El Faro de Puerto Aliso
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Capítulo 1 — Rosa
El olor a sal y a brea vieja fue lo primero que la recibió, incluso antes que las gaviotas. Rosa Aguilar bajó del autobús con la maleta golpeándole la pantorrilla y se quedó un instante plantada frente a la lonja, como si el pueblo entero hubiera decidido examinarla antes de dejarla pasar.
Puerto Aliso no había cambiado un ápice en los seis años que llevaba sin pisarlo.
Las casas de pescadores seguían pintadas de ocre y azul desvaído, los tendederos cruzaban las calles de balcón a balcón, y en la plaza, el reloj de la iglesia marcaba las cuatro y veinte con la misma pereza de siempre.
Un grupo de niños jugaba al fútbol contra la fachada de la lonja, y el balón, desviado por algún zapato torpe, fue a parar justo a los pies de Rosa.
—¡Perdón, señora! —gritó uno de ellos, un crío de unos ocho años con las rodillas peladas.
—Señora, dice. —Rosa devolvió el balón de una patada certera, ganándose un aplauso improvisado de la pandilla—. Todavía no tengo edad para que me llaméis señora, granuja.
El niño se rió y siguió corriendo tras sus amigos, y Rosa se quedó un momento observando la escena con una sonrisa involuntaria, preguntándose cuántas veces ella misma habría jugado al mismo balón, contra la misma fachada, hacía ya más de veinte años.
—Vaya cara traes, niña. —Nala apareció desde la panadería con las manos llenas de harina y la abrazó sin que a Rosa le diera tiempo a soltar el equipaje—. Como si hubieras visto un fantasma.
—He visto peor. He visto Cantabria entera desde la ventanilla de un autobús sin aire acondicionado, con un señor detrás que no paraba de comerse pipas y escupir las cáscaras al suelo.
Nala se rió, ese cacareo suyo que Rosa había echado de menos sin saberlo, y se apartó lo justo para estudiarla de arriba abajo con ojo crítico.
—Sigues teniendo la misma cara de no dormir lo suficiente que tenías con veinte años.
—Y tú sigues teniendo harina hasta en las pestañas.
—Es mi mejor accesorio. —Nala se sacudió el delantal, dejando una nube blanca flotando entre ambas—. Anda, dame esa maleta, que pesa como si llevaras dentro el cadáver de alguien.
—Llevo libros. Y algún equipo de laboratorio que no debería viajar en la bodega de un autobús, mira que te lo advertí.
Caminaron juntas hacia El Ancla, la vieja librería-cafetería de la abuela de Rosa, cerrada desde el funeral.
El camino apenas eran doscientos metros, pero a Rosa le llevó una eternidad recorrerlo, deteniéndose cada pocos pasos a saludar a algún vecino que la reconocía, a mirar algún escaparate que había cambiado de dueño, a respirar hondo el aire salado que llevaba media vida sin permitirse respirar del todo.
—Te dejó una carta —dijo Nala, mientras cruzaban la plaza—. El notario la tiene. Dice que es importante que la leas antes de decidir nada sobre el local.
—¿Decidir el qué?
—Si lo vendes o no, supongo. —Nala se encogió de hombros, aunque a Rosa no se le escapó el modo en que evitó mirarla a los ojos—. Aunque conociendo a tu abuela, lo mismo la carta habla de otra cosa completamente distinta. Amparo nunca hacía las cosas de manera sencilla.
—Eso desde luego.
Amparo Vives había muerto tres semanas atrás, mientras dormía, con un libro de Baroja abierto sobre el pecho, según le contó el médico por teléfono.
Una muerte tranquila para una mujer que jamás había sido tranquila en vida.
Rosa no había podido llegar al entierro —un congreso en Lisboa, unas muestras de sedimento que no podían esperar—, y esa ausencia le pesaba en el estómago como una piedra tragada entera.
Se lo había repetido a sí misma un centenar de veces durante el viaje en autobús: no pudo llegar, no fue una elección, no tuvo alternativa.
Y sin embargo, cada vez que se lo repetía, sonaba menos convincente.
Llegaron por fin a El Ancla, con su cartel de madera desgastada balanceándose suavemente con la brisa. Nala abrió la puerta con la llave que siempre había guardado, como si aquella casa también fuera un poco suya.
Dentro, el polvo flotaba en la luz que entraba por los ventanales, y los estantes de madera seguían llenos de las mismas novelas de siempre, con los lomos gastados de tanto sol.
Rosa pasó los dedos por el mostrador donde su abuela servía chocolate caliente y pastas de mantequilla a los pescadores que volvían de faenar al amanecer, y sintió que el pecho se le encogía.
—¿Quieres que me quede un rato? —preguntó Nala, con una delicadeza poco habitual en ella.
—No hace falta. Necesito... no sé. Sentarme aquí un momento sola.
Nala asintió, le dio un último abrazo y se marchó prometiendo volver esa noche con la cena, dejando a Rosa sola en medio de la librería silenciosa, rodeada de fotografías, de libros, del fantasma cariñoso de una abuela que llevaba toda la vida convencida de que Rosa acabaría volviendo, aunque nunca hubiera dicho tal cosa en voz alta.
Esa tarde, antes de ir al notario, decidió caminar sin rumbo por las calles empinadas del pueblo, dejando que los recuerdos la asaltaran uno a uno: la fuente donde de niña se lavaba las rodillas peladas después de caerse persiguiendo gatos callejeros, la ermita diminuta donde su abuela la llevaba a encender velas cada día de difuntos, el acantilado desde el que, con apenas dieciséis años, había visto su primer amanecer entero sin dormir, convencida de que el mundo cabía dentro de aquel horizonte infinito.
Todo seguía ahí, intacto, como si Puerto Aliso hubiera decidido esperarla sin prisa, sabiendo que tarde o temprano volvería.
Se cruzó con Ubaldo, el pescador más viejo del pueblo, sentado como siempre en el mismo banco frente a la lonja, remendando una red con dedos que el tiempo había vuelto nudosos pero seguros.
—Vaya, la nieta de Amparo. —Ubaldo levantó la vista con una sonrisa desdentada que Rosa recordaba de toda la vida—. Cuánto tiempo, muchacha. Tu abuela hablaba de ti como si fueras a salvar el mundo entero con tus estudios de peces.
—Solo estudio anémonas, Ubaldo, no peces.
—Para mí es lo mismo, todo lo que respira bajo el agua.
—El viejo se rió con ganas, y luego su expresión se ensombreció un poco—.
La echaremos de menos, ¿sabes? Tu abuela era de las pocas personas de este pueblo que todavía se acordaba de cómo era Puerto Aliso antes de que los turistas empezaran a comprar las casas de los pescadores para hacer apartamentos de verano.
—Por eso he vuelto, Ubaldo. Para terminar algo que ella empezó.
—Me alegra oír eso. Este pueblo necesita gente que se quede a pelear por él, no solo gente que pasa de largo.
—Ubaldo señaló con la barbilla hacia el muelle, donde una silueta alta se afanaba sobre la cubierta de un pesquero azul marino—.
Ya que hablamos de pelear, deberías conocer a Gustavo Ibarra si no lo conoces todavía.
Buen hombre, aunque tenga el humor de una gaviota con hambre.
—Puede que tenga que hacerlo, sí.
Rosa se despidió de Ubaldo con un nudo en la garganta, y siguió caminando hasta el notario con la sensación extraña de que Puerto Aliso, lejos de haberla olvidado durante sus seis años de ausencia, la había estado esperando con la paciencia infinita de las cosas que saben que el tiempo, tarde o temprano, siempre da la razón a quien tiene fe.
Fue al notario esa misma tarde. Don Casimiro, un hombre menudo con gafas de pasta que llevaba redactando testamentos en Puerto Aliso desde antes de que naciera Rosa, la recibió con un café ya frío que insistió en ofrecerle de todos modos, y le entregó un sobre cerrado con el sello de lacre que su abuela usaba para todo, hasta para las cartas al ayuntamiento.
—Tu abuela era una mujer muy meticulosa —comentó don Casimiro, mientras Rosa sostenía el sobre entre las manos sin atreverse todavía a abrirlo—.
Vino a verme tres veces en el último año para revisar este testamento.
La última vez, apenas dos semanas antes de morir, me hizo prometerle que te entregaría esta carta en persona, y no por correo, como habría sido más práctico.
—Suena a ella.
—Suena exactamente a ella. —El notario sonrió con cariño genuino—. Tómate el tiempo que necesites, Rosa. No hay ninguna prisa con el papeleo del local.
Rosa salió a la calle con el sobre apretado contra el pecho, y se sentó en el peldaño de piedra frente a la notaría, incapaz de esperar a llegar a ningún otro sitio más privado.
Rompió el lacre con dedos temblorosos y desdobló la carta, reconociendo al instante la letra inclinada y nerviosa de Amparo.
«Rosa, mi vida entera, si estás leyendo esto es porque por fin he conseguido morirme, cosa que llevaba años planeando con más ilusión de la que debería.
No quiero sermonearte sobre El Ancla ni sobre lo que debes hacer con él.
Haz lo que te dicte el corazón, que buena falta te hace usarlo de vez en cuando.
Solo te pido una cosa antes de que decidas nada: termina lo que empecé en la cala del Somorro.
Llevo dos años tomando muestras del fondo marino con la esperanza de demostrarle al ayuntamiento que esas aguas merecen protección antes de que las urbanizadoras se las coman enteras.
Los cuadernos están en el cajón de abajo del escritorio.
Necesitarás un barco, y solo hay un hombre en este pueblo que tiene uno decente y que además me debe un favor tan grande como el campanario.
Se llama Gustavo Ibarra. Es arisco como una gaviota hambrienta, pero es de fiar.
Dile que vas de mi parte y que le devuelvo el préstamo cobrándomelo en trabajo.
No sé qué encontrarás en ese pueblo cuando vuelvas, Rosa, pero sospecho que será algo más grande de lo que imaginas. Te quiere, siempre, tu abuela.»