El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Wren

Me termino el trozo de pan de centeno apoyada en un mostrador a medio montar, con el cuerpo de Autumn pegado al mío, y pienso que llevo diez años equivocándome en casi todo.

Porque resulta que la felicidad debe parecerse bastante a esto.

A una panadería llena de polvo, a una perra roncando junto al horno y a Autumn Galligan quitándose una miga del labio.

—Deja de mirarme así —dice entornando los ojos—. No vamos a hacer nada más que un beso, por mucho que me mires.

—No sé mirarte de otra manera. Dame un par de días para practicar —bromeo.

Se ríe. Es una risa de las suyas, de las de antes, y me juro en silencio que voy a intentar que sonría mucho más a partir de ahora.

—¿De verdad está bueno o lo has dicho por quedar bien? —pregunta, señalando el pan con la barbilla.

—Es incluso mejor que el que preparaba tu abuela.

Menea la cabeza y entorna los ojos de nuevo.

A continuación, se inclina hacia mí y me besa otra vez, cuela las manos por debajo de mi camisa, acariciando mis costados mientras me muerde ligeramente el labio inferior.

Rodeo su nuca, profundizando en el beso, sintiendo el roce de sus pechos en los míos, volviéndome loca con cada pequeño gemido que se escapa de su garganta.

Y su teléfono vibra en el bolsillo del delantal.

—Déjalo —murmuro contra sus labios.

—¿Tanta prisa tienes, Wren? ¿No puedes esperar un poquito? —ironiza, alzando las cejas.

Pero cuando reconoce el número de la pantalla, su cara cambia por completo.

—Odile —suspira.

El nombre no me dice nada. Su cuerpo, en cambio, se pone en alerta. Cierra la mano libre sobre el borde del mostrador y se pone muy rígida. Mosca levanta la cabeza desde su rincón junto al horno.

—¿Estás segura? ¿Qué te ha dicho exactamente?

La mujer del otro lado habla un buen rato, aunque prácticamente susurra, como si no quisiese que nadie la escuche, así que no logro captar lo que dice. Pero Autumn ha dejado de respirar.

—Entonces, ¿sabe que he vuelto a Maine?

Los nudillos se le quedan blancos de tanto apretar.

—¿Y te ha preguntado dónde?

Cierra los ojos.

—De acuerdo. No. Escúchame, Odile. Si vuelve a preguntarte, tú no sabes nada, ¿vale? Nada. Y no le digas que has hablado conmigo. —Hace una larga pausa para escuchar—. Ya sé que no es culpa tuya. Llámame si te enteras de algo más, por favor. A cualquier hora —agrega antes de colgar.

Se queda con el teléfono apretado contra el pecho y con la mirada perdida, prácticamente en estado de shock.

—Autumn.

No responde.

—Autumn, mírame, por favor —insisto.

Parpadea, pero tiene los ojos clavados en algún punto detrás de mí.

—La puerta —dice de pronto—. ¿Está cerrada?

—Sí, claro que está cerrada. ¿Me quieres contar qué ocurre? Me estás asustando.

Asiente despacio y se frota una mano en el delantal una y otra vez.

—Puedes confiar en mí. Dime qué ocurre, por favor. Intenta respirar, tienes una rutina para eso, te vi hacerlo el día que empezamos las obras.

—No puedo.

—No tienes que hacerlo bien. Solo hazlo.

Empieza a temblar. Mosca se levanta, cruza la sala y se le pega a las piernas, como si intuyese que lo está pasando mal.

—Sabe que he vuelto —dice al fin.

—¿Quién sabe que has vuelto?

—Julien.

Es la primera vez que escucho ese nombre. Iris solo me dijo que Autumn estaba ahora rota y que la tratase bien. Yo nunca pregunté la razón, tampoco creí tener derecho a hacerlo.

—¿Quién es Julien?

Traga saliva y solloza.

—Mi antiguo jefe.

Espero por si me da alguna explicación, pero no añade nada más.

—¿Es por lo que volviste al pueblo?

Asiente.

—¿Y Odile? ¿Quién es Odile?

—Compartíamos piso en Portland. Trabajaba conmigo en la cocina —dice mientras me abraza—. Julien lleva días haciéndole preguntas. Sabe que he vuelto a Maine, aunque todavía no sabe dónde, pero no tardará mucho en averiguarlo, no es muy complicado.

—¿Te hizo daño? —pregunto con miedo.

La pregunta se me escapa antes de poder frenarla. Autumn no contesta, pero tampoco hace falta porque su cara de terror me lo dice todo.

—No tengo fuerzas para seguir con esto, Wren, no es que no confíe en ti, pero ahora mismo no tengo fuerzas para nada, ni para seguir viviendo —susurra mientras sus lágrimas caen en mi cuello.

—Solo dime una cosa. ¿Estás en peligro?

—No lo sé —admite.

No me gusta nada esa respuesta. Me hiela la sangre y me dan ganas de llamar a la alcaldesa y al sheriff. De avisar a los pescadores y distribuir la foto del tal Julien por si se acerca por aquí. De plantar a Frank con una barra de hierro junto a la puerta.

—¿Quieres que llame a alguien? ¿A tu hermana Nora?

—No, por favor —susurra, separándose lo justo para clavarme la mirada—. No quiero que se lo digas a nadie. ¿Lo entiendes? A nadie —repite.

—Vale, vale, yo no voy a contar nada que tú no quieras que cuente —le aseguro, aunque acabo de ver cómo un nombre la dejaba sin aire y fingir ahora que ese nombre no existe me parece imposible.

Nos quedamos en silencio. Quiero hacerle un millón de preguntas. Si ese tal Julien sabe que vive sola en la cala o qué coche conduce, por si lo vemos por aquí. Sobre todo, quiero preguntarle por qué le tiene pánico a su antiguo jefe y por qué supone que puede venir a buscarla a este pueblo.

No pregunto nada porque está a punto de romperse del todo. Solo la abrazo de nuevo mientras llora en mi hombro.

Media hora más tarde, se lava la cara en el fregadero de la trastienda y trata de fingir que no ha pasado nada.

—Puedes quedarte en mi casa si quieres. Tengo una habitación de sobra, no lo digo para…

Solo niega despacio con la cabeza.

—Llámame en cualquier momento, incluso si no puedes dormir a las tres de la mañana —le recuerdo.

—Wren, no me arrepiento del beso. Siento que nos interrumpiesen —me asegura besando mi mejilla antes de dirigirse a la puerta.

Mosca resopla desde su rincón, como si le hubiese parecido muy interesante esa última frase.

Insisto en seguirla hasta la cala y, para mi sorpresa, no discute. Conduce despacio. Yo voy detrás, con los faros encendidos, aunque todavía no es de noche del todo, hasta la última curva del camino de grava.

No se baja enseguida. Espera a que aparque detrás y luego sale y viene hasta mi ventanilla.

—Gracias por no preguntar más —dice—. Te lo voy a contar, Wren.

Todo. Solo necesito un poco de tiempo para centrarme y digerir todo lo que está ocurriendo, porque ni yo misma entiendo la mitad de las cosas que pasaron en esa cocina, ni cómo pude ser tan gilipollas con el carácter que yo tenía. Pero te lo voy a contar.

—Cuando estés preparada. Yo no me voy a ningún sitio.

Asiente. Sube los escalones del porche, abre la puerta y se gira a mirarme una última vez y lanzarme un beso antes de cerrar. No sonríe.

Me quedo un minuto entero con el motor encendido, mirando la puerta cerrada, hasta que Mosca apoya el morro en mi muslo.

—Ya lo sé —le digo—. Pero le he prometido que no se lo contaría a nadie.

La perra suspira.