El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Autumn

Me despierto de madrugada y durante un rato no sé muy bien dónde estoy. Luego siento la cintura de Wren bajo mi mano.

—Roncas —susurro antes de apartar su pelo para besarla tras el lóbulo de la oreja.

—Mentira —dice sin abrir los ojos—. Será la perra.

—La perra está en el pasillo y también ronca.

Se da la vuelta con pereza, dejando escapar un largo bostezo que no se molesta en disimular.

—¿Estás segura de esto? —pregunta, alzando las cejas al observar que empiezo a desabrochar la parte de arriba de su pijama.

—Completamente segura.

—Si en algún momento quieres parar, por lo que sea, me lo dices y paramos, ¿vale? Es lo único que te pido.

—No voy a querer parar —digo bajito.

Le desabrocho el pijama botón a botón, con una lentitud que la desespera.

Cuando se lo abro, es ella quien me saca la camiseta por la cabeza.

Luego me tumba sobre las sábanas, me quita la ropa interior y empieza a cubrir mi cuello de pequeños besos.

Cierro los ojos e inclino la cabeza para ofrecérselo, incluso se me escapa un pequeño gemido que nos hace reír a las dos.

Baja poco a poco y, cuando su boca llega a mis pechos, tengo un pequeño bloqueo. Wren lo nota al instante y se detiene, con la boca todavía contra mi piel.

—¿Quieres que pare?

—No, lo siento. Despacio.

Y va despacio. Me recorre palmo a palmo con sus labios y con las yemas de los dedos, esperando a que cada parte de mí se abra antes de tocar la siguiente.

Cuando sus dedos se deslizan por mi vientre, yo ya respiro otra vez.

Cuando entra, con la palma de su mano rozando mi clítoris en cada movimiento, mi cuerpo ya es todo suyo.

Me mira mientras lo hace y nadie me había mirado así en años.

Es como si lo que estoy sintiendo fuese para ella más importante que lo que ella misma siente.

Y en ese instante me olvido de todo, de los años de miedo en Portland, de las obras de la panadería y de mis inseguridades.

Todo el universo se reduce a su mano, a su respiración en mi hombro y a los gemidos que se nos escapan hasta que llego al orgasmo susurrando su nombre y con las uñas clavadas en su espalda.

Cuando recupero el aliento, me coloco sobre su cuerpo y le sujeto las manos por encima de la cabeza.

Yo no tengo su paciencia y la devoro como si llevase años esperando.

Porque en cierto modo es así, solo que me mentía a mí misma para ignorarlo.

Su cuerpo es mucho más fuerte ahora que cuando teníamos dieciocho años, con una cicatriz fina en las costillas que beso sin preguntar cómo se la hizo y que le provoca cosquillas.

Se mueve contra mis dedos con los ojos cerrados, pidiendo más una y otra vez, buscando ella también mi sexo.

Se corre rápido y fuerte, agarrando las sábanas con las dos manos, arqueando la espalda.

Y luego se queda muy quieta, relajada. Preciosa.

—Madre mía, Autumn —dice al fin.

—Lo mismo digo.

Nos reímos las dos, una risa que es medio jadeo porque todavía estamos recuperando el aliento, y Mosca protesta desde el pasillo.

***

A las nueve bajo a preparar café con una cafetera italiana de un tamaño diminuto. Wren aparece poco más tarde, todavía desnuda, y se coloca detrás de mí, pegada a mi espalda y rodeando mi cintura con los brazos.

Nos lo bebemos en silencio, con una sonrisa tonta en los labios, con la perra entre las dos pidiendo mimos constantemente. La tormenta se ha ido y, por primera vez en mucho tiempo, me siento completamente en paz.

Hasta que suena el teléfono.

—Es Nora —digo extrañada, mirando la pantalla.

—Cógelo.

Mi hermana tarda un poco en hablar, y eso ya me pone en alerta, porque Nora nunca tarda.

—Autumn, escucha. Tienes que ver una cosa. Me acaban de enviar una entrada de un blog gastronómico de Boston, han publicado algo sobre ti. Es… es cosa de Julien —añade con un suspiro.

Sin querer, busco los ojos de Wren y se da cuenta de inmediato de que algo no va bien. Hasta Mosca gruñe.

—Mándamelo al móvil. Lo leo y te llamo.

Cuelgo y Wren me aprieta la mano sin decir nada.

—Está empezando —confieso temblando.