Capítulo 15
Wren
La carta sale publicada en un pequeño blog el sábado a las cinco y media de la madrugada.
Cada entrada no suele alcanzar más de cuatrocientos lectores.
A las nueve de la mañana del domingo, se hace eco de ella un blog gastronómico de Boston.
A las once la recogen tres publicaciones más y para las dos de la tarde ha llegado a un periódico de tirada nacional.
Y el teléfono de Autumn no deja de sonar.
—¿Quién te manda tantos mensajes? —pregunto, despertándome perezosa de la siesta.
—Mujeres —responde sin más.
—¿Mujeres?
—¿Estás celosa, Wren? —bromea, sin apartar los ojos de la pantalla—. Ya van treinta y cuatro. Me cuentan sus cosas. Doce de ellas con Julien, las demás con otros jefes.
Suelto el aire despacio.
—¿Doce con Julien?
—Sí, menudo hijo de puta. Resulta que yo no era la única idiota a la que engatusó para luego hundirla. Eso sin contar con el régimen del terror al que nos tenía sometidos.
Al día siguiente, el número de testimonios sigue creciendo y también el alcance de la noticia, que aparece en algunas cadenas de televisión.
El martes por la mañana, Julien Mervaudet emite a través de su abogado una declaración negándolo todo, pero que no convence a nadie. El miércoles, los inversores de su nuevo restaurante anuncian que retiran la financiación.
No todos reman en la misma dirección. Ese mismo miércoles, un crítico gastronómico que cenaba a menudo en el restaurante publica un hilo en Twitter denunciando el peligro de los linchamientos digitales.
Para el viernes, Nora le dice a su hermana que están listas para presentar una demanda conjunta con veintinueve víctimas de acoso laboral contra Julien Mervaudet.
La siguiente semana, Hannah entra por la puerta de la panadería y nos llama a Autumn y a mí para hablar en privado.
—No te he pedido perdón en condiciones —dice—. Así que es hora de hacerlo.
—Quizá te lo tengo que pedir yo a ti —se disculpa Autumn.
—Tú te fuiste con dieciocho y yo tenía veinticuatro, y se supone que yo era la hermana mayor, la que tenía que haberte llamado a menudo para ver qué tal te iba, la que tenía que haberse dado cuenta de que no estabas bien y que algo pasaba.
La vida pudo conmigo, Autumn. El divorcio, los niños, la falta de dinero, la enfermedad del abuelo.
Estaba enfadada con Nora y contigo. Vosotras dos os fuisteis para hacer vuestra vida y yo me quedé en el pueblo.
Pero no es excusa, estuvo mal por mi parte.
Autumn tarda en contestar.
—Está bien —dice por fin—. Olvídalo, de verdad.
—¿Solo eso?
—Solo eso por ahora. Lo demás lo iremos construyendo poco a poco, es un comienzo. Quiero que las tres hermanas volvamos a estar unidas.
Hannah asiente despacio. Luego me mira y se inclina hacia mí.
—Oye, ¿quién es la pelirroja con la que estabas ayer? —pregunta en voz baja.
—¿La pelirroja? Ah, Paige Wendlecott. Es una historiadora de Vermont, pasará un tiempo en el pueblo para asegurarse de que la restauración del antiguo molino se hace con todos los detalles históricos o algo así. Al parecer, para la alcaldesa es importante —le explico.
—¿Pasará un tiempo en el pueblo? —insiste.
—Sí, al menos cuatro o cinco meses, lo que dure la obra del molino, ¿por?
—No, por nada. ¿Café el miércoles? —pregunta antes de marcharse.
Cuando sale por la puerta, me doy cuenta de que Autumn está un poco ruborizada.
—¿Has oído?
—Está bien que retoméis la relación.
—No, joder, lo de la mujer, esa tal Paige. Hannah no ha preguntado por una mujer en toda su vida —añade sorprendida.
***
Esa tarde la llevo a mi taller.
Al abrir la puerta, Mosca corre a acurrucarse en el rincón donde tiene su cama. Enciendo la luz central y le señalo el banco de la izquierda. Sobre la madera, cubierto con un trapo, hay algo que he preparado para ella.
—¿Qué es?
—Quítale el trapo y lo verás.
Lo quita y alza las cejas.
—Es un soporte para tus libros de cocina.
Está hecho de cerezo, con la madera de un árbol que cayó en la cala el invierno de 2021.
Lo tenía guardado. Así los puedes tener abiertos mientras horneas.
Pensaba regalártelo el día de la inauguración, pero con la visita inesperada de Julien no me pareció el mejor momento.
Autumn desliza la punta de los dedos por el soporte y luego lo deja con cuidado en el suelo, apoyado contra la pared, antes de girarse hacia mí.
—Se me ocurre una manera de agradecértelo —susurra, cogiendo mis manos.
—No te entiendo.
—Sí me entiendes —insiste con un guiño de ojo.
—Vale, sí te entiendo. ¿Aquí? ¿En el taller?
—Tienes una manta limpia en la camioneta, ¿no?
Meneo la cabeza divertida y colocamos la manta sobre una de las mesas de trabajo. Mosca se huele lo que está a punto de ocurrir y sale fuera, así que aprovechamos para cerrar la puerta.
Me siento en el borde y ella se queda de pie entre mis rodillas, con las dos manos rodeando mi cuello mientras me besa.
—Vamos a hacer ruido —me dice al oído.
Me baja los vaqueros y las bragas y, antes de que llegue a tocarme, estoy empapada.
Se arrodilla entre mis piernas y me mira desde abajo con una sonrisa llena de picardía.
A continuación, desliza los labios por mi sexo, solamente acariciándome con ellos, deteniéndose justo antes de llegar a mi clítoris.
Muy despacio. Va incrementando el contacto poco a poco, acompañando con su lengua, volviéndome loca de deseo mientras enredo los dedos en su melena.
Siempre me dice que soy un poco escandalosa cuando hacemos el amor, pero es que no puedo evitarlo y el taller es el sitio ideal porque está alejado de todo.
Llego al orgasmo entre gemidos, con las piernas temblando, tirando de su pelo con la mano izquierda mientras sujeto la manta con la otra.
Autumn me cubre de besos la entrepierna, con la mano en mi vientre como si pretendiese calmarme, hasta que se tumba a mi lado para besarme.
—Joder —suspiro contra sus labios.
A continuación, la desnudo del todo y muerdo ligeramente su hombro izquierdo. Suspira cuando le sujeto las muñecas por encima de su cabeza y le voy besando los brazos poco a poco, desde el antebrazo hasta la axila.
Tras besar el interior del codo, la suelto y voy bajando poco a poco, cubriendo de besos sus caderas y su vientre, provocando en ella una mezcla entre cosquillas y excitación que me vuelve loca.
—Lo necesito ya —dice muy bajito, cogiendo mi mano y llevándola hasta su sexo.
Me sujeta la muñeca, cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, dejándose llevar por el placer de mis dedos resbalando por su sexo, gimiendo cada vez que acaricio su clítoris, gritando de deseo cuando los cuelo en su interior.
Apago los gemidos en su cuello al tiempo que ella alza las caderas en busca de un mayor contacto.
Me detengo un par de veces, cuando veo que está a punto de alcanzar el orgasmo.
Autumn protesta, pero pronto cierra los ojos y se abandona al placer.
Curvo los dedos ligeramente hacia arriba, presionando ese punto que sé que la vuelve loca, frotando con la palma su clítoris y con mi dedo meñique presionando ligeramente entre sus nalgas.
—¡Joder, Wren! —jadea, arqueando la espalda y dejándose caer sobre la manta tras alcanzar un intenso orgasmo.
Mantengo los dedos en su interior, sintiendo cada pequeña contracción, mientras observo cómo curva los dedos de los pies y muerde el puño hasta quedarse relajada.
Me sonríe, todavía con la respiración acelerada, separando un mechón de mi frente y peinando mi cabello entre sus dedos con delicadeza.
—Por favor, dime que esto va a ser siempre así —suspira.
—Espero que sea incluso mejor —ironizo con un guiño de ojo.
Me besa y nos quedamos en silencio. Yo bocarriba, Autumn apoyada en mi hombro, mi mano en su pelo y la suya en mi costado.