El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Autumn

Hace unos meses, cuando colocamos la campanilla en la puerta, me daba un susto de muerte cada vez que sonaba. Desde entonces la he escuchado tantas veces que apenas me doy cuenta.

Con la última persona que entra es diferente. La cabeza tarda un poco más que el propio cuerpo en procesar lo que ocurre.

Julien sonríe al verme.

Me observa con los ojos entrecerrados, su espalda muy recta, como si este sitio le perteneciese.

—Autumn. Bonito lugar. Estás guapa —murmura, acercándose a mí para darme un abrazo.

Todo mi cuerpo tiembla, pero por puro instinto coloco las manos en su pecho para que no se acerque más a mí.

—Veo que te sienta bien la vida tranquila y sin riesgos —añade en tono irónico.

Juraría que el local entero se congela.

Julien lo nota, por supuesto. Leer salas es lo que mejor sabe hacer.

—No te avisé de que iba a venir —dice sin perder la sonrisa—. Preferí que fuese una sorpresa, pero no podía perderme tu grandísima inauguración. Guau. Esto sí que es un local —agrega sin poder esconder un gesto de desdén.

Gira la cabeza hacia el mostrador y coge un trozo de bollo de canela de la bandeja. Lo huele. Lo prueba. Mastica despacio, con los ojos cerrados, como si fuese el jurado de un concurso gastronómico.

—Has bajado la levadura —dice, casi para sí, mirando el bollo y no a mí—. Le va bien al producto. Veo que estás aprendiendo.

Abro la boca un par de veces, pero no consigo que ninguna palabra salga de mi garganta. Solamente tiemblo y lucho por no tener un ataque de ansiedad el día de mi inauguración y delante de todo el pueblo.

—¿No me vas a poner un café? —pregunta, señalando la cafetera con la barbilla.

Por el rabillo del ojo veo que Wren ha cruzado la sala y se coloca junto a mí con los puños cerrados.

Ni siquiera me da tiempo a decirle nada, porque mi hermana Hannah ha dejado a sus hijos con Nora y se coloca a medio metro.

Iris saca su teléfono y hace una llamada.

Nadie habla, pero Taylor y los pescadores hacen un círculo alrededor de mi antiguo jefe con los brazos cruzados.

Julien fuerza una nueva sonrisa.

—Veo que has hecho amigos.

—Yo diría que son más que amigos. Son familia, pero quizá para ti sea algo difícil de comprender —respondo, sacando fuerzas de donde puedo.

Da un paso hacia delante y Wren se interpone. A su lado se coloca un pescador enorme de casi dos metros de puro músculo y unas manos tan grandes como mi cabeza.

—Autumn, escucha. No he venido a montar ningún numerito. Solo pasaba a saludar y a ver qué tal iba tu gran inauguración. Pero ya que estoy aquí, déjame hablar contigo en privado.

—Ya ves que la inauguración va muy bien. No es grande, pero este negocio fue de mi abuela y estoy más contenta en él que en un gran restaurante. Si tienes que decirme algo, lo dices delante de mi familia —añado, señalando con el dedo a mi alrededor.

—Como quieras.

Sonríe otra vez, ahora con un gesto de dolor que es puro teatro.

—Solo quiero advertirte de una cosa. Hay periodistas haciendo preguntas.

Tonterías sin fundamento, pero ya sabes cómo va esto.

A veces las cosas se enredan y sería una pena que salieses salpicada por algo que no debería afectarte.

Lo digo por ti, claro. Estás empezando una nueva vida. No te metas en lo que no te incumbe.

Si no le conociese bien, hasta podría convencerme. Lo dice como alguien que se preocupa de verdad, como un gran chef que le da un consejo a una chica joven que empieza con su negocio. Y lo peor de todo es que ni siquiera sé a qué se refiere.

—¿Estás amenazándola, gilipollas? —gruñe Wren en voz baja. El círculo de pescadores se cierra un poco más sobre Julien.

Él da un paso atrás y levanta las manos. Frank ladea la cabeza con los pulgares metidos en el cinturón.

—Wren —advierte la alcaldesa desde el mostrador, sin levantar la voz—. Quieta. El sheriff viene de camino.

Se queda quieta. Pero no se aparta. Le clava la mirada con los puños cerrados.

—No estoy amenazando a nadie, cariño —le dice Julien.

Grave error.

—¿Cariño? ¿Me has llamado cariño? —repite Wren en tono cortante.

—Es solo una expresión...

—Sal de mi panadería ahora mismo antes de que te pase algo. No eres bienvenido en este lugar. Ni en este pueblo —gruño.

Julien parpadea al ver que me enfrento a él y pierde la sonrisa. Se da media vuelta y abandona el local. Sabe perfectamente que ha perdido.

—¡Lárgate de aquí! —grito a su espalda, para que a nadie le quede duda.

La puerta se cierra. La campanilla suena, pero esta vez es un sonido de alivio.

Y entonces el pueblo entero se pone a aplaudirme, así, sin más, y la sonrisa que se me queda es de lo más boba.

—Pensé que le ibas a pegar un puñetazo —le digo a Wren, cogiéndola del brazo.

—Me llamó cariño.

—Bueno, tú le llamaste gilipollas, creo que eso lo compensa —bromeo.

Cinco minutos más tarde, el viejo Joe, que pescó con mi abuelo y que a sus ochenta y dos años mantiene una energía envidiable, entra muerto de risa en la panadería.

—Joder. Que alguien le diga al señorito del abrigo gris que ha aparcado el cochazo en la rampa de las barcas —anuncia, dejando escapar una carcajada—. Y la marea está subiendo.

Sin poder evitarlo, nos agolpamos junto a las ventanas, incluso algunos salen a la calle para verlo mejor. Julien hace aspavientos, metido hasta las rodillas en el agua mientras su coche resbala por la rampa y cae al mar.

—Sí, que alguien se lo diga —bromea Wren, rodeando mi cintura.

***

Cuando cerramos, recogemos a Mosca y nos vamos a celebrarlo a mi casa.

—¿Lo de llevar la llave inglesa en la mano es necesario? —pregunto, al ver que Wren ha sacado una de la caja de herramientas.

—Ya sabes, una chica tiene que estar preparada. Ahora que su coche ha caído al mar, quizá ese imbécil quiera pasar la noche en el pueblo —explica, encogiéndose de hombros.

Mosca vuelve a gruñir al escuchar el nombre.

—Wren —digo una vez que estamos tranquilas en el sofá—. Creo que hay algo que debo hacer.

Se queda muy quieta y puedo ver la preocupación en su rostro.

—No es nada malo. Simplemente, tengo que acabar con esto de una vez por todas. No puedo estar toda mi vida preocupada por si ese hombre dice algo sobre mí o se planta de nuevo en el pueblo —le explico.

—Esa última parte lo dudo —bromea.

—Sí, yo también, pero, aun así. Lo he estado hablando con mi hermana Nora y con la abogada que me recomendó. He preparado esto —digo, sacando de un cajón un papel doblado.

Wren la lee con calma. Es un escrito con tan solo seis párrafos en el que explico quién soy, cómo conocí a Julien y todo lo que ocurrió a partir de ese instante.

Detalles sobre el acoso, cómo se desarrolla poco a poco hasta que acaba con tu autoestima.

Lo explico bien porque a veces, cuando lo sufres, al principio es difícil identificarlo y quizá haya otras Autumns que están pasando por lo mismo y leer esa carta les ayude a darse cuenta.

Por último, cierro con dos testimonios breves, uno de Odile, que ya no trabaja para él y otro de una antigua jefa de sala que pasó por lo mismo.

Solo cuento lo que puedo probar, lo que ocurrió dentro del restaurante. Lo que pasó fuera, los empujones y la bofetada, prefiero guardármelo. Eso solo lo sabemos Wren y yo.

La última línea es un aviso para cualquier chica que esté donde yo estuve. Sal de ahí lo antes posible. Es mejor quedarse sin trabajo que estar atrapada en algo que destrozará tu salud mental.

—¡Guau! —suspira Wren.

—Voy a publicarla en un blog. No sé si llegará a mucha gente, pero debo hacerlo.

—Pase lo que pase, yo estaré a tu lado —me asegura, meciéndome despacio mientras me abraza.