El Faro de Puerto Aliso Capítulo 7 — Rosa
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Capítulo 7 — Rosa

Rosa se despertó tarde, algo que no le ocurría desde hacía años, con la luz del sol ya alta colándose por las rendijas de la persiana y un dolor de cabeza discreto que atribuyó, sin mucha convicción, al ponche de la noche anterior.

Se quedó un rato tumbada, repasando los últimos recuerdos de la verbena: la orquesta, los farolillos, el vals lento, el beso.

El beso.

Se llevó los dedos a los labios, como si todavía pudiera sentir allí la huella exacta de aquel instante, y sonrió al techo con una sonrisa boba que se habría avergonzado de mostrarle a cualquiera, salvo quizás a Nala, que entró en la habitación sin llamar apenas diez minutos después, con dos tazas de chocolate caliente y una expresión de expectación difícil de disimular.

—Bueno. Cuenta. Todo, con pelos y señales.

—Nala, son las diez de la mañana.

—Y tú llevas durmiendo hasta las diez de la mañana por primera vez desde que llegaste, así que no me vengas con evasivas. ¿Qué pasó anoche?

Rosa se incorporó, aceptó la taza que le tendía su amiga, y le contó, entre risas y ciertos detalles que prefirió guardarse para sí misma, el baile, el beso, la caminata de vuelta con los dedos entrelazados.

—¡Lo sabía! —Nala dio una palmada triunfal—. Lo sabía desde el primer día, cuando volviste del muelle con esa cara de mala leche tan sospechosa. Solo se pone tan de mal humor la gente a la que le importa demasiado algo.

—Eso no tiene ningún sentido, Nala.

—Tiene todo el sentido del mundo, cielo. El amor rara vez empieza con sentido común.

Rosa se rió, dándole un sorbo al chocolate, y por un momento se permitió simplemente disfrutar de la felicidad sencilla de la mañana, sin analizarla, sin cuestionarla, sin preguntarse todavía qué implicaciones tendría aquel beso para su futuro inmediato.

Bajó al muelle un par de horas más tarde de lo habitual, encontrando a Tomás cargando cajas de aparejos con una sonrisa que anunciaba, sin lugar a dudas, que ya se había enterado de todo.

—Buenos días, doctora. Menuda noche la de ayer, ¿eh?

—No sé de qué me hablas, Tomás.

—Claro que no. —Tomás soltó una carcajada—. El capitán ha llegado esta mañana silbando. Silbando, doctora. Llevo diez años trabajando con él y jamás lo había oído silbar ni una sola vez.

Gustavo apareció en ese momento desde la cabina, y al ver a Rosa se detuvo un instante, con una expresión indecisa que a ella le pareció adorable en un hombre normalmente tan seguro de sí mismo.

—Buenos días —dijo él, con cierta torpeza.

—Buenos días.

Se quedaron mirándose un segundo de más, sin saber muy bien cómo comportarse a la luz del día después de la intensidad de la noche anterior, hasta que Tomás, harto de tanto silencio, decidió intervenir con su discreción habitual.

—Bueno, ya que los dos parecéis haber perdido la capacidad de hablar como personas normales, ¿zarpamos o nos quedamos aquí plantados todo el día mirándonos como bobos?

—Zarpamos —dijo Gustavo, recuperando algo de su compostura habitual, aunque la sonrisa que se le escapó al ayudar a Rosa a subir a bordo desmentía cualquier intento de aparentar normalidad.

Trabajaron toda la mañana con una complicidad nueva, distinta a la tensión de las primeras semanas, hecha de miradas que ya no necesitaban disimularse y de un roce ocasional de manos que ninguno de los dos se molestaba en evitar.

—¿Sabéis? —comentó Tomás, en un momento en que ambos estaban demasiado ocupados el uno con el otro para prestarle atención—. Podríais al menos fingir que seguís trabajando, que para eso me pagan.

—Tomás, nadie te paga —replicó Gustavo, sin apartar la vista de Rosa.

—Bueno, pues por eso mismo, deberíais compensarme con algo de dignidad laboral. Ya que no me pagáis, al menos dejadme fingir que esto es un ambiente de trabajo serio.

Rosa se rió, y hasta Gustavo esbozó una sonrisa que no intentó disimular, y siguieron la jornada entre bromas y trabajo, con esa ligereza propia de los días en que todo, incluso lo más rutinario, parece teñido de una luz distinta.

Cuando volvieron al puerto, ya avanzada la tarde, Rosa se cruzó, camino de El Ancla, con una mujer de melena oscura y andares seguros que caminaba en dirección opuesta, cargada de bolsas de un supermercado que Rosa no conocía.

La mujer se detuvo un instante al verla, con una expresión que Rosa no supo interpretar del todo: una mezcla de curiosidad y algo más afilado, como quien reconoce a alguien de quien ha oído hablar sin haberlo visto nunca en persona.

—Tú debes de ser la nieta de Amparo —dijo la mujer, con una sonrisa cortés que no llegaba del todo a los ojos.

—Sí. Rosa. ¿Nos conocemos?

—Coral. Coral Nieva. —La mujer se recolocó las bolsas, sin dejar de estudiarla con aquella mirada evaluadora—. Bienvenida de nuevo al pueblo. Seguro que nos volvemos a ver.

—Encantada, Coral.

—El placer es mío. —Coral esbozó una sonrisa que se desvaneció casi tan rápido como había aparecido—. Por cierto, felicidades. He oído que Gustavo y tú estáis pasando bastante tiempo juntos últimamente.

—Trabajamos en el mismo proyecto.

—Ya. —Coral asintió, con una expresión que Rosa no supo del todo si era resignación o simple cortesía forzada—. Bueno, no te entretengo más. Que tengas un buen día, Rosa.

Se marchó sin mayor explicación, dejando a Rosa con una sensación incómoda que no supo nombrar del todo, y que decidió, por el momento, dejar aparcada en algún rincón de su mente, aunque el nombre de aquella mujer se le quedó rondando el resto de la tarde con una insistencia que la sorprendió.

Esa noche, mientras cenaba con Nala en la cocina de El Ancla, no pudo evitar sacar el tema.

—Nala, ¿quién es Coral Nieva?

El cambio en la expresión de Nala fue instantáneo, y a Rosa no se le escapó el modo en que su amiga dejó el tenedor sobre el plato con más cuidado del habitual.

—Vaya. ¿Ya te la has cruzado?

—Esta tarde. ¿Debería preocuparme por algo?

Nala suspiró, sirviéndose otro vaso de sidra antes de responder.

—Coral y Gustavo estuvieron juntos. Hace un par de años, más o menos.

No sé los detalles exactos de por qué terminó, y no me corresponde a mí contártelos.

Pero no es mala persona, Rosa, aunque a veces lo parezca.

Solo... quiso a Gustavo más de lo que él pudo devolverle en su momento, y esas cosas dejan marca en cualquiera.

Rosa se quedó pensativa, con el tenedor suspendido a medio camino del plato, preguntándose cuántas historias más de aquel pueblo tendría que ir descubriendo poco a poco, y sintiendo, por primera vez desde la fiesta de la noche anterior, un asomo de inseguridad que se prometió no dejar crecer sin fundamento.

—¿Debería preocuparme? —preguntó, incapaz de disimular del todo la duda.

—No, si conoces bien a Gustavo. —Nala le apretó la mano por encima de la mesa—. Ese hombre es de los que, cuando quiere a alguien, lo hace con los pies bien plantados en el suelo. Coral pertenece a su pasado, Rosa. Tú eres, según todo lo que veo, mucho más que eso.

—Gracias, Nala.

—Para eso están las amigas. Y ahora come, que se te enfría la cena, y mañana tienes trabajo de campo con un capitán que seguro que sigue silbando como un tonto enamorado.

Rosa se rió, y aunque la sombra del nombre de Coral no desapareció del todo aquella noche, decidió, antes de dormirse, que no dejaría que un fantasma del pasado de Gustavo ensombreciera algo que, hasta entonces, había sido lo más luminoso que le había pasado en años.

Los días siguientes, sin embargo, trajeron consigo una avalancha de reacciones del pueblo entero ante la noticia, ya confirmada por el propio comportamiento de la pareja, de que Rosa y Gustavo eran, oficialmente, algo más que compañeros de trabajo.

Deolinda fue, como cabía esperar, la primera en comentarlo abiertamente, deteniendo a Rosa en plena calle con una sonrisa que dejaba claro que llevaba días esperando la ocasión.

—Ya era hora, muchacha. Llevo semanas viéndoos hacer manitas disimuladamente en el muelle, como si el pueblo entero no tuviera ojos.

—Deolinda, no exageres.

—¿Exagerar yo? Si hasta mi gato se ha dado cuenta, y eso que el pobre está casi ciego. —La mujer le apretó el brazo con cariño—. Me alegro por ti, de verdad. Y por él, que buena falta le hacía algo de felicidad después de tantos años cargando solo con los fantasmas de su padre.

Ubaldo, por su parte, optó por un enfoque más discreto pero igualmente inequívoco: la siguiente vez que Rosa pasó junto a su banco frente a la lonja, el viejo pescador se limitó a guiñarle un ojo sin decir palabra, dejando que aquel gesto silencioso hablara por sí solo.

Incluso Casilda, la secretaria del ayuntamiento, aprovechó un encuentro casual en la panadería para comentarlo con Rosa, entre susurros cómplices mientras Nala envolvía unas empanadillas.

—Menuda revolución has traído a este pueblo, hija. Entre el informe de la cala y lo tuyo con Gustavo, no se habla de otra cosa en el ayuntamiento entero.

—Espero que al menos hablen bien.

—Hablan de maravilla, no te preocupes. Este pueblo llevaba años necesitando una historia bonita de la que hablar, después de tantos años de malas noticias y turistas comprando casas que ya no vuelven a llenarse de vida.

Rosa agradeció aquel cariño colectivo con una sonrisa sincera, aunque no pudo evitar preguntarse, cada vez que alguna vecina le mencionaba a Gustavo con aquella calidez espontánea, si Coral estaría también al tanto de los mismos rumores, y de qué manera exacta los estaría recibiendo.

Esa noche, mientras cenaban en la cocina de la casa del faro, Rosa decidió sacar el tema directamente, cansada de dar vueltas a preguntas que solo Gustavo podía responder con certeza.

—¿Te resulta raro que te pregunte por Coral tan a menudo?

—Un poco. Pero lo prefiero a que te lo calles y te coma por dentro.

—Es solo que... —Rosa buscó las palabras adecuadas—. Este pueblo es tan pequeño que ella va a estar presente en nuestra vida de una manera u otra, quieras o no. Y no sé todavía cómo sentirme al respecto.

Gustavo dejó los cubiertos a un lado, mirándola con una seriedad que Rosa agradeció, después de tantas bromas y evasivas de los días anteriores.

—Coral fue parte de mi vida durante dos años, y no voy a fingir que no ocurrió ni a tratarla como si no existiera, porque eso sería una falta de respeto para las dos.

Pero lo que siento por ti no tiene nada que ver con lo que sentí por ella, Rosa.

Ni en intensidad, ni en la clase de miedo que me da perderlo.

—¿Te da miedo perder esto?

—Cada día. —Gustavo se rió, aunque sin ninguna burla en la voz—.

Cada día me despierto pensando que va a ser el día en que algo se rompa, y cada día me sorprende comprobar que sigue aquí, intacto.

Supongo que con el tiempo dejaré de esperar la ruptura y empezaré a confiar simplemente en que esto puede durar.

Rosa le tomó la mano por encima de la mesa, apretándola con firmeza.

—Yo también tengo miedo, Gustavo. Pero prefiero tener miedo contigo que seguridad con cualquier otra cosa.

Terminaron de cenar entre confesiones cada vez más íntimas, y cuando Rosa se preparó para dormir esa noche, con la cabeza apoyada en el pecho de Gustavo y el rumor del faro girando fuera de la ventana, pensó que quizás el miedo del que ambos hablaban no era, después de todo, un obstáculo que superar, sino simplemente la prueba innegable de que aquello que sentían merecía, con creces, el riesgo de sostenerlo.