fría, tan fría que a Rosa se le escapó un grito nada más sumergirse, un grito que hizo reír a Gustavo hasta que le dolieron las costillas.

—¡No te rías, que la culpa es tuya por traerme a este sitio congelado!

—El agua fría es buena para la circulación. Me lo decía siempre mi padre.

—Tu padre estaba equivocado.

—Puede ser. Pero también decía que las mejores cosas de la vida siempre llegan disfrazadas de incomodidad al principio.

Nadaron un buen rato, entre risas y salpicaduras, hasta que el frío les obligó a subir de nuevo a bordo, envueltos en las toallas que Gustavo había tenido la previsión de traer.

Se sentaron juntos en la popa, con el sol ya bajando hacia el horizonte, y por primera vez desde que se conocían, ninguno de los dos sintió la necesidad de llenar el silencio con palabras.

—Esto es lo más feliz que he sido en años —confesó Gustavo finalmente, rompiendo aquel silencio cómodo, con Rosa acurrucada contra su pecho mientras el sol se ponía sobre el agua.

—Y solo llevamos poco más de un mes conociéndonos.

—A veces el tiempo no se mide en calendarios, Rosa. Se mide en cuánto ocupa alguien en el pecho cuando no está delante.

Ella levantó la vista hacia él, sorprendida de que aquel hombre de manos ásperas y palabras normalmente escasas guardara semejante ternura bajo la superficie curtida, y decidió, en ese preciso instante, que fuera cual fuese el precio de quedarse en Puerto Aliso, estaba dispuesta a pagarlo con tal de no tener que renunciar a tardes como aquella.

—Gustavo.

—¿Sí?

—Quédate conmigo esta noche. En El Ancla. Quiero enseñarte algo que encontré entre las cosas de mi abuela.

—¿Qué has encontrado?

—Prefiero enseñártelo que contártelo. Confía en mí.

Gustavo la miró con una curiosidad genuina, y asintió sin necesidad de más explicaciones, comprendiendo, sin que ella tuviera que decirlo en voz alta, que aquella invitación significaba mucho más que simplemente ver unas fotografías antiguas.

El camino de vuelta al puerto se hizo despacio, casi con reticencia, como si ambos quisieran alargar aquella tarde perfecta el mayor tiempo posible.

El sol se puso sobre la bahía en un despliegue de naranjas y morados que Rosa fotografió sin poder evitarlo, más por el placer de conservar el recuerdo que por cualquier necesidad profesional, y Gustavo la observó hacerlo con una sonrisa que no intentó ocultar.

—¿Sabes que llevo diez años viendo este mismo atardecer casi cada tarde? —comentó él, mientras amarraba el barco en el pantalán—. Y nunca me había parecido tan bonito como esta noche.

—Será la compañía.

—Será exactamente eso.

Se quedaron un rato más en silencio, contemplando cómo las últimas luces del día se apagaban sobre el agua, y Rosa, apoyada contra el pecho de Gustavo, sintió que aquel instante, sencillo y sin pretensiones, valía más que cualquier otro momento de gloria profesional que hubiera vivido en sus años de carrera.

—Gracias por este día —murmuró, sin apartar la vista del horizonte.

—Gracias a ti por querer compartirlo conmigo.

Volvieron al puerto ya con el atardecer completamente instalado sobre la bahía, y caminaron juntos hacia El Ancla con los dedos entrelazados, sin prisa, saboreando esa clase de felicidad sencilla que ninguno de los dos había esperado encontrar en un pueblo que ambos, por razones distintas, habían aprendido a temer.