Capítulo 2 — Gustavo
Gustavo Ibarra llevaba despierto desde las cuatro y cuarto, como cada mañana desde hacía quince años, con esa disciplina que el mar exige a quienes deciden vivir de él.
Se levantó sin necesidad de despertador, se vistió a oscuras para no molestar a nadie, aunque en aquella casa junto al faro no había nadie a quien molestar desde hacía ya demasiado tiempo, y bajó hacia el muelle con el termo de café cargado y la mente ocupada en el motor de La Golondrina, que llevaba dando problemas desde la última tormenta.
El pueblo, a esas horas, pertenecía solo a los suyos: los pescadores madrugadores, algún gato callejero rebuscando entre la basura de la noche anterior, y el propio mar, que a esa hora todavía conservaba el color negro de la noche antes de que el sol se dignara a teñirlo de otros tonos.
Gustavo conocía cada piedra de aquel muelle, cada grieta del pantalán, cada nudo de las amarras que él mismo había reforzado con sus manos a lo largo de los años.
Tomás lo esperaba ya en el barco, con dos bocadillos de chorizo envueltos en papel de aluminio y una energía excesiva para la hora que era.
—Buenos días, capitán. Hoy toca faena larga, ¿no? El pronóstico dice que el tiempo aguanta hasta la tarde.
—Aguantará lo que le dé la gana, que el pronóstico lleva fallando toda la semana. —Gustavo se metió bajo la cubierta a revisar el motor, con la linterna sujeta entre los dientes—. Ayúdame con esto antes de que zarpemos, que anoche no conseguí arreglarlo del todo.
Trabajaron codo con codo durante media hora, entre gruñidos de esfuerzo y algún que otro comentario sobre el precio del gasóleo, hasta que el motor por fin arrancó con un rugido satisfactorio que hizo sonreír a ambos como si hubieran ganado una batalla pequeña pero importante.
—Así me gusta. —Tomás se limpió las manos manchadas de grasa en un trapo—. Oye, ¿te has enterado de que la nieta de Amparo ha vuelto al pueblo?
—Algo he oído.
—Dicen que es bióloga. De esas que estudian el fondo del mar y todo eso. —Tomás le dio un mordisco a su bocadillo, hablando con la boca llena—. Deolinda dice que la vio ayer paseando por el acantilado con cara de estar reconciliándose con algún fantasma.
—Deolinda dice muchas cosas. La mitad no son ciertas y la otra mitad son exageraciones.
—Puede ser. Pero esta vez creo que tiene razón.
—Tomás sonrió con esa expresión traviesa que Gustavo conocía bien y que rara vez presagiaba nada bueno—.
¿Sabes? Amparo siempre decía que su nieta era la mujer más terca que había parido esta familia entera.
Y viniendo de Amparo, que era terca como una mula vieja, eso ya es decir bastante.
Gustavo no respondió, concentrado en enrollar un cabo con más atención de la que el gesto realmente requería, aunque en el fondo sentía cierta curiosidad que prefería no alimentar en voz alta.
Había conocido a Amparo Vives casi tan bien como se conoce a una madre, o al menos así se lo había parecido durante los años en que ella lo había ayudado a mantener a flote lo poco que le quedaba tras la muerte de su padre: un préstamo silencioso cuando el banco amenazaba con embargarle La Golondrina, un plato de comida caliente en las noches en que ni siquiera tenía ganas de cocinar para sí mismo, palabras de ánimo que Gustavo nunca supo devolver de la manera adecuada.
Su padre, Nicanor Ibarra, había sido un buen pescador y un padre mediocre, atrapado entre el amor genuino que sentía por su hijo y la incapacidad crónica de mantenerse sobrio el tiempo suficiente para demostrarlo.
Gustavo tenía apenas doce años cuando empezó a acompañarlo a las tabernas del puerto para asegurarse de que volviera a casa por su propio pie, y dieciséis cuando comprendió que aquella tarea nunca terminaría del todo, que su infancia había quedado sepultada bajo la responsabilidad de cuidar a quien debería haberlo cuidado a él.
Recordaba con especial claridad una noche de invierno, cuando tenía catorce años, en que había encontrado a su padre sentado en el mismo pantalán donde ahora amarraba La Golondrina, con los pies colgando sobre el agua negra y una botella medio vacía entre las manos.
—Ven aquí, hijo —le había dicho Nicanor esa noche, con la voz pastosa pero extrañamente lúcida—. Siéntate conmigo un rato.
Gustavo se había sentado a su lado, tiritando de frío, sin atreverse a decirle que hacía demasiado viento para estar allí fuera, sin atreverse a pedirle que volvieran a casa.
—¿Sabes por qué bebo, Gustavo? —había preguntado su padre, mirando al mar con una expresión que el niño no supo interpretar entonces, aunque años después reconocería como una tristeza sin fondo—.
Porque el mar te da de comer, pero también te quita todo lo que amas, poco a poco, sin que te des ni cuenta.
Se llevó a tu madre cuando naciste tú, se llevó a mi propio padre cuando yo tenía tu edad, y algún día se me llevará a mí también.
Y entre medias, no sé hacer otra cosa que intentar no sentirlo tanto.
—No tienes que beber para eso, padre. Me tienes a mí.
Nicanor lo había mirado entonces con unos ojos vidriosos que, por un instante, se habían llenado de una claridad devastadora.
—Lo sé, hijo. Y es la única cosa de la que me arrepiento de verdad: no haber sido lo bastante fuerte para merecer que me tuvieras.
Aquella conversación se le había quedado grabada a Gustavo con una nitidez que ni los años ni el vino conseguían desdibujar del todo, y todavía hoy, dieciocho años después, se preguntaba si había heredado de Nicanor algo más que los ojos oscuros y el amor por el mar: quizás también esa misma incapacidad de sostener las cosas buenas el tiempo suficiente para que no se le escaparan de las manos.
Nicanor murió una noche de invierno, cinco años atrás, mientras dormía en el sofá con una botella vacía en el suelo y el corazón ya cansado de aguantar tanto castigo.
Gustavo lo encontró al día siguiente, y durante meses se preguntó si podría haber hecho algo distinto, si alguna palabra suya, alguna intervención más contundente, habría cambiado el desenlace.
Amparo fue la única persona del pueblo que no le ofreció condolencias vacías ni juicios disfrazados de compasión: se limitó a aparecer con una cazuela de fabada y a sentarse con él en silencio durante horas, dejándole llorar sin necesidad de explicaciones.
—Le debo mucho a esa mujer —murmuró Gustavo, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
—¿A quién? —preguntó Tomás.
—A Amparo. —Gustavo suspiró, guardando el trapo grasiento en su sitio—. Cuando su nieta venga a buscarme, más vale que le trate bien, porque el favor que le debo a su abuela no admite discusión.
—¿Cómo sabes que va a venir a buscarte?
—Porque conocía a Amparo. Y sé exactamente el tipo de recado que dejaría escrito antes de morirse.
No se equivocaba. Apenas una hora después, mientras Gustavo terminaba de desmontar una pieza defectuosa del motor sobre un trapo extendido en cubierta, una sombra se proyectó sobre el pantalán, y al levantar la vista se encontró con una mujer de pelo castaño recogido en una coleta apresurada, botas de montaña gastadas y una expresión decidida que contrastaba con el nerviosismo evidente de sus manos.
—Busco a Gustavo Ibarra.
—Pues ya lo has encontrado. —Su voz sonó a lija, sin ninguna intención de resultar simpático—. Si vienes a pedir una excursión turística, no hago. Si vienes a vender algo, tampoco me interesa.
—Vengo de parte de Amparo Vives.
Aquello sí le hizo alzar la cabeza del todo. Tenía los ojos de un verde intenso, casi luminoso bajo la luz gris del amanecer, y por un segundo, algo parecido a la sorpresa le cruzó la cara antes de que volviera a cerrarse como una persiana.
—Amparo murió.
—Lo sé. Soy su nieta.
Gustavo se limpió las manos en un trapo con una lentitud que Rosa pareció interpretar como deliberadamente insultante, aunque en realidad no era más que la costumbre de un hombre que necesitaba unos segundos extra para recomponer sus defensas antes de tratar con cualquier desconocido, y mucho más con una desconocida que llegaba precedida de tantas historias.
—Rosa. —Lo dijo como si estuviera comprobando el nombre contra algún archivo mental—. La bióloga. Amparo hablaba de ti todo el rato, aunque nunca dijo que fueras tan mandona.
—No he dicho ni una palabra todavía.
—No hace falta. Se te nota en la cara.
Rosa apretó los labios, decidida a no darle el gusto de una respuesta a la altura de su grosería, y le tendió la carta doblada.
Gustavo la leyó despacio, y algo en su expresión se suavizó de un modo casi imperceptible al llegar a cierta línea que Rosa no pudo ver desde donde estaba.
Dobló el papel de nuevo con un cuidado que contrastaba con la brusquedad de sus modales.
—Amparo me prestó el dinero para arreglar el motor cuando nadie más en este pueblo me habría fiado ni un café. —Se lo dijo a la carta más que a Rosa—. Así que sí, le debo el favor. Pero no soy taxista de laboratorio, y menos de una que se presenta con tacones en un muelle mojado.
Rosa bajó la vista a sus propias botas de montaña, prácticas y con las suelas gastadas de tres años de trabajo de campo, y sintió que la irritación le subía por la garganta como marea alta.
—Estas no son tacones.
—Era una forma de hablar.
—Pues elige mejor tus formas de hablar. —Rosa se cruzó de brazos—. Puedo pagarte, si el favor a mi abuela no te parece suficiente.
—No quiero tu dinero. —Gustavo volvió a inclinarse sobre el motor, dándole la espalda con una tranquilidad que a ella le pareció descarada—.
Salgo a faenar a las cinco de la mañana.
Si quieres tus muestras, estate aquí a las cinco menos cuarto, con ropa de verdad y sin esperar que te trate como a una señorita de ciudad.
El mar no hace ese tipo de distinciones y yo tampoco.
—A las cinco menos cuarto —repitió Rosa, aguantando las ganas de empujarlo al agua junto con su motor desmontado—. Ahí estaré.
—Ya veremos.
Rosa se dio media vuelta y caminó por el pantalán con la espalda tan recta como pudo, y Gustavo la observó alejarse con una mezcla de irritación y curiosidad que se esforzó por ignorar, concentrándose de nuevo en el motor mientras Tomás, a su lado, no se molestaba en disimular una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué? —preguntó Gustavo, sin levantar la vista.
—Nada, capitán. Nada de nada.
—Pues entonces deja de sonreír así, que me pones nervioso.
—Tú sí que estás nervioso. Llevas cinco minutos apretando el mismo tornillo.
Gustavo bajó la vista al tornillo en cuestión, comprobando con fastidio que Tomás tenía razón, y se obligó a concentrarse en el resto de la jornada, aunque el resto de la mañana transcurrió con una lentitud extraña, como si el tiempo se hubiera empeñado en recordarle, cada pocos minutos, la conversación breve y tensa que acababa de mantener con aquella mujer de ojos verdes y actitud imposible.
Esa noche, ya en casa, mientras limpiaba las redes junto al faro con la única compañía de las estrellas y el rumor constante del mar, Gustavo se sorprendió pensando en el modo exacto en que Rosa había fruncido el ceño al escuchar su tono brusco, y en si volvería a las cinco menos cuarto del día siguiente sin que él tuviera que pedírselo.
Se sirvió un vaso de vino tinto, se sentó en el pequeño porche que él mismo había construido dos veranos atrás, y dejó que el faro girara sobre su cabeza, indiferente como siempre a los pensamientos de los hombres que vivían bajo su luz.