El Faro de Puerto Aliso Capítulo 8 — Gustavo
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Capítulo 8 — Gustavo

Gustavo llevaba dos semanas sin dormir solo en la casa del faro, y aunque nunca lo habría admitido en voz alta delante de Tomás, la diferencia le resultaba tan evidente que a veces se sorprendía a sí mismo sonriendo sin motivo aparente mientras preparaba el desayuno.

Rosa no se había mudado oficialmente —todavía conservaba su habitación en El Ancla, con la ropa y los libros que había ido trayendo de Lisboa—, pero cada noche, tras el trabajo de campo y alguna cena compartida con Nala o con Tomás, terminaba encontrando el camino hacia el faro, como si sus pies hubieran decidido por su cuenta que aquel era, cada vez más, el lugar al que pertenecía.

—Vas a tener que traer más ropa —le dijo Gustavo una mañana, viéndola rebuscar en el único cajón que le había cedido, vacío de sus propias cosas desde hacía días—. A este paso vas a terminar lavando la misma camiseta cada dos noches.

—¿Te estás quejando?

—Me estoy ofreciendo a vaciarte otro cajón, que es distinto.

Rosa sonrió, y Gustavo sintió, no por primera vez en aquellas dos semanas, una calidez extraña instalada en el pecho, algo parecido a la felicidad que llevaba tanto tiempo sin permitirse sentir que casi había olvidado su nombre exacto.

Aquella misma tarde, mientras trabajaban en la cala, Rosa le preguntó, con la cautela de quien pisa un terreno que sabe delicado, sobre Elena.

—Nala me ha hablado de ella. Espero que no te importe.

Gustavo no respondió enseguida, concentrado en soltar el ancla con más atención de la estrictamente necesaria.

—No me importa. Era cuestión de tiempo que alguien te lo contara, y prefiero que lo sepas por mí.

—Se sentó en la borda, con la mirada perdida en el horizonte—.

Íbamos a casarnos. Tres semanas antes de la boda decidió que Puerto Aliso era demasiado pequeño para ella, que necesitaba Madrid, luces, gente que no oliera a pescado.

Se llevó media vida ahorrada en la cuenta que teníamos juntos y me dejó una nota pegada en la nevera.

—Lo siento.

—No lo sientas. Fue lo mejor que me pudo pasar, aunque tardé años en verlo así. —Gustavo la miró entonces, con una honestidad que le costó más esfuerzo que subir cualquier red cargada—. Si se hubiera quedado, nunca habría estado libre para esto. Para ti.

Rosa se incorporó despacio y le rozó la mandíbula con los dedos, siguiendo la línea de una barba que empezaba a conocer de memoria.

—¿La quisiste mucho? A Elena.

—Pensaba que sí, en su momento. Ahora, mirando atrás, creo que quería más la idea de tener a alguien con quien construir algo estable que a ella en concreto.

—Gustavo se encogió de hombros, con una honestidad poco habitual—.

Elena se dio cuenta de eso antes que yo, probablemente. Puede que por eso se marchó.

—Eso no la disculpa por hacerlo tres semanas antes de la boda.

—No, no la disculpa. Pero me ayuda a no odiarla del todo.

—Yo tampoco pensaba quedarme —confesó—. Tenía un contrato esperándome en Lisboa, una vida entera planeada lejos de aquí. Y ahora no sé ni qué día es.

—Es jueves.

—Sabes lo que quiero decir.

Gustavo sonrió, esa sonrisa lenta que Rosa había aprendido a arrancarle con más frecuencia de la que él mismo hubiera admitido hace un mes, y la atrajo hacia sí, buscando su boca con una urgencia que ya no intentaba disimular.

Esa noche, de vuelta en la casa del faro, mientras Rosa se duchaba y Gustavo preparaba una cena sencilla de pescado a la plancha con patatas, Tomás se presentó sin avisar, como solía hacer cuando algo le rondaba la cabeza y no encontraba mejor manera de sacárselo de encima que soltarlo directamente.

—Capitán, tenemos que hablar de Coral.

Gustavo se detuvo, con la espátula todavía en la mano.

—¿Qué pasa con Coral?

—Que Rosa se la cruzó ayer por la calle, y ya sabes cómo es este pueblo. Alguien le va a contar la historia entera antes de que tú tengas ocasión de hacerlo tú mismo, y eso nunca sienta bien.

Gustavo suspiró, apagando el fuego un instante para poder concentrarse en la conversación.

—Ya se lo he contado. Esta misma tarde.

—¿Todo?

—Lo suficiente.

Tomás lo miró con una expresión escéptica que Gustavo conocía bien, la de alguien que sabe que su amigo se está guardando algo, aunque decidió no insistir por esa noche.

—Espero que sepas lo que haces, capitán. Coral no se lo tomó bien cuando la cosa terminó, y no me extrañaría que en algún momento decida hacérselo saber a Rosa a su manera.

—Coral no le haría daño a nadie a propósito.

—No a propósito, no. Pero el dolor a veces sale solo, sin que nadie lo invite.

Gustavo no respondió, y Tomás, tras aceptar la invitación silenciosa a quedarse a cenar que Gustavo le extendió sirviendo un plato de más, cambió de tema hacia asuntos menos delicados, dejando que la advertencia flotara en el aire de la cocina como una nube de tormenta que ninguno de los dos, por el momento, tenía ganas de nombrar en voz alta.

—Cuéntame otra cosa, ya que estamos —dijo Tomás, sirviéndose otro trozo de pescado—. ¿Vais a hacerlo oficial? Lo de vivir juntos, quiero decir.

—No sé si hace falta hacer nada oficial, Tomás. Simplemente está pasando.

—Ya, pero las mujeres suelen apreciar que uno lo diga en voz alta de vez en cuando, capitán. No basta con que las cosas simplemente pasen.

—¿Desde cuándo eres experto en mujeres?

—Desde que llevo enamorado de la misma desde hace seis meses y todavía no he reunido el valor de decírselo. —Tomás se encogió de hombros, con una sinceridad poco habitual en él—. Así que no me hagas mucho caso, la verdad, que yo tampoco predico con el ejemplo.

Gustavo se rió, sorprendido por aquella confesión inesperada.

—¿Quién es ella?

—Eso, capitán, es información clasificada. Cuando reúna el valor, serás el primero en saberlo.

Terminaron de cenar entre bromas y confidencias a medias, y cuando Tomás se marchó, ya entrada la noche, Gustavo se quedó un rato más en el porche, pensando en las palabras de su amigo sobre decir las cosas en voz alta, y preguntándose si acaso él mismo no debería empezar a practicar ese mismo consejo con la mujer que dormía ya, ajena a todo, en la habitación de al lado.

Tras la marcha de Tomás, ya entrada la noche, Gustavo se quedó un rato despierto en el porche, dándole vueltas a las palabras de su amigo mientras Rosa dormía ya en el interior de la casa.

Pensó en Elena, en la facilidad con que ella había desaparecido de su vida sin mirar atrás, y en Coral, cuya marcha había sido mucho más silenciosa, mucho más cargada de un dolor contenido que Gustavo, en su momento, no había sabido —o no había querido— reconocer del todo.

Recordó la última conversación que había tenido con Coral, meses atrás, en aquel mismo porche, cuando ella le había preguntado, con una vulnerabilidad poco habitual en su carácter siempre seguro, si alguna vez llegaría a quererla de la manera en que ella lo quería a él.

—No lo sé, Coral —le había respondido entonces, con una honestidad que en su momento le pareció la única opción decente, aunque con el tiempo hubiera comprendido que a veces la honestidad hiere más que cualquier mentira piadosa—.

Creo que llevo tanto tiempo protegiéndome de que algo bueno me dure que ya no sé distinguir entre el amor de verdad y el simple alivio de no estar solo.

Coral se había marchado esa misma noche, sin gritos ni reproches, con una dignidad que Gustavo siempre había admirado en ella, aunque aquella dignidad no hubiera bastado para evitar que la ruptura le doliera a ambos durante meses.

Gustavo se preguntó, sentado ahora en el mismo porche con una mujer distinta durmiendo dentro de la casa, si esta vez sería capaz de dar la respuesta contraria si alguna vez Rosa le hiciera la misma pregunta, y la certeza con la que se descubrió respondiendo que sí, sin ninguna duda, le resultó tan reconfortante como aterradora.

A la mañana siguiente, mientras zarpaban hacia la cala con la rutina ya bien instalada, Tomás no pudo resistirse a comentar el cambio evidente en el humor de su capitán.

—Llevas semanas de un humor que no te conocía, ¿eh?

—¿Es una queja?

—Al contrario. Es un alivio. —Tomás se acomodó junto al timón, con una expresión más seria de lo habitual en él—.

Llevo diez años trabajando contigo, Gustavo, y te he visto pasar por cosas que no le desearía a nadie: tu padre, las deudas, lo de Elena, lo de Coral.

Y en todo ese tiempo, jamás te había visto mirar a nadie como miras a esa mujer.

—¿Tan evidente es?

—Más de lo que crees. —Tomás sonrió, dándole una palmada en el hombro—.

Solo te pido una cosa, capitán: no dejes que el miedo te haga estropear esto antes de que tenga ocasión de convertirse en algo bueno de verdad.

Te conozco, y sé que cuando algo te importa de verdad, tu primer instinto es alejarte antes de que te hagan daño.

—Lo sé, Tomás. Estoy intentando no hacerlo esta vez.

—Me alegra oírlo. Porque si la fastidias con esta, no sé si te lo perdonaría ni yo mismo.

Gustavo se rió, agradecido por la sinceridad brusca de su amigo, y siguieron navegando hacia la cala con el sol ya bien alto sobre el horizonte, mientras Rosa, todavía en el pueblo terminando de preparar el material del día, ajena a aquella conversación, se preguntaba ella misma, sin saberlo, si aquel hombre arisco y de manos ásperas no estaría convirtiéndose en algo mucho más importante de lo que había previsto al llegar a Puerto Aliso.

Aquella misma noche, de vuelta ya en la casa del faro tras la jornada de trabajo, Rosa se tomó su tiempo para observar con detenimiento cada rincón de aquel hogar que empezaba a sentir como propio: los libros de náutica alineados con precisión militar en una estantería improvisada, las herramientas de pesca colgadas ordenadamente en la pared del cobertizo anexo, el pequeño jardín de hierbas aromáticas que Gustavo cultivaba junto a la puerta trasera sin que nadie se lo hubiera pedido nunca.

—No sabía que tuvieras mano para las plantas —comentó, señalando el romero y el tomillo que crecían con evidente buena salud.

—Mi madre tenía un jardín así. Es de las pocas cosas que recuerdo con claridad de ella: sus manos entre la tierra, el olor de las hierbas frescas en la cocina. Cuando planté este rincón hace unos años, no lo pensé demasiado. Simplemente sentí que necesitaba tenerlo cerca.

—¿Y por qué?

Gustavo tardó un instante en responder, como si necesitara ordenar sus propios pensamientos antes de compartirlos.

—Simplemente sentí que necesitaba algo vivo cerca de mí que no dependiera de si yo era capaz de cuidarlo bien o no. Las plantas, si las riegas y les das sol, crecen solas. No necesitan que yo sea perfecto, solo constante.

Rosa lo abrazó por detrás, apoyando la mejilla entre sus omóplatos, conmovida por aquella confesión sencilla que revelaba, una vez más, la ternura profunda que Gustavo llevaba escondida bajo capas y capas de aparente rudeza.