El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 7
41%

Capítulo 7

Autumn

No hemos vuelto a besarnos desde el sábado.

Y no es que de pronto haya perdido todo interés por Wren, es que desde la llamada de Odile, siempre se asegura de que haya más personas con nosotras y eso le resta romanticismo.

Ella no ha vuelto a insistir; simplemente me recuerda cada cierto tiempo que está ahí para lo que necesite. Ayer le di una copia de la llave nueva, he cambiado las cerraduras de la panadería y de mi casa por otras más seguras. Wren solo dijo, “bien pensado” y siguió lijando.

—Se espera una tormenta fuerte, jefa —anuncia Frank—. Habrá que recoger pronto. Dicen que Tommy le ha dicho a su mujer que adelante la cena.

Wren deja caer el destornillador.

Cuenta la leyenda que Tommy, el veterano pescador que acompaña a Taylor en el Miss Catherine, siempre cena a las siete y cuarto. Las pocas veces que adelanta la cena es porque se viene poco menos que el fin del mundo.

—Está bien, hoy recogemos a las cuatro —anuncia Wren.

***

—Tengo masa en fermentación. La preparé pensando en hornear esta tarde. Debo quedarme un poco más —admito cuando todo el mundo ya se está marchando.

—Viene tormenta —me recuerda Wren.

—La masa no entiende de vientos fuertes.

—La masa no tiene carnet de conducir. Tú sí.

Chasqueo la lengua y vuelvo a mis cuencos. Por el rabillo del ojo veo que ella ha sacado de nuevo algunas herramientas y se pone a rematar una pared.

—¿Tú no te ibas? —pregunto extrañada—. Por la tormenta y todo eso. Además, me has dicho que a la perra le dan miedo los truenos, no puedes dejarla sola en casa.

—Vamos un poco retrasados —dice sin más, aunque las dos sabemos que es tan solo una excusa para no dejarme sola.

A las cinco y media el viento empieza a aullar contra los cristales.

A las seis se va la luz.

—Mierda —decimos casi a la vez.

Wren desaparece un momento y la oigo trastear. Cuando voy a ver qué hace, está agachada delante de la vieja estufa de hierro forjado que Maggie usaba para calentar el local.

—¿Todavía funciona?

—O nos vamos ahora mismo antes de que todo se ponga peor o la hago funcionar, porque si no, moriremos de frío.

Lleva un poco de tiempo, pero la madera prende.

El metal cruje al calentarse y poco a poco el olor a humo de pino se mezcla con el de la levadura de la masa que estaba preparando.

Aprovecho para acercar los cuencos a la estufa para mantener su calor.

Fuera, las farolas de toda la calle continúan apagadas.

No es solo la panadería. Es el pueblo entero.

—No es seguro conducir con estas condiciones, se ha puesto a nevar con fuerza —dice Wren, pegada a la ventana.

—No pienso dormir aquí —gruño.

Ella solamente se encoge de hombros, como recordándome que me había avisado hace un par de horas. No me lo llega a decir en voz alta, simplemente coloca un par de cajas de madera delante de la estufa para que nos sentemos y me viene a la memoria que llevo diez años debiéndole una explicación.

—Es hora de que hablemos.

—¿Sobre lo de Julien?

—No, de eso todavía no. De lo otro —digo, cogiendo aire—. Sobre nosotras. Sobre aquel martes de agosto.

Se queda callada. No me ayuda a empezar, y no sé si se lo agradezco o la odio por ello, pero es algo que tengo que sacarme de encima.

—La carta me había llegado el día antes —comienzo—.

La admisión en el instituto culinario con una beca completa.

Tenía cuarenta y ocho horas para aceptar.

Me senté en el porche de mis padres y la leí cuatro veces.

Y al terminar de leerla por cuarta vez, comprendí algo; que si te lo contaba, no me iría.

—Era muy importante para ti, nunca te hubiese pedido que te quedases por mí. Desde luego, hubiese sido mucho mejor que no darme ninguna explicación como hiciste. No te ofendas, pero como excusa es una mierda —protesta.

—Tenía dieciocho años, Wren, y quería irme de este pueblo. Estaba enamorada, sí, pero Herring Point me estaba matando.

—Claro, porque en Portland te fue mucho mejor.

—Wren, por favor.

—Está bien, lo siento, fue cruel —admite mientras el viento hace temblar los cristales.

—No intento convencerte de que hice lo correcto. Me asusté tanto de quererte que no fui capaz de decirte adiós. Pensé que si me iba sin verte, te dolería menos.

—Pues me dolió mucho más, Autumn.

—Lo sé. Fue una gilipollez, lo siento, ¿vale?

—No. No lo sabes. Al día siguiente fui a buscarte a tu casa para desayunar juntas y me encontré a tu madre llorando porque te habías ido.

Y yo era tu novia y ni siquiera lo sabía.

Es que no te puedes ni imaginar lo que sentí en ese momento.

No dormí en días, una noche, mi padre se plantó en mi habitación y me soltó: “No soy idiota. Dime quién te ha roto el corazón”.

—¿Y qué hiciste?

—Contárselo, ¿qué querías que hiciese? Le dije que estaba saliendo contigo y que te largaste a Portland sin decirme nada. Él se sentó a mi lado, me escuchó hasta el final y solamente dijo: “Vas a estar muy jodida una temporada, pero se te pasará” y se fue a dormir.

Se me escapa una risa tonta.

—Muy típico de tu padre.

—Muchísimo. A la mañana siguiente aporreó mi puerta y gritó que tenía café recién hecho en la cocina y una obra esperando. Me sacó de la depresión a base de darme el trabajo más duro.

—Wren, lo siento.

—Escucha, puedo entender a la chica de dieciocho años que quería salir del pueblo a toda costa y se asustó de una relación. Pero no supe nada de ti en diez jodidos años. Todavía no te he perdonado por eso, y no sé si podré hacerlo algún día, puede que una parte de mí no lo haga nunca.

—Y aun así te has quedado aquí conmigo, a cuidarme —suspiro.

—Sí, porque soy idiota y no tengo remedio.

Estiro el brazo para colocar la mano sobre su muñeca y me quedo un buen rato así, acariciando su piel con el dedo pulgar.

—Tengo que echar leña —dice de pronto.

—Espera.

Le sujeto la muñeca y me coloco a horcajadas sobre sus muslos, trazando con la punta de los dedos la cicatriz de su barbilla, la que no conocía.

—¿Qué haces? —pregunta.

—¿Tú qué crees?

Sonríe y me inclino para besarla. Y justo entonces, con un chasquido, regresa la electricidad.

—Joder, no me lo puedo creer —protesta—. Tiene que ser alguna señal del destino.

La panadería entera se enciende de golpe. Las bombillas del techo, la trastienda, la pantalla del horno provisional que pita tres veces. Todo reaparece a la vez: las paredes abiertas, el polvo, los plásticos, las dos cajas de madera que estamos usando como sillas.

Parpadeo. Ella también. Y a plena luz lo primero que me viene a la cabeza no es lo que hemos dejado a medias. Es una perra que está sola y tiene pánico a los truenos.

—Mosca lleva todo el día encerrada en tu casa —digo, bajándome de su regazo.

—Lo sé. Ha bajado un poco el viento —dice, mirando por la ventana—. Si voy despacio, llego sin problema.

—Entonces vamos.

—¿Vamos? —pregunta sorprendida, alzando las cejas.

—No hagas que me arrepienta. Te debo una conversación entera sobre lo de Julien y puede que algo más para lo que no necesitamos hablar —añado con un guiño de ojo.

***

La tormenta ha aflojado bastante, aun así, Wren conduce con las dos manos clavadas en el volante. Nada más apagar el motor, ya se escuchan los ladridos de Mosca y cuando entramos, se le echa encima, colocando las patas en su pecho y casi tirándola hacia atrás.

—Eh, yo también me alegro de verte. Ya estamos aquí, has sido muy valiente, ya sé que no te gustan los truenos —le dice muy bajito.

Luego enciende la chimenea, la perra se tumba frente al fuego y nosotras nos vamos al sofá, yo tumbada, con la cabeza sobre las piernas de Wren, como cuando teníamos dieciocho años y pensaba que un día me comería el mundo.

—Conocí a Julien hace años en una feria gastronómica de Portland —empiezo—.

Yo era segunda pastelera en un hotel de Chicago y él estaba abriendo su segundo restaurante.

Probó mi postre y me ofreció el puesto de jefa de pastelería.

El doble de sueldo, autonomía, y una frase que me derritió: “Tienes manos de chef, deberían valorarte más”.

Wren me escucha en silencio, acariciando mi pelo.

—Los primeros seis meses fueron perfectos.

Todo el mundo se quejaba de que era un tirano, pero conmigo era encantador.

Luego las cosas se torcieron. Si recibía una buena crítica a alguno de mis postres, se ponía celoso.

Me gritaba, me decía a voces que no servía para nada, que era una inútil.

Y lo hacía delante de todo el mundo. Poco a poco fue acabando con mi autoestima —admito.

Tengo que hacer una pausa para reunir el suficiente coraje que me permita continuar.

—Lo peor de todo es que luego podía volver a ser encantador y yo era una imbécil y le perdonaba.

Supongo que era su táctica, jugaba conmigo de ese modo hasta acabar con mi dignidad, fue poco a poco creando una dependencia.

Ahora lo veo claro, era un manipulador de manual, pero por aquel entonces me aisló por completo y consiguió que no fuese capaz de marcharme.

Tan solo buscaba su aprobación con cada cosa que hacía.

—Autumn…

—Espera, porque si paro no podré seguir.

Hubo más. Fuimos pareja, bueno, no lo llamaría de ese modo.

Se acostaba conmigo cuando le apetecía y yo accedía como una tonta.

El maltrato psicológico pasó luego a maltrato físico; un empujón, una bofetada.

Poco más tarde me pedía perdón, me traía rosas o bombones y yo le perdonaba.

—¿Por qué no se lo contaste a tus hermanas o a tus amigas? —pregunta confusa.

—Lo intenté, créeme que lo intenté, pero me fue aislando de todo el mundo y ni siquiera me daba cuenta de lo que hacía.

Supongo que al principio le admiraba y eso complicó las cosas porque acabó con mi autoestima sin que me diese apenas cuenta.

Me creó tanta dependencia que no me atrevía a separarme de él.

—Hasta que un día llegaste a tu límite, ¿no?

—Sí, un día empezó a gritarme sin más, me dijo que sin él no era nada, que ni siquiera era buena en la cama y que solo estaba conmigo por pena.

Me quité el delantal, subí al coche y conduje sin rumbo durante horas.

Cuando paré en una gasolinera, llamé a Iris, la alcaldesa… y el resto más o menos lo sabes.

El fuego baja. Mosca mueve las patas en sueños al escuchar un nuevo trueno.

—Quiero conducir hasta Portland y partirle la cara —gruñe de pronto.

—No lo hagas.

—Dime qué necesitas de mí.

Miro el fuego y pienso en la carta de mi abuela, todavía en el bolsillo del abrigo. Escucha a tu corazón.

—Necesito que estés a mi lado, solamente eso. Bueno, y no dormir sola esta noche —confieso—. Solo que te quedes a mi lado.

Me hace una seña con la cabeza y subimos de la mano a su dormitorio. Es una cama grande y en el medio está Mosca, que se ha subido sin pedir permiso y nos mira impaciente.

—Fuera de aquí —dice Wren, señalando hacia la puerta con el dedo índice y la perra parece bajarse ofendida.