El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Autumn

El sábado trece de julio cierro por primera vez la panadería desde su inauguración. Es Becca quien escribe el cartel a mano: CERRADO POR BODA, con dos anillos y una langosta dibujados debajo.

La tarta viaja en el asiento trasero de la camioneta de Wren, sujeta con dos tablones que cortó a medida anoche “porque los cinturones de seguridad no se inventaron para llevar tartas”.

Conduce a treinta por hora y, cuando llegamos a la curva de la cala, frena tan despacio que un ciclista nos adelanta y nos mira mal.

—Si se cae un piso, te mato —le recuerdo.

—Lo sé. Por eso conduzco así —murmura sin apartar la vista de la carretera.

Por suerte, la tarta de boda llega entera.

Dos pisos, miel y limón, con romero escarchado por encima porque Taylor insistió en que no quería nada que no se pudiese comer.

Es la primera tarta de boda que hago desde que salí de Portland y espero que no sea la última, porque este pueblo necesita ese tipo de celebraciones.

El muelle está irreconocible. La cooperativa de pescadores ha colocado mesas largas y banderines que cuelgan de un poste a otro.

El Miss Catherine, amarrado en su lugar habitual, está flamante con su casco recién pintado, regalo de bodas del resto de las tripulaciones.

Alguien ha colocado también un enorme lazo rojo en la proa, pero Tommy jura que no ha sido él.

Nadie ha querido perdérselo, el pueblo entero festeja el enlace, con los pocos niños que nos quedan corriendo entre las mesas, seguidos de Mosca, que se piensa que es uno de ellos. Mañana no se faena. Un día es un día, y así los pescadores pueden celebrar hasta tarde.

Iris Thibodeau oficia la ceremonia, porque según ella, para algo es la alcaldesa desde hace veinte años.

Los votos son cortos. Mi hermana Nora, que como abogada en Boston se solía ganar la vida hablando, lee tres frases de un papel, se limpia una lágrima con el dorso de la mano y lo guarda.

Taylor no lleva nada por escrito, pero lo hemos ensayado un montón de veces para que todo salga bien.

De poco sirve. Empieza diciendo: Nora Galligan, cuando apareciste en el muelle vestida de traje y con unos zapatos de tacón...

y no consigue terminar la frase, porque Nora dice “sí” antes de tiempo y el muelle entero se ríe.

Taylor se encoge de hombros, mira a la alcaldesa y se rinde.

La besa con la frase a medias, que por lo visto es la tradición con estas dos.

La cooperativa cuece langostas en el extremo del muelle y el aire huele ya a verano. Puede que la tarta llegase entera, pero Taylor la corta como si estuviese destripando el motor del Miss Catherine y prefiero no mirar el destrozo.

Mi padre me saca a bailar cuando el sol ya está bajo. Baila horrible, y eso que cuando era una niña me parecía el mejor bailarín del mundo.

—He visto la mecedora en la ventana de tu panadería. Queda bien ahí —me asegura.

Por suerte, Wren no tarda en venir al rescate. Tampoco se puede decir que baile bien, pero lo hace mucho mejor que mi padre y eso es un alivio. Nos pisamos un par de veces, nos reímos y encontramos un ritmo que no es exactamente el de la canción, pero que funciona.

—La abuela Maeve habría dicho que esta boda es el ejemplo perfecto de algo pequeño y verdadero —susurro tras besar su cuello.

—A mí me parece enorme. Quiero una.

—¿Quieres una boda? —pregunto sorprendida.

—Bueno, si tú también quieres, claro —se apresura a aclarar.

Cierro los ojos y le doy una vuelta, mal dada, pero que en ese instante me parece sencillamente perfecta.

—Habrá que buscar una fecha —respondo mientras se encienden las bombillas del muelle.