Capítulo 12
Autumn
—¡Enséñame la mano! —grito nada más entrar en la panadería.
—¿Qué pasa con mi mano?
—Lo digo en serio, Wren, deja de hacer el idiota y enséñame la mano —repito.
Pone los ojos en blanco, aunque al menos no protesta y se quita la venda.
El corte no es grande, pero la piel de alrededor está roja y caliente, hinchada de una manera que no me gusta nada y eso que teóricamente ya se lo ha visto un médico. La gasa que la cubre está sucia.
—¿Cuánto hace de esto?
—El martes.
—¿Y no me has dicho nada en tres días?
—Apenas hablamos últimamente, ¿qué quieres que te diga? —murmura, encogiéndose de hombros y alzando las cejas.
—¡Siéntate!
Se sienta y saco una pomada con antibióticos que siempre tengo a mano, porque en una cocina los pequeños cortes o quemaduras pueden ser algo habitual. Le limpio la herida despacio, y al ver que no se queja, aprieto un poco más.
—Ah, joder, duele —protesta.
—Ya sé que duele. Aguanta. Te lo tienes bien merecido por cabezota. Hasta me sorprende que no hayas intentado cerrarla con cinta aislante. Serías muy capaz.
Le pongo una gasa limpia y se la vendo bien, no como se lo había hecho ella, deprisa y con una sola mano. Cuando termino de curarla, no se la suelto enseguida. Me quedo mirándola con su mano entre las mías.
—Tienes que aprender a parar —susurro, acariciando con el pulgar su muñeca justo por encima de donde acaba la venda.
Ella sigue el movimiento con los ojos—. No sabes hacerlo, ni con los plazos, ni con tu cuerpo, ni conmigo a la hora de intentar protegerme.
Por cierto, que haya venido no significa que esté todo arreglado —le advierto.
—Ya lo sé.
—Sigo enfadada contigo. Muy enfadada —recalco.
—Eso también lo sé.
—Y trabajar de noche a escondidas hasta que no puedas más no va a conseguir que deje de estarlo.
—No estoy haciendo eso —dice, alzando la cabeza de golpe—. Pero te prometí que cumpliría un plazo y…
—También me prometiste que no hablarías de Julien con nadie —la corto—.
Eso es lo que no entiendes —continúo—. Julien pasó años decidiendo todo por mí.
Decidía cuándo trabajaba, qué cocinaba, con quién hablaba, cuándo podía marcharme.
Incluso llegó a convencerme de que lo hacía todo por mi bien.
Te pedí una sola cosa, solo una, y tú decidiste que no ibas a respetarla porque creías saber mejor que yo lo que me convenía.
—Yo no soy Julien.
—No he dicho que lo seas, pero me duele muchísimo. Y a partir de ahora, si crees que estoy en peligro, me lo dices. No organizas una patrulla callejera a mis espaldas con medio pueblo.
—Está bien —murmura.
—Lo digo en serio. Y ahora prométeme otra cosa.
Wren me mira con desconfianza.
—Nada de herramientas hasta que el médico diga que puedes volver a usarlas.
—Autumn…
—Puedes dirigir la obra. Puedes dar órdenes, revisar planos o sentarte a mirar cómo trabaja Frank.
Pero no vas a coger una radial, una sierra, ni nada que pueda arrancarte un trozo de tu cuerpo.
Si un día te perdono del todo, quiero que estés entera —añado mientras se me escapa un guiño de ojo y una pequeña sonrisa.
***
Mi padre entra en la panadería dos días más tarde con algo envuelto en un paño de cocina bajo el brazo. Ni siquiera sabía que había venido al pueblo.
La situación es bastante incómoda porque desde que me marché hace ya diez años, nos hemos visto dos o tres veces a lo sumo y ninguna en los últimos cuatro.
—Autumn —dice, saludando con un rápido gesto de cabeza.
Deja el paño sobre el mostrador y lo abre. Dentro hay una mecedora pequeña, de madera, del tamaño de una muñeca grande. Tiene el barniz gastado de tanto uso.
—¿Te acuerdas de ella? Era de tu abuela Maeve. La tenía en el porche, primero para las muñecas de Hannah, y luego para las tuyas. La encontré guardando cosas del desván la semana pasada y pensé que te gustaría tenerla.
Se queda un momento sin saber qué hacer con las manos, como si su único plan fuese entregar la mecedora y marcharse.
—El día que te marchaste, Wren vino a buscarte a casa y nos contó llorando que estabais saliendo juntas. Tus hermanas lo sabían, claro, tu madre también, pero yo no sabía nada y me sentí fatal aquella mañana porque desconocía algo tan importante de mi hija.
—Era yo quien debí confiar en ti y habértelo contado, papá —admito.
—No he venido a arreglarlo todo en una tarde —dice al fin—. Sé que no se puede y que los años nos han distanciado mucho. Solo vengo a traerte la mecedora y a decirte que la próxima vez que quieras contarme algo, aunque tardes diez años, puedes contar conmigo.
***
Esa semana escribo el plan por si Julien aparece por el pueblo. Qué debe hacer Becca si yo no estoy y él entra por la puerta de la panadería. A quién se llama primero y a quién después.
Se lo enseño a Wren y lo lee sin protestar.
—No quiero que te enfrentes a él, ni que avises a los pescadores y salgamos en todos los periódicos. ¿Lo has entendido?
Intenta protestar, pero por suerte Hannah entra por la puerta con un saco de quince kilos al hombro y lo deja en el suelo con un golpe suave.
—Es harina. De la cooperativa de pescadores. La que les compramos a los molineros de Aroostook. Es la mejor que vas a encontrar en toda la zona. Si quieres hablamos del precio cuando la pruebes, pero te van a hacer falta buenos proveedores si quieres que esto funcione.
No contesto enseguida. Por el rabillo del ojo veo a Wren, quieta junto al estante, fingiendo que no escucha la conversación.
—Y la cooperativa tiene mantequilla de la buena, de vacas criadas en libertad y también miel casera. Hasta centeno si lo pides con tiempo. Tenemos mucho de lo que necesitas sin que tengas que buscarlo fuera del pueblo, solo que no has querido preguntar —añade.
Nos quedamos calladas un buen rato, ambas con las manos en los costados sin saber qué decir.
—Gracias.
—Te va a salir bien, Autumn. La panadería —me asegura antes de marcharse.