El Faro de Puerto Aliso Capítulo 6 — Gustavo
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Capítulo 6 — Gustavo

Puerto Aliso celebraba cada año, a mediados de julio, la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de los pescadores, con farolillos colgados de fachada a fachada y una orquesta de verbena instalada en la plaza que llevaba tocando pasodobles desde antes de que anocheciera.

Era, según decía Ubaldo cada año sin falta, la única noche en que Puerto Aliso entero olvidaba sus rencillas y bailaba junto, sin distinción de edad ni de bando.

Gustavo nunca había sido de fiestas. Desde la muerte de su padre, prefería quedarse en casa, o a lo sumo asomarse un rato a la plaza para saludar a los conocidos antes de retirarse discretamente hacia el faro, huyendo de la mirada compasiva que todavía algunos vecinos le dedicaban, cinco años después, como si esperaran que en cualquier momento fuera a derrumbarse igual que su padre.

Aquel año, sin embargo, se sorprendió a sí mismo planchando una camisa blanca que llevaba meses sin ponerse, mientras Tomás, sentado en el sofá de su casa con una cerveza en la mano, no dejaba de sonreír con ese aire de suficiencia que sacaba de quicio a Gustavo con más facilidad que cualquier otra cosa en el mundo.

—¿Y esa camisa? —preguntó Tomás, aunque la pregunta era puramente retórica.

—Hace calor. Necesito algo fresco.

—Ya, claro. Y yo bebo cerveza solo por la sed. —Tomás le dio un trago a su lata, observándolo con diversión—. ¿Vas a bailar con ella esta noche?

—No sé de qué me hablas.

—Capitán, llevas tres semanas mirando a esa mujer como si fuera el único faro que te queda por descubrir en toda la costa cantábrica. Hasta Deolinda lo comenta en la panadería, y eso que Deolinda apenas sale de su casa.

Gustavo no respondió, concentrado en abrocharse los botones de la camisa con una torpeza que no era propia de él, y Tomás, satisfecho con haber logrado incomodarlo lo suficiente por una noche, decidió dejar el tema en paz.

Mientras tanto, en El Ancla, Nala llevaba toda la tarde ayudando a Rosa a decidir qué ponerse, con una determinación que rozaba lo militar.

—Este vestido azul. Sin discusión.

—Nala, es tuyo. No puedo ponerme la ropa de otra persona para una fiesta del pueblo.

—Puedes y lo vas a hacer, porque yo ya lo llevé el año pasado y necesito que alguien más le saque partido. —Nala le tendió el vestido con firmeza—. Además, este color te queda de maravilla con esos ojos verdes que tienes, y esta noche necesitas todas las ventajas posibles.

—¿Ventajas para qué?

—Para lo que tú quieras, cielo. Pero no me digas que no has notado cómo te mira ese hombre últimamente.

Rosa se puso el vestido sin más protestas, comprobando en el espejo desportillado del cuarto de su abuela que Nala, como de costumbre, tenía razón: el azul le sentaba de maravilla, y por primera vez en semanas se sintió, además de bióloga tozuda con las manos siempre manchadas de agua salada, una mujer que también tenía derecho a disfrutar de una noche de verbena sin pensar en anémonas ni en informes pendientes.

—Estás preciosa —dijo Nala, con una sonrisa sincera—. Ve a divertirte, y si esta noche pasa algo que no me hayas contado mañana con todo lujo de detalles, te juro que dejo de hacerte croquetas de por vida.

Rosa se rió, le dio un abrazo agradecido, y salió hacia la plaza con el corazón latiéndole más deprisa de lo que cualquier verbena, por animada que fuera, podría justificar por sí sola.

La plaza, cuando llegaron, ya bullía de gente: farolillos de colores colgados de balcón a balcón, el olor a churros y a pólvora de cohetes mezclándose con el aire salado del mar cercano, y toda Puerto Aliso reunida en torno a la orquesta, que en ese momento tocaba un pasodoble que la mitad de los presentes tarareaba de memoria.

Gustavo encontró a Rosa casi sin buscarla, como si el pueblo entero se hubiera confabulado para dirigir su mirada exactamente hacia ella.

Llevaba un vestido azul que Nala le había prestado, con el pelo suelto por una vez, y reía junto a un grupo de vecinas mayores que parecían encantadas de tenerla de nuevo entre ellas.

—No sabía que supieras bailar —le dijo ella, acercándose en cuanto lo vio, con una copa de ponche de la que ya había bebido más de lo prudente.

—No sé. Pero por ti estoy dispuesto a hacer el ridículo.

La tomó de la mano y la llevó al centro de la plaza, donde bailaron un pasodoble torpe entre risas, pisándose los pies mutuamente mientras el resto del pueblo los observaba con esa curiosidad afable de quien lleva semanas esperando a que dos personas se den cuenta de lo evidente.

Cuando la orquesta cambió a un vals más lento, Gustavo la atrajo hacia sí y bailaron mejilla contra mejilla, en silencio, mientras los cohetes estallaban en el cielo sobre la bahía iluminando el rostro de Rosa en destellos dorados.

—Amparo estaría feliz de vernos así —murmuró Rosa contra su oído.

—Amparo probablemente estaría vendiéndonos chocolate caliente y cobrándonos el doble por presenciar el espectáculo.

Rosa se rió contra su cuello, y Gustavo sintió que aquella risa se le instalaba en el pecho con la certeza tranquila de las cosas que llegan para quedarse.

—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —dijo Rosa, con la cabeza todavía apoyada en su hombro—. Que llevo tres semanas discutiendo contigo por cualquier cosa, y ahora mismo no se me ocurre ningún lugar en el que prefiera estar más que aquí.

—Yo llevo quince años convencido de que no se me daba bien esto de querer a nadie sin que terminara en desastre. Y contigo, contra todo pronóstico, empiezo a pensar que quizás me equivocaba.

Bailaron hasta que la orquesta se despidió pasada la medianoche, y cuando el último cohete estalló sobre la bahía, Gustavo se detuvo, la miró con una intensidad que Rosa no le había visto nunca, y la besó despacio, como si esperara que ella lo apartara, y luego con más certeza cuando comprendió que no iba a hacerlo.

Rosa le devolvió el beso con una intensidad que la sorprendió a ella misma, las manos buscando su cuello, mientras las últimas luces de los farolillos se apagaban una a una alrededor de ellos y el pueblo entero, cómplice, fingía no darse cuenta.

—Esto va a ser un problema —dijo Gustavo, cuando por fin se separaron, sin aliento, con las frentes apoyadas la una contra la otra.

—El peor de todos —confirmó ella, y volvió a besarlo antes de que a ninguno de los dos le diera tiempo a arrepentirse.

Caminaron de vuelta hacia el puerto con los dedos entrelazados, sin prisa, saboreando esa clase de felicidad sencilla que ninguno de los dos había esperado encontrar en un pueblo que ambos, por razones distintas, habían aprendido a temer.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Rosa, ya frente a la puerta de El Ancla.

—No lo sé. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo no saberlo.

Se despidieron con un último beso, breve pero cargado de promesas que ninguno de los dos se atrevió todavía a pronunciar en voz alta, y Gustavo caminó de vuelta hacia el faro con una sonrisa que no logró borrar de la cara en todo el trayecto.

A mitad de camino se cruzó con Tomás, que volvía también de la fiesta con paso tambaleante y una lata de cerveza todavía en la mano.

—Capitán, te he visto bailar. Y besarte con la bióloga, delante de medio pueblo, nada menos.

—No es asunto tuyo, Tomás.

—Es asunto de todo Puerto Aliso desde hace semanas, capitán, aunque tú te empeñes en pensar lo contrario. —Tomás le dio una palmada en el hombro, con una sinceridad poco habitual en él a esas horas de la noche—. Me alegro por ti, de verdad. Te lo mereces, después de todo lo que has pasado.

—Gracias, Tomás.

—De nada. Y ahora vete a dormir, que mañana zarpamos a las cinco menos cuarto igual que siempre, amor o no amor de por medio.

Gustavo se rió, algo que no le ocurría con frecuencia, y siguió su camino hacia el faro preguntándose si aquella noche, contra todo lo que había aprendido a esperar de la vida, no marcaría el principio de algo que por fin mereciera la pena sostener.