El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Autumn

Llevo tres semanas sin llorar.

No es que me lo repita a mí misma para ponerme una medalla o para sentirme mejor, pero sí es algo que me sorprende.

Son veintiún días de levantarme a las cinco y cuarto, de darme una ducha rápida, beber un café y conducir hasta el pueblo.

Tres semanas en las que Wren llega cada día a las siete en punto con Frank, a veces con Danny y otras veces sin él, según lo que toque hacer ese día.

Ya ni siquiera me sobresalto cuando suena un taladro.

Demasiado tiempo viendo a Wren cada día sin ser capaz de sentarme frente a ella para tener una conversación que no sea sobre la obra.

Por las noches duermo cinco horas, quizá seis. Y no lloro.

Supongo que es un gran progreso, o quizá una tregua. Mi terapeuta dice que no baje la guardia porque los traumas no avanzan en línea recta, a veces se quedan quietos o retroceden, pero solo descansan.

Hoy vienen a revisar la instalación eléctrica. Sin avisar ni nada, quizá Wren lo sabía, pero yo no.

Es un hombre de unos sesenta años, con la barba gris y cara de querer estar en cualquier otro lugar menos aquí.

—Bien —dice al fin, después de lo que me parece una eternidad—. Bien hecho, Hadlock.

Wren asiente y le muestra los planos mientras Frank sigue con una de las paredes. Danny no ha venido porque ayer fue su cumpleaños y, al parecer, sus cumpleaños suelen tener efectos secundarios al día siguiente que no son compatibles con el trabajo.

Tras firmar el proyecto eléctrico, el inspector me mira por encima del cuaderno.

—Eres una Galligan, ¿no? ¿La pequeña?

Asiento.

—Conocí a tu abuelo. Y a tu abuela antes que a él. Una vez me comí una galleta de jengibre en este mismo lugar que todavía recuerdo. Tendría yo treinta años, fíjate si pasó el tiempo.

No sé qué contestar, así que vuelvo a asentir.

—Te pareces bastante a ella —añade.

—Eso me han dicho.

—Todo va a salir bien, chica, quítate esa cara de preocupación —dice antes de marcharse.

***

Lo que no he conseguido hacer en estas tres semanas es subir al altillo. Sé que allí arriba están los archivos viejos, los libros de cuentas, papeles. Pero también hay recetas de mi abuela y muchos recuerdos de la familia, una familia que no sé si me merezco porque los abandoné.

Hoy me obligo a subir.

La escalera cruje a cada paso y nada más abrir la puerta, siento el olor a polvo y a cerrado. Las cajas de cartón se apilan contra las paredes, casi todas sin etiquetar. Las pocas que tienen algo escrito dicen cosas como “84-87 facturas”, “libros del 92”, “fotos del aniversario”.

En el rincón del fondo, debajo de una caja con un cartel escrito a mano que pone “Navidad”, hay una caja de zapatos.

Es vieja. Muy vieja. Tanto que esa empresa cerró ya hace tiempo. Dentro están las recetas de mi abuela Maeve.

Me siento en el suelo con la caja entre las manos sin atreverme a abrirla durante un buen rato.

Cuando por fin lo hago, veo un montón de fichas de papel grueso, de unos diez por quince centímetros, amarillentas por los bordes.

Cada una tiene una receta escrita a mano.

Todas con la letra de la abuela, con tintas que van del azul casi negro de los años setenta al azul aguado de sus últimos años, antes de que dejase de cocinar porque la enfermedad ya no se lo permitía.

La primera pone “Pan de maíz, 1974”. Esa la reconozco porque la abuela lo hacía los domingos durante muchos años y yo la ayudaba.

La siguiente es una tarta de arándanos para el final del verano.

La tinta es más oscura. La siguiente son sus famosas galletas de jengibre.

Las favoritas de Hannah, añade en letra pequeña.

A la abuela le gustaba escribir notas en las recetas.

Sigo sacando y hay un poco de todo: bollos de canela, galletas de mantequilla, bizcocho de café.

Entonces saco una ficha que me hace temblar. Está fechada arriba a la derecha: marzo de 2012. Tres meses antes de que la abuela muriese.

Pan de centeno con miel: para Autumn cuando deje de experimentar con la cocina y vuelva al horneado tradicional.

Sonrío, aunque esta vez, el recuerdo me humedece los ojos y cuando voy a devolver la ficha a su sitio, con las demás, algo distinto me roza los dedos en el fondo de la caja.

Debajo, apoyado contra el cartón, hay un sobre cerrado. Con mi nombre escrito. Lo guardo en el bolsillo para leerlo con calma en casa, y ahora sí me permito llorar.

La abuela escribió esa receta sabiendo que se moría.

La escribió para una nieta de dieciséis años que se peleaba de continuo con su madre porque era una rebelde idiota.

Alguien que se creía mejor que los demás.

La escribió esperando que algún día volviese al horneado tradicional y dejase de “experimentar con la cocina”.

Apago la bombilla del altillo y bajo las escaleras con la caja entre las manos y espero a calmarme antes de subirme al coche.

Cuando llego a la casita de la cala, saco el sobre del bolsillo y lo dejo en la mesa de la cocina mientras preparo el fuego, porque sé, sin necesidad de abrirlo, que me va a dejar hecha polvo.

Luego me siento, me sirvo una copa de vino tinto y lo abro.

Dentro hay una sola hoja de papel, doblada en tres.

Autumn:

Si estás leyendo esto, significa que has vuelto y que, por alguna razón, has subido al altillo de la panadería. No sé cuántos años tendrás ni cuánto tiempo llevaré muerta. Espero que estés bien. Espero también que te acuerdes de tu abuela.

Te escribo desde la mesa de la cocina antes de volver a sentirme tan cansada como para que las palabras pierdan el sentido. Tengo poco tiempo, así que voy a ir al grano.

Si has cumplido 28 años, ya sabrás que te he dejado dinero, porque Henshaw te lo habrá explicado.

Si no los has cumplido, acabo de darte una información que no deberías saber, aunque es posible que alguna de tus hermanas te lo diga porque ellas también lo recibirán cuando cumplan esa edad.

No es mucho, pero es suficiente para que hagas una cosa pequeña y verdadera, no para que te endeudes con algo grande y dudoso.

Dos cosas, antes de que se me acabe la página. Escucha a tu corazón y dile lo que sientes a quien se lo tengas que decir.

Te abrazo desde la cocina del año 2012.

Tu abuela.

Aprieto la carta contra el pecho y me pongo a llorar. Lo hago por la abuela y por mí. Por la receta del pan de centeno con miel que escribió para que un día yo la hornease. Y por sus consejos antes de morir. Escucha a tu corazón y dile lo que sientes a quien se lo tengas que decir.

Mi abuela era medio bruja. Una bruja buena, pero una bruja.

Cuando termino de llorar, me lavo la cara, doblo la carta y la guardo en el bolsillo interior del abrigo, junto al corazón. Luego cojo las llaves del coche y salgo de casa, porque solo hay una persona a la que quiero ver ahora mismo y está terminando una obra en mi panadería.

Conduzco las pocas calles de vuelta casi sin pensar. Aparco el coche y entro despacio, sin hacer ruido.

Me la encuentro de espaldas, agachada delante del alféizar de una de las ventanas, lijando una pieza de madera.

—¿Autumn? No te esperaba. ¿Estás bien?

Niego con la cabeza.

—¿Ha pasado algo?

Asiento.

—¿Algo… algo grave? —pregunta con miedo.

Niego otra vez.

Se acerca a mí y me abraza. Hasta ese instante no me doy cuenta de que estoy llorando.

—Si prefieres que me separe, me lo dices —susurra.

—No te separes, por favor —es todo lo que soy capaz de decir mientras lloro en su hombro.

—Tómate el tiempo que necesites, ¿vale? Yo no me voy a ir a ningún sitio —me asegura, acariciando mi espalda.

No respondo, porque no tengo respuesta para eso. Solo cierro los ojos y me dejo cuidar.

Después de un rato, consigo separarme, despacio, casi con miedo de romperme si no siento su cuerpo junto al mío.

—¿Quieres contarme qué te ocurre? —pregunta.

—Hoy no. Pero gracias.

—¿Otro día? —insiste.

—Mañana. Ven mañana a las once.

—¿En sábado?

—En sábado —confirmo, cogiendo su mano y soltándola poco a poco mientras me alejo.

***

A la mañana siguiente, Wren llega puntual, como siempre.

Mosca entra primero, me olisquea el delantal y se mete en la trastienda a acurrucarse junto al horno.

—¿A qué huele? —pregunta Wren sorprendida.

—Ven —le digo—. El primer trozo es tuyo.

—¿Mío?

—Sí, como diría mi abuela, es una cosa pequeña y verdadera, y no se me ocurre nadie más verdadero que tú, así que te mereces el primer trozo del pan de centeno que se ha preparado en esta panadería en muchos años. Con la receta original de mi abuela.

Wren lo coge. Primero lo huele, y después lo prueba con los ojos cerrados.

Y se queda muy quieta.

—¿Está mal?

—Joder.

—Joder bien o joder mal, Wren, me estoy volviendo loca.

—Es… es lo mejor que he probado en años —admite, dejando escapar un pequeño gemido al probar el siguiente trozo que consigue que mis piernas tiemblen.

No sé cuál de las dos se mueve primero. Solo sé que ya no hay espacio entre nosotras, que la perra suspira junto al horno y que el beso es justo lo que necesitaba, algo que había estado muchos años esperando a que alguien encendiese el fuego.

—Esto es aún mejor que el pan de centeno —murmura contra mis labios.

—Puedes terminarte el trozo de pan, Wren, tenemos tiempo —bromeo con un guiño de ojo.