El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Wren

La inauguración es el sábado dieciocho de mayo, dos días antes de lo previsto.

La propia alcaldesa se ha encargado de difundirlo por todo el pueblo, aunque no es que sea necesario en un lugar tan pequeño. Todo el mundo lo sabía. Aun así, se agradece.

A las nueve abrimos las puertas y ya hay cola de gente en la calle. En menos de cinco minutos no cabe ni una sola persona más.

—Iris, no me hagas llorar el primer día —murmura Autumn ante algún comentario de la alcaldesa.

Tommy y su mujer han traído un par de cajas de cerveza de Brunswick para más tarde. Frank habla animadamente con Taylor y varios pescadores.

Danny llega con resaca y con flores. Lo último que quedaba en la única floristería del pueblo. Son baratas y feas, pero Autumn se acerca y le abraza para agradecerle el gesto.

A las diez entra Howard, el inspector. Firmó el último permiso hace tres días y viene desde Bath. Mira con curiosidad una bandeja de galletas de jengibre que Autumn ha colocado en el mostrador.

—¿Son como las de tu abuela? —pregunta, señalando con el dedo índice.

—Igualitas.

—Llevo treinta años esperando estas galletas —murmura mientras se lleva una a la boca.

Autumn contiene las lágrimas, pero es evidente que está muy emocionada por el cariño que está recibiendo. Regresó al pueblo tras diez años, después de haber roto el contacto con todos, incluida su familia. Ahora, es una más.

—Hace muchos años tu abuela me apostó veinte dólares a que un día te harías cargo de esta panadería. Estaría muy orgullosa de ti —dice Maggie O’Brien fundiéndose con Autumn en un largo abrazo.

A las once entran los padres de Autumn junto a Hannah y Nora.

Es la primera vez en años que veo a su padre.

Sabía que estaba pasando unos días en el pueblo, incluso que le había traído a Autumn una mecedora de juguete de cuando era niña, pero no nos habíamos cruzado.

Ha envejecido. Supongo que es normal. Se nota lo orgulloso que está, aunque no tanto como a su madre, que no consigue dejar de llorar.

La familia entera reunida, incluidos los nietos, por primera vez en diez años. Ojalá el viejo Bill Galligan pudiese verlo.

A las once y veinte suena la campanilla otra vez.

Yo estoy en la otra punta de la sala, recogiendo platos del mostrador trasero. Ya ni siquiera miro a la puerta porque no ha parado de entrar y salir gente.

Aun así, levanto la vista porque Autumn se ha quedado paralizada.

Es como si todo su cuerpo se hubiese apagado de golpe.

Sigo su mirada hasta la puerta.

Hay un hombre de unos cincuenta años. Alto. Con un abrigo gris claro que seguramente cuesta más que mi camioneta. El pelo rubio peinado hacia atrás y gafas de pasta. Se mantiene estirado como si le hubiesen metido un palo de escoba por el culo.

No necesito comprobar la fotografía para saber quién es.

Julien Mervaudet.

Aquí. En la panadería de Autumn el día de su inauguración, con el pueblo entero dentro, con sus padres a tres metros, con los niños correteando entre las mesas.

Me hierve la sangre de rabia. Aprieto los puños sin darme cuenta y dejo los platos en la encimera. Autumn se ha pasado tres años aguantando toda su mierda y ahora el muy cabrón se planta aquí para joderle el día de la inauguración.

Miro a mi alrededor. Frank está en la mesa de la esquina.

Tommy está junto a la puerta con su mujer, junto a Taylor y una docena de pescadores.

Son tipos duros que podrían partirle la espalda a ese chef de un solo golpe.

Con una palabra le sacarían de aquí a tortazos y se le quitarían las ganas de venir.

Pero lo que de verdad quiero hacer es cruzar la sala, agarrarle por las solapas de ese abrigo de mierda y estamparlo contra la pared que pinté yo misma hace dos semanas.

Quiero anunciar delante de todo el pueblo quién es ese malnacido y todo lo que le hizo durante tres años.

Quiero que su familia y el resto de la gente comprendan por qué Autumn rompió los lazos con todo el mundo.

Y al mismo tiempo sé que si monto una bronca en su inauguración, quizá nunca me lo perdone.

También sé que posiblemente es lo que ese hombre ha venido a buscar.

Un escándalo. Autumn temblando en el suelo, llorando.

Y mañana todo el condado hablando de la pobre chica Galligan y de la loca de la contratista que mandó al hospital a un famoso chef.

No pienso darle esa satisfacción.

Julien me observa cuando empiezo a caminar hacia él.

Me estudia de arriba abajo sin perder la sonrisa.

Posiblemente cree que soy una empleada del local.

No sabe que soy la que recogió cada pedacito que quedaba de Autumn y volvió a unirlos con paciencia.

Que sé su nombre desde hace meses y que hasta mi perra gruñe cada vez que lo escucha.

Qué lástima que Mosca no esté aquí. Le borraría esa sonrisa de la cara en un abrir y cerrar de ojos.

Quiero gritarle, quiero romperle los dientes de un puñetazo. Quizá decirle muy bajito que sé lo cabrón que es, todo lo que le ha hecho a Autumn y que no se lo voy a perdonar. Ver cómo su cara se desmorona.

Todavía no sé cuál de las tres cosas voy a hacer.

De momento, cruzo la sala en su dirección.