Capítulo 5 — Rosa
Las semanas siguientes cayeron en una rutina que Rosa no había planeado ni deseado, pero que tampoco se sintió con fuerzas de romper.
Cada mañana, a las cinco menos cuarto, subía a La Golondrina con su equipo de muestreo, y cada tarde volvía a El Ancla con la piel oliendo a salitre y el cuaderno de su abuela un poco más lleno de datos.
Había pospuesto la llamada de seguimiento a Lisboa dos veces ya. La doctora Ferraz empezaba a impacientarse por teléfono, y Rosa se descubría inventando excusas cada vez más endebles para ganar unos días más en Puerto Aliso.
—Necesito completar el muestreo de otoño —le dijo por teléfono, sentada en el escalón de piedra de la librería, mientras veía a Nala organizar bandejas de bollos en el escaparate de al lado—. Los datos no significan nada si no cubro las cuatro estaciones.
—Rosa, llevas allí casi tres semanas. Tres semanas que no estaban en el proyecto.
—Lo sé. Necesito un poco más de tiempo.
La doctora Ferraz suspiró al otro lado de la línea, un sonido que Rosa conocía bien de tres años trabajando codo con codo con ella.
—¿Esto tiene algo que ver con un hombre?
—Esto tiene que ver con unas anémonas centenarias que van a desaparecer bajo un hotel de cinco estrellas si no presento un informe sólido —respondió Rosa, más cortante de lo que pretendía, porque la pregunta le había tocado un nervio que prefería no examinar demasiado de cerca.
—Rosa, seamos claras. —La voz de Ferraz se suavizó un poco, con esa mezcla de firmeza y afecto que llevaba tres años definiendo su relación de mentora y discípula—.
Eres la mejor investigadora de campo que he tenido en una década, y precisamente por eso no quiero que sacrifiques tu carrera por un arranque romántico en un pueblo pesquero.
Vuelve, termina el contrato, y si lo que sea que tienes ahí es de verdad, sobrevivirá a la distancia.
—¿Y si no quiero arriesgarme a comprobarlo?
—Entonces al menos ten la decencia de admitir que esto ya no tiene nada que ver con las anémonas.
Colgó sin darle tiempo a Ferraz a insistir, y se quedó mirando el mar desde el escalón, preguntándose en qué momento exacto había empezado a pensar en Gustavo Ibarra más de lo que cualquier persona sensata pensaría en un hombre que la trataba, la mayor parte del tiempo, como si fuera un estorbo con patas.
Porque lo pensaba. Pensaba en sus manos ásperas manejando el timón con una delicadeza que contradecía toda su brusquedad.
Pensaba en la manera en que se le arrugaban los ojos cuando algo le hacía gracia, aunque intentara disimularlo frunciendo el ceño enseguida.
Pensaba, sobre todo, en aquella tarde en la cala del Somorro cuando le había hablado de su padre con más honestidad de la que probablemente pretendía, y en cómo aquel breve destello de vulnerabilidad se le había quedado grabado más hondo que cualquier dato de salinidad o temperatura.
—Estás en las nubes —dijo Nala, sentándose a su lado con dos vasos de sidra fría que sacó de la nevera de la panadería sin que nadie se lo pidiera—. Y no me digas que es por las anémonas.
—Es por las anémonas.
—Ya. Claro. —Nala le dio un sorbo a su sidra, mirándola de reojo con esa sonrisa suya que siempre anunciaba problemas—. ¿Y las anémonas tienen los hombros anchos y conducen un pesquero azul?
—Cállate, Nala.
—No he dicho ni una palabra.
Rosa le dio un empujón cariñoso y las dos se rieron, y por un momento, Puerto Aliso volvió a sentirse como el hogar que había sido antes de que ella decidiera que necesitaba huir de él para convertirse en alguien.
—¿Y tú qué tal con Bruno? —preguntó Rosa, cambiando de tema—. ¿Ha dado ya el paso?
—Todavía no. —Nala puso los ojos en blanco—. Le he dado un ultimátum discreto: si para Navidad no me ha propuesto matrimonio, se lo propongo yo, y que luego no se queje de que no fue romántico.
—Eso es tan propio de ti.
—Es que llevo esperando desde los veinte años a que alguien me convenza de que vale la pena quedarme quieta, Rosa. Y cuando encuentras a esa persona, no tiene mucho sentido esperar a que ella se decida sola, ¿no crees?
Aquella frase se le quedó a Rosa rondando por la cabeza el resto de la tarde, mientras organizaba las últimas muestras en la trastienda de El Ancla, preguntándose si acaso ella misma no estaría, sin darse cuenta, esperando a que la vida decidiera algo que ya llevaba semanas insinuándose con toda claridad.
Al día siguiente, mientras trabajaban en la cala, Ubaldo se acercó a ellos en su propia barca destartalada, con más curiosidad que verdadera intención de pescar.
—¿Cómo va la investigación, muchacha? —preguntó el viejo, acercando su embarcación lo suficiente como para que la conversación no requiriera gritos.
—Bien, Ubaldo. Ya casi tengo los datos de otoño completos.
—Me alegra oírlo. Esta cala lleva alimentando a este pueblo desde antes de que naciera mi abuelo, y no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo unos de fuera la convierten en piscina de lujo para turistas que no distinguen una anémona de una piedra.
—¿Has oído hablar del proyecto del hotel? —preguntó Rosa, sorprendida.
—Todo el mundo ha oído hablar de eso, muchacha. Este pueblo es pequeño, y las malas noticias vuelan más rápido que las gaviotas.
Rosa miró a Gustavo, que fingía estar concentrado en revisar unas boyas, con una expresión que dejaba claro que aquel silencio no era casual.
—¿Sabías lo del hotel? —le preguntó, en cuanto Ubaldo se alejó lo suficiente.
—Sí.
—¿Y no me lo ibas a contar?
—Te lo estoy contando ahora.
—Gustavo, esto afecta directamente a mi informe. Si hay un promotor presionando para construir aquí, necesito saberlo cuanto antes.
—Lo sé. Iba a decírtelo. —Gustavo dejó las boyas a un lado, con una expresión que por primera vez desde que se conocían parecía genuinamente arrepentida—. Es que no quería que pensaras que te ayudo con esto solo porque me conviene a mí también.
—¿Y por qué me ayudas, entonces?
Gustavo no respondió enseguida, y el silencio que siguió, cargado de una tensión distinta a todas las anteriores, se extendió lo suficiente como para que Rosa sintiera que el corazón le latía más deprisa de lo normal, esperando una respuesta que, de un modo u otro, ya intuía.
—Porque desde que llegaste, este pueblo me parece menos solitario de lo que me había parecido en años —dijo por fin, con una honestidad que le costó visiblemente pronunciar—. Y no sé qué hacer con eso.
Rosa no supo qué responder, y ninguno de los dos volvió a mencionar el tema durante el resto de la jornada, aunque el silencio que compartieron de vuelta al puerto fue distinto al de los primeros días, más denso, tejido de miradas breves que ninguno se atrevió todavía a sostener del todo.
Esa misma tarde, mientras Rosa cruzaba la plaza camino de El Ancla, se topó con Deolinda, que barría la entrada de su casa con una parsimonia que a Rosa le pareció sospechosamente calculada para poder abordarla sin prisa.
—Muchacha, ven un momento. —Deolinda apoyó la escoba contra la fachada—. ¿Es verdad que el Ibarra y tú vais a presentar batalla contra ese hombre del hotel?
—Estamos en ello, sí.
—Menos mal. Ya era hora de que alguien plantara cara.
Mi difunto marido pescaba en esa cala desde niño, y no pienso ver cómo la convierten en piscina para forasteros con demasiado dinero y poco respeto.
—Deolinda bajó la voz, mirando alrededor con gesto conspirativo—.
Y otra cosa, ya que estás aquí: ese Gustavo lleva cinco años sin sonreír como sonríe ahora que tú andas cerca.
Cuídalo, si no te importa que te lo diga una vieja entrometida.
—No sé de qué me hablas, Deolinda.
—Claro que lo sabes, hija. Todo el pueblo lo sabe. —La mujer volvió a coger la escoba, con una sonrisa satisfecha—. Anda, ve a tus asuntos, que seguro que él te está esperando en algún sitio.
Rosa siguió su camino con las mejillas encendidas, preguntándose cuántas conversaciones similares estarían teniendo lugar en aquel preciso instante en las distintas cocinas y portales de Puerto Aliso, y decidiendo, no sin cierta resignación divertida, que quizás había cosas de vivir en un pueblo pequeño que echaba de menos más de lo que había estado dispuesta a admitir durante sus años en la ciudad.
Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, Rosa se sentó en el alféizar de la ventana de su cuarto, mirando hacia el mar oscuro, y pensó en su madre, Carmen, que llevaba media vida cambiando de ciudad y de proyecto en busca de una felicidad que nunca parecía alcanzar del todo.
Rosa había crecido viendo esa inquietud crónica, ese descontento que empujaba a Carmen de un lugar a otro sin nunca echar raíces suficientes, y una parte de ella llevaba años aterrada de haber heredado el mismo defecto: la incapacidad de quedarse quieta el tiempo suficiente para que algo bueno tuviera ocasión de crecer.
Recordó las palabras de Nala esa misma tarde, sobre no esperar a que la vida decidiera las cosas por una misma, y se preguntó, no por primera vez desde su llegada a Puerto Aliso, si acaso el miedo que sentía cada vez que pensaba en Gustavo no tenía menos que ver con él y mucho más con la sombra larga de su propia madre, siempre huyendo de algo que jamás llegaba a nombrar del todo.
Se prometió a sí misma, esa noche, que fuera cual fuese el rumbo que tomaran las cosas con aquel pescador arisco, intentaría no dejar que el miedo heredado decidiera por ella antes de que la propia vida tuviera ocasión de hacerlo.