El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Epílogo
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Epílogo

Autumn

El Festival de la Langosta, en septiembre, es la fiesta más importante del año en Herring Point.

Hoy, el día se ha despertado con un tiempo espléndido.

Medio pueblo todavía recuerda la tormenta de hace cinco años, que casi obliga a suspenderlo y eso es algo que no ha ocurrido nunca.

Prácticamente todos los habitantes y un buen número de turistas llenan la zona del muelle, porque este año la cooperativa de pescadores ha bajado el festival desde la plaza al puerto.

El dinero que se recauda se dedica a un fondo para reparar las redes de los barcos pequeños y, en general, para cualquier pescador que esté pasando un mal momento y lo necesite.

Tommy, el compañero de Taylor en el Miss Catherine, lleva treinta años cocinándolas, desde antes de que yo naciese, me recuerda.

Nora y Taylor ayudan a servir las mesas y me hace gracia ver a mi hermana jugar con su anillo de casada cada vez que hace una pausa.

Por primera vez en muchos años, la panadería del pueblo tiene un puesto en el Festival.

Wren ayuda detrás del mostrador, tratando de adaptarse a un trabajo que no le gusta.

—Eh. Mira allí —dice, haciendo un gesto con la barbilla hacia una de las mesas.

Abro los ojos con sorpresa; en ella, mi hermana Hannah habla animadamente con una mujer pelirroja mientras comen una de las langostas de la cooperativa.

—¿Esa es la tal Paige? ¿La historiadora de Vermont que te ayudará en la restauración del viejo molino?

—La misma —asiente con una sonrisa.

Las dos beben cerveza artesanal. Hannah se ríe mientras Paige le roza el dorso de la mano de manera distraída, un gesto breve, y la retira enseguida. Hannah se queda mirándose los dedos.

Le doy un pequeño codazo a Wren.

—¿Has visto eso? —murmuro.

—Lo he visto, lo he visto —responde, encogiéndose de hombros—. Veo que Hannah está haciendo lo posible para que Paige se sienta como en casa —bromea mientras sirve unas galletas a una pareja de turistas—. Por cierto, ¿sabes que este mes no he dormido en mi casa ni un solo día?

Me quedo un momento quieta, todavía con los billetes del cambio en la mano.

—Pensaba que preferías quedarte en la casita de la cala. Además, a Mosca le gusta que la llevemos a jugar en la playa al atardecer y…

—Sí, de eso se trata. Estaba pensando en vender mi casa y mudarme definitivamente contigo. Si tú quieres, claro.

—¿Me construirías un porche más grande?

—Si lo quieres…

—Es broma, tonta. Me encantaría que te mudes conmigo de manera definitiva. En la práctica ya lo has hecho, pero sabes que soy muy tonta para ese tipo de cosas y me hace ilusión —admito.

A las siete y media, después de cenar algo rápido con lo que ha sobrado, salimos al porche de la casita con un par de cervezas. Mosca ronca sobre las rodillas de Wren, totalmente relajada tras jugar todo el día con los niños en el Festival.

Al sureste, por encima del bosque de pinos, gira el faro de Grey’s Cove.

—Lleva girando desde mediados de mil ochocientos —dice Wren—.

Me lo contaba mi padre cada vez que volvíamos del muelle cuando era una niña.

“Ese faro lleva girando desde antes de que naciese tu tatarabuela y no dejará nunca de girar”, me decía, como si soltar ese dato fuese una especie de vacuna contra mis quejas.

Apoyo la cabeza en su hombro y le rodeo la cintura.

—Se está bien en este pueblo —confieso—. Nunca debí salir de aquí, podríamos haber tenido esto unos cuantos años antes.

Wren me besa en la frente, yo la abrazo con más fuerza y no hacen falta las palabras.

El faro de Grey’s Cove gira. Mosca ronca a nuestro lado, la cerveza se acaba y simplemente nos quedamos sentadas, una al lado de la otra, esperando a que la luz dé la vuelta otra vez.

Y eso me parece algo maravilloso, porque muchas veces, las pequeñas cosas son todo lo que necesitamos para ser felices.