Capítulo 9
Wren
Autumn lee la entrada del blog muy despacio, sin parar de temblar y luego me pasa el teléfono sin hacer ningún comentario.
—¿Es grave? —pregunto antes de empezar a leer.
—Lee y me dices.
Es una entrevista larga. Julien Mervaudet, chef, visionario de no sé qué estilo de cocina francesa, prepara la apertura de un nuevo restaurante: Maison Mervaudet. Fotos suyas con la chaquetilla impecable mientras habla de su formación en Lyon, de los premios, de los críticos comiendo de su mano.
Y al final de la segunda página, la pregunta:
Periodista: Una de tus colaboradoras más galardonadas, la pastelera Autumn Galligan, dejó el equipo. ¿Algún proyecto conjunto en el futuro?
Julien Mervaudet: Autumn. Qué decir de Autumn. Una de las pasteleras con más talento con las que he trabajado. Le tengo mucho cariño y le deseo lo mejor.
Periodista: Hubo rumores sobre su salida…
Julien Mervaudet: Mira, la alta cocina es mucha presión y no todo el mundo está preparado para ello.
Yo no juzgo a quien le entra el pánico y decide bajarse del tren, al contrario, lo respeto.
Autumn tenía sus cosas, todos las tenemos.
Entiendo que quiera un trabajo sin ninguna presión, escondida en un pueblo de Maine donde nadie calificará sus creaciones.
Creo que es un lugar llamado Herring Point o algo así.
Solo espero que su nuevo proyecto esté a su altura emocional.
Levanto los ojos de la pantalla y me doy cuenta de que tengo el móvil clavado en la mano, los dedos palpitándome de la presión. Lo coloco sobre la mesa por si lo rompo, que encima no es mío.
—Es bueno el cabrón. Hace ver que guarda buen recuerdo de ti y al mismo tiempo te tira un puñal.
—Es muy bueno —confirma Autumn.
—¿Y esto lo lee mucha gente?
—Sí, es uno de los blogs gastronómicos más leídos de Nueva Inglaterra.
—¿Y crees que lo va a leer alguien del pueblo? Lo dudo, y además, les da igual. No te preocupes por eso. Ese tipo es gilipollas y no hay que darle más vueltas.
Trato de quitarle importancia, pero lo cierto es que en el fondo estoy muy cabreada.
Me lo imagino hablando a la prensa con esa cara de penita de amigo comprensivo, disgustado porque Autumn no aguantaba la presión de la alta cocina.
Menuda mierda. Quiero romperle la cara y ya es la segunda vez que lo pienso en menos de veinticuatro horas.
***
Las semanas siguientes van cogiendo su ritmo.
Por las mañanas, Autumn llega a la panadería antes que nosotros. Ha contratado a Becca, una vecina del pueblo, para los repartos, y la obra entra en su recta final.
Por las tardes, habla con los proveedores, prepara los menús y ha retomado casi por completo la relación con su hermana Nora. Han contratado a una abogada especializada en ese tipo de temas para hacer el seguimiento por si en algún momento pudiese constituir acoso.
Los martes a las cinco, cuelga el delantal. Se va a la casita de la cala y no coge el teléfono durante una hora. Habla con una psicóloga por videollamada.
Yo suelo esperarla fuera, lanzándole palos a Mosca frente a la casa o en la cala. No le pregunto lo que se dice ahí dentro porque es personal.
Por las noches, Autumn no siempre está bien. A veces se despierta a la una de la madrugada y me abraza porque no puede dormir. Hay días que con el abrazo se duerme. Otros no.
Julien, mientras tanto, sigue con lo suyo.
La menciona siempre que puede, hace ver que es un buen amigo, que se siente apenado por ella, “pobrecita, no aguantó la tensión con todo el talento que tenía”.
Lo tiene todo bien calculado. Finge ser un buen tipo y cada vez que habla es una daga que le clava en su autoestima.
Le prometí que no hablaría de Julien con nadie. Ni con Iris. Ni con Frank. Me lo hizo prometer en la panadería, con la persiana bajada, el día de la llamada de Odile.
El único problema es que ese tipo empieza a ponerme de los nervios porque veo el efecto que sus palabras tienen en Autumn.
No me quiero imaginar lo que pasaría si un día aparece por el pueblo y se presenta en la panadería.
Así que no le hablo a nadie de Julien ni de su historia con Autumn, pero le paso una copia de su foto a Frank, y otra al sheriff.
También a los pescadores, para que si un día ven a un tipo alto y rubio, con gafas de pasta y un abrigo caro, me avisen. Porque si quiere guerra, la va a tener.
Empiezo por Iris. Entro en su despacho con la excusa de un permiso que tengo aprobado desde hace un mes.
—¿Qué necesitas, Wren? —pregunta sin levantar la vista de los papeles.
—Es sobre Autumn.
Entonces sí levanta la vista. Le entrego la foto. Le digo que ese hombre puede aparecer por el pueblo cualquier día de estos, y que si alguien le ve rondando la panadería o haciendo preguntas, quiero saberlo antes de que Autumn se lo encuentre a solas.
Se lo suelto a Donna Cranston un día que entro a comprar unos clavos que no necesito.
Se lo digo a Frank en el taller, y él asiente y pregunta qué coche conduce ese tipo.
Los pescadores son más complicados; espero que no se cruce primero con ellos.
En este pueblo todo el mundo se conoce y se cuida, y no dejarán que un idiota le haga daño a la nieta del viejo Bill Galligan.
Incluso Mosca parece darse cuenta y gruñe cada vez que escucha su nombre. Puede que sea un cacho de pan, pero no deja de ser una perra enorme que puede arrancarle un brazo del primer mordisco.