El Faro de Puerto Aliso Capítulo 1 — Rosa #2
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Capítulo 1 — Rosa #2

Rosa leyó la carta tres veces, sentada en aquel peldaño de piedra, con las gaviotas chillando sobre su cabeza como si se burlaran de ella.

Tenía trabajo en Lisboa esperándola, un contrato de seis meses que renovar y una vida entera construida lejos de aquel pueblo diminuto.

Pero también tenía una promesa flotando en el aire, escrita por una mujer que ya no podría reclamársela si la incumplía, lo cual, de algún modo retorcido, hacía que incumplirla fuera aún más imposible.

Esa noche, Nala volvió como había prometido, con una cazuela de fabada todavía humeante y una botella de sidra que abrió con la destreza de años de práctica, escanciándola con el brazo en alto como le habían enseñado sus tíos asturianos.

Cenaron en la cocina de El Ancla, entre cajas a medio abrir y el runrún constante de la nevera vieja que Amparo nunca había querido cambiar.

—Cuéntame de él —pidió Rosa, aunque se dijo a sí misma que la pregunta nacía de la simple curiosidad de quien vuelve a un pueblo y necesita ponerse al día, no de nada más profundo.

—¿De Gustavo? —Nala sonrió con esa expresión de quien sabe más de lo que va a contar de golpe—.

Llegó de fuera, hará unos diez años, con su padre, Nicanor.

El viejo bebía como si el mar le debiera algo, y Gustavo se pasó la adolescencia entera sacándolo de las tabernas antes de que se cayera al agua.

Cuando Nicanor murió, hace cinco años, Gustavo se quedó con la barca, las deudas y una fama de arisco que se ha ganado a pulso, aunque en el fondo es de los que se quitaría la chaqueta para dártela sin que se lo pidas.

—No parece el tipo de hombre con el que vaya a ser fácil trabajar.

—Dale tiempo. —Nala le sirvió otro vaso de sidra—. Tu abuela lo adoraba, ¿sabes? Decía que era como esas rocas del acantilado que parecen inhóspitas hasta que aprendes dónde crecen los líquenes más bonitos.

—Mi abuela y sus metáforas.

—Tu abuela y su ojo clínico para la gente, más bien.

Nunca se equivocaba. Ni siquiera conmigo.

—Nala se quedó un momento en silencio, jugueteando con el vaso—.

¿Sabes que fue ella quien me convenció de quedarme en el pueblo cuando estuve a punto de irme a Bilbao detrás de un chico que ni siquiera valía la pena?

—No lo sabía.

—Pues sí. Me dijo, palabras textuales: «Nala, hija, no persigas a los hombres que no saben quedarse quietos.

Persigue tu propia vida, y que sean ellos los que corran detrás de ti si de verdad valen algo.

» Y aquí sigo, con mi panadería, mi pueblo y, para tu información, un novio como Dios manda que sí sabe quedarse quieto.

—¿Un novio? ¡Nala! ¿Y me entero ahora?

—Se llama Bruno. Trabaja en la lonja de Santander entre semana y viene los fines de semana. Llevamos casi dos años, y todavía no sé si va a atreverse a pedirme matrimonio antes de que yo pierda la paciencia y se lo pida yo a él.

Rosa se rió de buena gana, agradecida por aquella distracción ligera después de un día tan cargado de emociones, y las dos amigas siguieron hablando hasta pasada la medianoche, de Bruno, de la panadería, de los seis años de ausencia que de pronto le pesaban a Rosa como una losa sobre el pecho.

Se despidieron por fin, y Rosa subió al piso de arriba, a la habitación que había sido de su abuela, con las paredes cubiertas de fotografías descoloridas: Amparo de joven en la lonja, Amparo con un vestido de flores en alguna romería, Amparo ya mayor, sonriendo junto a una Rosa adolescente que apenas se reconocía en la fotografía.

Antes de acostarse, se sentó frente al viejo escritorio de su abuela, un mueble macizo de madera oscura que llevaba décadas ocupando el mismo rincón de la habitación, y abrió el cajón de abajo, tal como indicaba la carta.

Dentro encontró, además del cuaderno forrado de hule, una caja de latón repleta de fotografías antiguas, recortes de periódico amarillentos sobre mareas y temporales, y un pequeño frasco de cristal con una anémona disecada que Amparo debía de haber conservado durante años como recuerdo de alguna inmersión temprana.

Entre los papeles, Rosa encontró también una fotografía en blanco y negro de su abuela, joven, sonriente, junto a un hombre alto de mirada seria al que no reconoció, y detrás, escrito con la misma letra inclinada de siempre: «Yo con Emilio, verano del 68, antes de que el mar decidiera llevárselo.

» Rosa se quedó un buen rato mirando aquella fotografía, preguntándose cuántas historias más habría guardado su abuela sin llegar a contárselas nunca, cuántos amores y pérdidas habían quedado sepultados bajo la fachada práctica y risueña con la que Amparo había afrontado siempre la vida.

Guardó la fotografía junto a la carta, se prometió investigar aquella historia en cuanto tuviera ocasión, y se durmió con la carta de su abuela sobre la mesilla y el sonido del mar colándose por la ventana entreabierta, preguntándose, entre el sueño y la vigilia, qué aspecto tendrían los ojos de aquel pescador arisco del que todo el pueblo parecía tener algo que contar.

A la mañana siguiente, mucho antes de que sonara el despertador, Rosa ya estaba en pie, revisando el material de muestreo que había traído de Lisboa: frascos estériles, un refractómetro portátil, el termómetro digital que la doctora Ferraz le había prestado sin demasiadas ganas.

Bajó a la cocina de El Ancla y descubrió, no sin sorpresa, que sus manos temblaban un poco mientras preparaba un termo de manzanilla, y se dijo que era por los nervios del primer día de trabajo de campo, aunque en el fondo sabía que aquel temblor tenía menos que ver con las anémonas y más con la certeza incómoda de conocer, en apenas unas horas, a un hombre del que ya llevaba dos días escuchando historias.

Salió de casa cuando todavía era noche cerrada, con las estrellas todavía visibles sobre los tejados y el pueblo entero sumido en ese silencio particular de los lugares que viven al ritmo de la marea.

Caminó hacia el muelle con el corazón latiéndole más deprisa de lo que el simple frío de la madrugada podía justificar, con el cuaderno forrado de hule de su abuela apretado contra el pecho como un talismán, y con la certeza, todavía difusa pero ya innegable, de que aquel primer encuentro con Gustavo Ibarra iba a cambiar algo en ella que llevaba años sin cambiar.