Capítulo 11
Wren
No se puede decir que las cosas entre Autumn y yo se rompan del todo, pero casi. Al menos, pasamos unos cuantos días pisando con mucho cuidado.
Ella pasa más tiempo a solas y yo hago lo único que sé hacer cuando las cosas van mal: trabajo más para no pensar en los problemas.
Regreso a la panadería cada noche tras dejar a Autumn en la casita de la cala, aunque hacemos el trayecto en un silencio demasiado incómodo.
No se lo digo. Incluso por si acaso, aparco la camioneta dos calles más allá.
Me quedo currando hasta la una, a veces hasta las dos.
Algunas noches, me quedo dormida y tengo que salir corriendo antes de que ella llegue para fingir que vengo de mi casa.
Me repito a mí misma que es por lo del plazo y, en el fondo, es una verdad a medias. Quedan tres semanas para finales de mayo, que es la fecha en la que quiere abrir y aún falta bastante por terminar. Pero sé de sobra que no es solo el plazo.
Es que trabajar de noche, sola, con las manos ocupadas y la cabeza vacía, es lo único que me mantiene cuerda. Mi padre solía hacer lo mismo cuando algo grave le preocupaba. Yo lo hice cuando murió. Es algo que ni siquiera me parece raro porque no he conocido otra cosa.
Uno de los días se me va la mano con la radial.
No es nada grave, me digo a mí misma mientras la palma se me llena de sangre.
Es un corte limpio, bastante superficial, uno de esos muy escandalosos, pero que no tocan tendones.
Me lo lavo en el fregadero de la trastienda, lo envuelvo con la gasa del botiquín y sigo con la izquierda hasta que la derecha deja de latirme tan fuerte.
Al día siguiente me pongo una camisa de manga larga, aunque hace dieciocho grados, y unos guantes. Nadie comenta nada.
Frank se lo huele. Al final de la jornada me ve trabajar algo torpe porque la mano no me cierra bien del todo, y se planta delante de mí con los brazos cruzados.
—Enséñame la mano —gruñe, haciendo un gesto con la barbilla.
—No es nada.
—Wren, joder —protesta.
Me quito el guante de mala gana. La gasa está más sucia de lo que debería, y cuando Frank me la levanta un poco, huele a algo que no tendría que oler.
—Esto está infectado.
—Bah, eres un exagerado.
—O se lo dices tú a Autumn, o se lo digo yo. No puedes seguir así. Y te llevo ahora mismo a que te vea un médico.
—No hace falta que se lo diga nadie. Autumn no tiene nada que ver con esto —me quejo.
—Wren. Llevo treinta años viendo a gente como tu padre trabajar hasta que el cuerpo les pasa factura. No pienso permitir que te ocurra lo mismo. Tienes veintiocho años, joder.
No le contesto, pero dejo que me lleve al médico.
Sobre la mesa de mi taller hay un sobre que lleva ahí desde febrero.
De la sociedad histórica del condado. De vez en cuando lo abro, lo leo y lo vuelvo a cerrar sin responder.
Los fondos para restaurar el viejo molino de Herring Point están aprobados, y me han preguntado de nuevo si quiero encargarme de la obra.
Quieren una respuesta antes de julio. Es el proyecto con el que soñaba mi padre y nunca llegó a ver porque el dinero no llegaba.
Y no lo acepto por una tontería, porque escuché hablar de ese proyecto por primera vez un día de agosto de hace diez años.
El mismo día en que Autumn abandonó el pueblo.
Estoy terminando la instalación de gas cuando escucho un coche frenar de golpe fuera, demasiado rápido, con las ruedas chirriando. Los faros se cuelan por la ventana antes de apagarse.
Y entonces oigo sus pasos. Y antes de que abra la puerta, ya sé que Frank ha hecho justo lo que le dije que no hiciese.