Capítulo 3 — Rosa
A las cinco menos cuarto de la mañana siguiente, Rosa ya estaba en el muelle, con un chubasquero amarillo demasiado nuevo y una bolsa de material que parecía pesar más que ella misma.
El pueblo entero dormía todavía, sumido en ese silencio profundo que solo rompían el chapoteo del agua contra los cascos de los barcos y el graznido ocasional de alguna gaviota madrugadora.
—Llegas pronto —dijo Gustavo, sin poder disimular cierta sorpresa cuando la vio aparecer por el pantalán.
—Dijiste a las cinco menos cuarto.
—La gente de ciudad suele llegar tarde a todo, salvo a los aviones.
—Pues yo no soy la gente de ciudad. —Rosa dejó la bolsa en cubierta con un golpe seco—. Soy de aquí, aunque te sorprenda.
—Eras de aquí. Ahora hablas como si esto fuera un decorado.
Ella lo miró con esos ojos verdes que Gustavo ya había memorizado sin proponérselo, y por un instante creyó que iba a soltarle alguna réplica afilada. En cambio, algo se apagó en su expresión, un cansancio antiguo que a él le resultó extrañamente familiar.
—Llevaba seis años sin volver —dijo ella, en voz baja—. No sabía que mi abuela se estaba muriendo hasta que ya era tarde.
Gustavo no supo qué responder a eso, y fue Tomás, apareciendo en ese momento con dos termos humeantes de manzanilla, quien rompió el silencio incómodo.
—¡Buenos días, doctora! Aquí tiene, para entrar en calor. El capitán se pone muy serio antes de las siete de la mañana, no le haga mucho caso.
—Gracias, Tomás, ¿verdad? —Rosa aceptó el termo con una sonrisa agradecida—. Encantada.
—El placer es mío. Cualquier cosa que necesite, aquí me tiene. Este barco es más mío que de él, aunque él se empeñe en decir lo contrario.
—Tomás, sube las cajas de una vez y deja de acaparar a la científica —gruñó Gustavo, soltando amarras con más energía de la necesaria.
Zarparon con las primeras luces del amanecer pintando el cielo de rosa pálido, y Rosa se sentó en la popa observando cómo Puerto Aliso se iba encogiendo tras ellos hasta convertirse en un puñado de luces diminutas contra el acantilado.
Gustavo, al timón, la observaba de reojo cada pocos minutos, sin decir gran cosa, aunque cuando ella se giró de improviso y lo sorprendió mirándola, él no apartó la vista con la brusquedad que ella habría esperado, sino que sostuvo el contacto un segundo más de lo estrictamente necesario antes de volver a concentrarse en el rumbo.
—¿Falta mucho? —preguntó ella, más por romper el silencio que por verdadera impaciencia.
—Diez minutos. Aunque a este paso, con la marea que llevamos, puede que se te haga eterno.
—¿Es una manera elegante de decir que no te caigo bien?
—Es una manera de decir que hablas demasiado para ser tan temprano. —Pero lo dijo sin el filo cortante del día anterior, casi con un asomo de humor que a Rosa no le pasó desapercibido.
Llegaron a la cala cuando el sol ya despuntaba del todo sobre el horizonte, tiñendo el agua de un dorado que Rosa no recordaba de sus años de infancia en el pueblo, quizás porque entonces era demasiado joven para fijarse en esas cosas, o quizás porque el asombro requiere cierta distancia que solo da el tiempo fuera de casa.
Se puso el neopreno con la ayuda algo torpe de Tomás, que insistió en sujetarle la cremallera de la espalda mientras Gustavo fingía estar ocupado con el ancla, y se sumergió por primera vez en las aguas de la cala del Somorro desde que era adolescente.
El fondo marino la recibió con una claridad casi irreal: praderas de posidonia meciéndose despacio, peces diminutos refugiándose entre las rocas, y allí, en las grietas más profundas, la colonia de anémonas de las que hablaba el cuaderno de su abuela, de un color violeta intenso que Rosa no había visto documentado en ninguna otra cala de la región.
Subió a la superficie con una sonrisa que no pudo disimular ni quiso hacerlo.
—Son preciosas —le dijo a Gustavo, quitándose las gafas de buceo—. Mi abuela tenía razón. Esto merece protegerse cueste lo que cueste.
—¿Y todo esto para qué sirve exactamente? —preguntó Gustavo, genuinamente curioso, mientras la observaba etiquetar un frasco con letra diminuta.
—Para demostrar que esta cala tiene una biodiversidad que merece protegerse.
Hay una colonia de anémonas ahí abajo que llevan siglos sin que nadie las moleste.
Si el ayuntamiento aprueba la construcción de algún hotel en el acantilado, todo esto desaparece en menos de lo que se tarda en firmar el contrato.
—¿Y por qué te importa tanto? —insistió él—. Podrías estar estudiando arrecifes de coral en algún sitio con playas de postal, y en cambio te empeñas en unas anémonas de un pueblo perdido de Cantabria.
—Porque nadie más se va a molestar en hacerlo.
—Rosa se recostó contra la borda, dejando que el sol de mediodía le calentara la cara—.
Los arrecifes grandes tienen ONGs enteras peleando por ellos, documentales, financiación internacional.
Esta cala solo tiene a una bióloga tozuda y el cuaderno de una mujer que ya no puede defenderla ella misma. Si no lo hago yo, nadie lo va a hacer.
—Suena a algo que diría Amparo.
—Puede que se me haya pegado más de lo que creía.
Entonces vamos a asegurarnos de que así sea —dijo Gustavo, sin pensarlo demasiado.
Fue la primera vez que pronunció esas palabras en plural, y Rosa, flotando en el agua fría con el corazón acelerado por razones que ya no tenían nada que ver con la temperatura del mar, decidió no señalarlo en voz alta, aunque lo guardó, como quien guarda una perla diminuta, en algún rincón de la memoria al que sabía que volvería una y otra vez en los días siguientes.
Trabajaron toda la mañana entre inmersiones y anotaciones, con Tomás relevando ocasionalmente a Gustavo en el timón para que este pudiera acercarse a ayudar con las muestras, y cuando por fin volvieron al puerto, ya pasado el mediodía, un grupo de vecinas que volvían del mercado se detuvo a saludar, examinando a Rosa con la curiosidad discreta pero implacable propia de los pueblos pequeños.
—Así que esta es la nieta de Amparo, trabajando con el Ibarra —comentó una de ellas, una mujer mayor de rebeca azul que Rosa reconoció vagamente de su infancia—. Ya decía yo que ese barco llevaba unos días saliendo más temprano de lo habitual.
—Deolinda, no empieces —protestó Gustavo, cargando una caja con más fuerza de la necesaria para disimular el rubor que le subía por el cuello.
—Yo no digo nada, hijo. Solo observo. —Deolinda le guiñó un ojo a Rosa antes de seguir su camino con las demás, entre risas cómplices que se oyeron calle arriba durante un buen rato.
—Este pueblo no tiene secretos —murmuró Gustavo, avergonzado, cuando por fin se alejaron.
—Ya lo veo. Menos mal que no tenemos nada que ocultar.
—Menos mal —repitió él, aunque el modo en que evitó mirarla a los ojos mientras lo decía sugería que quizás no estaba tan seguro de ello como pretendía aparentar.
Esa tarde, cuando Rosa volvió a El Ancla oliendo a salitre y con la piel tostada por el sol, encontró a Nala esperándola con una bandeja de pastas recién horneadas y una curiosidad que no se molestó en disimular.
—Cuéntame qué tal con el capitán gruñón.
—Trabajamos juntos, Nala. Eso es todo.
—Ya, claro, y yo horneo pan solo por el placer de madrugar.
—Nala se sentó sobre el mostrador con la familiaridad de quien lleva toda la vida entrando y saliendo de aquella librería—.
Mira, Rosa, te conozco desde que teníamos seis años y nos escapábamos juntas a robar higos del huerto de doña Presentación.
Sé cuándo te gusta alguien, aunque tú todavía no te hayas dado cuenta.
—No me gusta Gustavo.
—Claro que no. Por eso llevas todo el día sonriendo mientras hablas de anémonas, un tema que hace un mes te habría aburrido hasta las lágrimas.
Rosa no encontró una réplica convincente, y esa misma noche, antes de dormir, se sorprendió llamando a la doctora Ferraz para pedirle, con una excusa a medio inventar sobre la necesidad de cubrir el ciclo completo de mareas, unos días más de los que originalmente había planeado quedarse en Puerto Aliso.
—¿Unos días más? —La voz de Ferraz sonó cauta al otro lado de la línea—. Rosa, llevas apenas cuarenta y ocho horas allí.
—Lo sé. Pero el proyecto de mi abuela merece hacerse bien, y hacerlo bien lleva su tiempo.
—Está bien. Una semana más. Pero no me hagas tener que ir a buscarte yo misma a ese pueblo, que bastante tengo con mis propias muestras de sedimento.
Rosa colgó el teléfono con una sonrisa que no se molestó en analizar demasiado, y se durmió esa noche pensando en anémonas violeta, en cuadernos forrados de hule, y en un pescador arisco que, contra todo pronóstico, empezaba a resultarle mucho más interesante de lo que cualquier prudencia recomendaría.
Al colgar, sin embargo, no pudo evitar quedarse pensando en las palabras de Ferraz durante un buen rato más de lo que le habría gustado.
La doctora llevaba razón, al menos en parte: aquello ya no tenía que ver únicamente con el trabajo, y Rosa sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la pregunta que llevaba días evitando formularse a sí misma con claridad: qué estaba dispuesta a sacrificar, y qué no, con tal de quedarse en Puerto Aliso el tiempo que aquel proyecto, y aquel hombre, merecieran.
Los días siguientes trajeron una rutina que, sin que Rosa lo planeara, empezó a sentirse menos como trabajo de campo y más como algo parecido a la felicidad.
Cada mañana, Tomás la recibía con algún comentario jocoso, cada mañana Gustavo fingía cierta indiferencia que duraba, como mucho, hasta que ella subía a bordo y le dedicaba la primera sonrisa del día, momento en el cual toda su fachada de hombre imperturbable se resquebrajaba durante una fracción de segundo antes de que él lograra recomponerla.
—Hoy toca la zona norte de la cala —anunció Rosa, una mañana especialmente clara, consultando el cuaderno de su abuela—. Amparo anotó aquí unas mediciones de hace tres años que no cuadran con las mías. Necesito comprobar si el fondo ha cambiado.
—¿Y eso es malo?
—Podría serlo. Si la composición del sustrato ha cambiado tan rápido, podría indicar que ya hay algún tipo de erosión provocada por las obras preliminares del hotel.
Gustavo frunció el ceño, y Rosa reconoció en su expresión la misma rabia contenida que le había visto el día en que por fin le había contado lo de Sarasola.
—Entonces hay que comprobarlo cuanto antes.
Pasaron la mañana entera cartografiando aquella zona concreta, con Rosa sumergiéndose una y otra vez para tomar fotografías del sustrato mientras Gustavo sostenía las cuerdas de referencia y Tomás anotaba las coordenadas exactas de cada punto.
Fue un trabajo minucioso, silencioso, de esos que exigen una concentración compartida que termina por crear, sin que nadie lo busque, una complicidad difícil de deshacer después.
—Toma. —Gustavo le tendió una mano para ayudarla a subir a bordo tras la última inmersión, y Rosa la aceptó sin pensarlo, notando la rugosidad de su palma contra la suya—. ¿Qué tal las fotos?
—Preocupantes. Hay sedimento removido que no debería estar ahí si nadie ha tocado el fondo marino. —Rosa se quitó las gafas de buceo, con expresión sombría—. Alguien ha estado haciendo catas preliminares sin permiso.
—Sarasola.
—Probablemente. —Rosa suspiró, sentándose sobre la cubierta caliente por el sol—. Esto va a complicar mucho las cosas.
—Entonces lo documentamos todo, y cuando llegue el momento de presentar el informe, que se atenga a las consecuencias.
Rosa levantó la vista hacia él, sorprendida por la determinación con la que hablaba, y sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco más, esa desconfianza inicial que la había hecho mantener las distancias durante los primeros días, cediendo terreno frente a la evidencia cada vez más innegable de que aquel hombre, por muy arisco que pareciera a primera vista, era de los que se plantaban firmes cuando algo de verdad les importaba.