Capítulo 4 — Gustavo
La casa del faro había pertenecido a los guardeses durante generaciones, hasta que la autoridad portuaria automatizó la luz y dejó el edificio anexo en manos de quien quisiera cuidarlo.
Nicanor lo había alquilado por cuatro perras cuando Gustavo era apenas un crío, y con los años, entre redes remendadas y botellas vacías, padre e hijo habían ido convirtiendo aquellas paredes desnudas en un hogar a su manera, tosco pero firme, como todo lo que Gustavo construía.
En las paredes de la sala todavía colgaban fotografías amarillentas de Nicanor joven, sonriente, con un Gustavo niño subido a hombros frente a una Golondrina recién pintada.
Gustavo evitaba mirarlas casi siempre, pero esa noche, al volver de una jornada de faena más larga de lo habitual, se detuvo frente a la más antigua, la de su padre sin una sola cana todavía, con los ojos claros de quien aún no sabe todo lo que la vida le va a quitar.
—Menudo lío me has dejado, viejo —murmuró al retrato, como hacía de vez en cuando cuando el silencio de la casa se le hacía demasiado grande—. Una bióloga terca con la mirada de tu Amparo. No sé si reírme o salir corriendo.
La fotografía, por supuesto, no respondió, pero Gustavo se quedó un rato más frente a ella, dejando que la memoria retrocediera, contra su voluntad, hasta los últimos años de vida de su padre.
Recordó las noches en que, siendo apenas un adolescente, recorría las tres tabernas del puerto una por una, buscando la silueta encorvada de Nicanor apoyado en alguna barra, prometiéndose a sí mismo cada vez que aquella sería la última vez que tendría que hacerlo, y descubriendo, cada vez, que no lo era.
Recordó la vez en que su padre, borracho hasta perder el equilibrio, había estado a punto de caer al agua desde el mismo pantalán donde ahora Gustavo amarraba La Golondrina, y cómo él, con apenas quince años, había tenido que sujetarlo con todas sus fuerzas mientras Nicanor se reía como si aquello fuera motivo de diversión y no de terror.
Recordó, sobre todo, la sensación de haberse convertido en el adulto de la casa mucho antes de tener edad para serlo, una responsabilidad que había moldeado cada aspecto de su carácter: la desconfianza instintiva hacia cualquier promesa de estabilidad, la necesidad compulsiva de controlarlo todo, el miedo profundo a depender de nadie que pudiera, en cualquier momento, dejar de sostener su parte del peso.
Nicanor había muerto una noche de invierno, cinco años atrás, mientras dormía en el sofá de aquella misma casa, con una botella vacía en el suelo y el corazón ya cansado de aguantar tanto castigo.
Gustavo lo encontró al día siguiente, frío ya, con una expresión tan tranquila que durante un instante había pensado que simplemente dormía.
El funeral fue pequeño, discreto, con la mitad del pueblo asistiendo más por compasión hacia el hijo que por verdadero duelo por el padre, y Amparo Vives había sido la única, aparte de Tomás, que se había quedado a su lado durante los meses siguientes, cuando la culpa y el alivio se mezclaban de un modo que a Gustavo todavía le costaba nombrar sin sentirse un monstruo por ello.
—Le debí más de lo que nunca pude devolverle —murmuró de nuevo, esta vez sin dirigirse a nadie en particular, y se sirvió un vaso de vino tinto antes de sentarse en el porche, dejando que el faro girara sobre su cabeza con esa fidelidad indiferente que llevaba toda la vida acompañándolo.
Fue Tomás quien, dos días después, le trajo noticias de un asunto muy distinto, mientras descargaban la pesca del día en el muelle.
—Capitán, tenemos visita. Y no me gusta nada su pinta.
Gustavo levantó la vista y vio a un hombre trajeado, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa demasiado blanca para pertenecer a alguien honesto, acercándose por el pantalán con la seguridad de quien está acostumbrado a que las puertas se abran solas ante él.
—Íñigo Sarasola, de Costa Cantábrica Desarrollos.
—Le tendió una tarjeta que Gustavo no se molestó en coger—.
Estamos evaluando la cala del Somorro para un proyecto hotelero de primer nivel.
Su familia tiene derechos de amarre históricos en la zona, según los registros del puerto.
Nos gustaría llegar a un acuerdo amistoso antes de que esto se complique.
—No hay nada que acordar. Esa cala no está en venta, y no es mía para vender aunque lo estuviera.
—Todo tiene un precio, señor Ibarra. —Sarasola sonrió de nuevo, esa sonrisa de catálogo que no llegaba a los ojos—. Piénselo. Volveré a pasarme por aquí.
Gustavo lo vio alejarse por el muelle con la carpeta bajo el brazo y sintió que la rabia que llevaba meses tragándose por fin encontraba un nombre y una cara.
—¿Un hotel en la cala del Somorro? —preguntó Tomás, incrédulo—. Ahí es donde tu padre te enseñó a pescar.
—Lo sé, Tomás. Créeme que lo sé.
Esa misma tarde, movido por una inquietud que no lograba calmar, Gustavo se acercó al ayuntamiento para preguntar directamente por el estado del proyecto. Encontró a Casilda, la secretaria municipal, ordenando expedientes con gesto cansado.
—Gustavo, qué sorpresa. No sueles aparecer por aquí si no es para pagar alguna tasa del puerto.
—Necesito saber qué hay de cierto en lo del hotel de la cala del Somorro.
Casilda bajó la voz, mirando de reojo hacia el despacho del alcalde, cuya puerta permanecía cerrada.
—Hay una solicitud de estudio de impacto presentada la semana pasada. Costa Cantábrica Desarrollos, de nombre. El alcalde todavía no se ha pronunciado, pero ya sabes cómo las gasta ese hombre cuando huele dinero fresco.
—¿Y qué se puede hacer para pararlo?
—Un informe técnico contundente que demuestre daño ecológico irreversible obligaría al ayuntamiento a rechazar la solicitud, o al menos a paralizarla durante años mientras se estudia el recurso.
Pero necesitaríais algo muy sólido, Gustavo.
Sarasola tiene abogados carísimos esperando cualquier resquicio.
—¿Y el alcalde? ¿De qué lado va a caer?
—Del lado de quien más le convenga, como siempre. —Casilda bajó todavía más la voz—. Aunque entre nosotros, te diré que su mujer es sobrina de Ubaldo, y Ubaldo lleva toda la semana dándole la vara con lo de la cala. Puede que eso ayude más de lo que un informe técnico consiga por sí solo.
—En este pueblo todo se acaba resolviendo por parentescos, ¿verdad?
—Bienvenido a Puerto Aliso, Gustavo. Llevas aquí diez años y todavía te sorprende.
Gustavo salió del ayuntamiento con una determinación nueva instalada en el pecho, comprendiendo que el informe de Rosa, aquel que él todavía consideraba en parte un simple favor a la memoria de Amparo, podría convertirse en la única barrera real entre la cala de su infancia y las excavadoras de un promotor sin escrúpulos.
Esa noche, mientras cenaba solo en la casa del faro un plato de rabas que había frito él mismo, Gustavo pensó en llamar a Rosa para contarle lo del promotor, y se sorprendió de las ganas que tenía de oír su voz, aunque solo llevaran dos días escasos de conocerse.
Se resistió al impulso, se dijo que no era asunto de una desconocida recién llegada, y sin embargo, cuando por fin se durmió, fue con el cuaderno forrado de hule de Amparo Vives todavía presente en su cabeza, como una promesa que de algún modo ya sentía también suya.
Al día siguiente, mientras zarpaban hacia la cala con Rosa ya instalada en su rutina de las cinco menos cuarto, Tomás no pudo resistirse a sacar el tema que llevaba días rondándole.
—Oye, capitán. ¿Le vas a contar a la bióloga lo del hotel?
—Todavía no. No quiero que piense que la ayudo por eso.
—¿Y por qué la ayudas, entonces?
Gustavo no respondió enseguida, con la mirada fija en el horizonte donde el sol empezaba a asomar sobre el agua.
—Por Amparo —dijo por fin, aunque incluso a él aquella respuesta le sonó incompleta.
—Ya. Por Amparo. —Tomás sonrió con la misma expresión traviesa de siempre—. Capitán, llevo veinte años trabajando contigo y nunca te había visto revisar el mismo nudo tres veces solo porque una mujer estaba mirando.
—Cállate y prepara las cajas, Tomás.
—Ya voy, ya voy. Pero apunta lo que te digo: esto no va a terminar en un simple favor a una muerta, por mucho que la quisieras.
Gustavo no le dio la razón en voz alta, pero tampoco encontró argumentos para llevarle la contraria, y pasó el resto de la travesía en un silencio pensativo que Rosa, sentada en la popa con el cuaderno de su abuela abierto sobre las rodillas, no dejó de notar sin llegar a comprender del todo su causa.
Esa noche, ya en casa, mientras limpiaba las redes junto al faro con la única compañía de las estrellas y el rumor constante del mar, Gustavo se sorprendió pensando en el modo exacto en que Rosa había fruncido el ceño al escuchar su tono brusco durante el primer encuentro, y en si volvería a las cinco menos cuarto del día siguiente sin que él tuviera que pedírselo.
Se sirvió un vaso de vino tinto, se sentó en el pequeño porche que él mismo había construido dos veranos atrás, y dejó que el faro girara sobre su cabeza, indiferente como siempre a los pensamientos de los hombres que vivían bajo su luz.
Sacó la guitarra de su padre, que llevaba meses sin tocar, y probó unos acordes torpes que le salieron desafinados al principio, hasta que poco a poco los dedos recordaron por sí solos la melodía que Nicanor solía tararear en las noches en que el mar estaba en calma y él, por una vez, también lo estaba.
Tocó durante casi una hora, sin ninguna prisa por terminar, dejando que la música llenara el silencio de aquella casa que llevaba cinco años sintiéndose demasiado vacía, y cuando por fin se metió en la cama, lo hizo con la sensación extraña de que algo en su rutina inquebrantable estaba empezando, poco a poco, a resquebrajarse de un modo que no sabía todavía si temer o agradecer.