Capítulo 4
Wren
La casa del viejo Bill Galligan está al final de un camino sin asfaltar que abandona la carretera de la costa. He pasado por ese desvío cientos de veces, aunque es la primera vez que lo tomo.
Es una vivienda grande que se alza junto al acantilado, con dos pinos viejos a los lados y un porche que la rodea entera.
Lo primero que me llama la atención es el humo de la chimenea saliendo casi recto.
No hay viento esta noche, lo que es muy raro para febrero y, en general, muy raro en esta zona en cualquier época del año.
Aparco la camioneta junto a un Pontiac oscuro lleno de barro hasta los retrovisores, con pegatinas de la cooperativa pesquera en el parachoques. El coche de Hannah, supongo.
Tras apagar el motor, me quedo un buen rato sin moverme. Todavía no sé qué hago aquí o por qué me han invitado.
Nora me llamó el miércoles, así, prácticamente de la nada, porque apenas tenemos trato.
Me dijo que iban a organizar una pequeña cena de bienvenida para Autumn y que estaría bien que viniese yo también.
Respondí que allí estaría, pero lo hice sin pensar y ahora ya es tarde para dar una disculpa que me libre de la cena.
Taylor me recibe con unos calcetines de lana gruesa de esos que llevan un material antideslizante en la suela y me hace un gesto con la cabeza para que pase. Nunca ha sido una persona de muchas palabras. Me cae bien.
La casa es como me la imaginaba: vieja pero cálida, llena de recuerdos de cuatro generaciones de Galligan que no encajan entre sí, pero quedan bien unos junto a otros.
La chimenea es enorme, de esas que ya no se construyen.
Frente a ella, Sam y Lily, los hijos de Hannah, están concentrados construyendo un puzzle.
La niña tiene los ojos verdes de los Galligan, aunque apenas levanta la vista cuando me ve entrar. El crío pregunta si puede ver mis herramientas, le digo que luego y no protesta.
—¿Cerveza? —pregunta Taylor señalando hacia la cocina.
La acompaño y Nora está sacando algo del horno.
La cerveza es excelente, la hace una familia en Brunswick y Tommy la compra casi toda para venderla por el pueblo prácticamente a precio de coste.
Sin querer, me fijo en las manos de Taylor, no sé por qué lo hago, mi abuela decía que las manos te dicen mucho de la gente.
Las suyas están llenas de cicatrices, de esas que los pescadores ni siquiera se molestan en explicarte.
Por un segundo pienso en su tejado, el que se le vino abajo en noviembre con la tormenta, por culpa del viejo roble que nunca podó. Yo no pude arreglarlo y me sabe mal, pero le hicieron un buen trabajo.
—¿Cómo va la obra? —pregunta Nora desde el horno.
—Bien, supongo, acabamos de empezar, así que tener problemas a estas alturas sería muy mala señal.
—¿Y vosotras dos?
No sé qué responder. Por suerte, justo en ese instante alguien llama a la puerta.
Desde la cocina escucho a Autumn saludando y a los hijos de Hannah levantándose. Le cambia la cara por completo cuando me ve y eso no sé si es bueno o malo.
—Hola, no… no esperaba verte aquí —saluda, desviando a continuación la mirada hacia su hermana Nora. Creo que le han tendido una emboscada.
Cenamos en la mesa del comedor y me vienen a la mente todas las veces que cené con esta familia cuando iba al instituto, tratando de que las hermanas mayores escuchasen alguna de mis historias.
—Por cierto, Wren. Iris dice que la sociedad histórica sigue esperando una respuesta. Palabras textuales: “dile a la chica Hadlock que los molinos no se restauran solos”.
—La sociedad histórica sabe dónde está mi taller y también puede llamarme por teléfono —gruño antes de dar un largo trago a la cerveza—.
Además, voy a estar muy ocupada varios meses —añado, desviando la mirada hacia Autumn y guiñando el ojo, aunque en el momento en que se ruboriza me arrepiento de haberlo hecho.
Nora sonríe y está a punto de decir algo, pero Taylor le roza el brazo con los nudillos y me libro del comentario.
Sobre las diez y media, Autumn se levanta de la mesa con cuidado de no despertar a Lily, que duerme en sus brazos como un saco de patatas. Nora la coge.
—Ya la llevo yo a la cama, Hannah no vendrá a por ella hasta que salga del diner a la una. Hoy tiene el turno de cierre. Por cierto, tú no estás para conducir —agrega, señalando a su hermana pequeña con el dedo índice y alzando las cejas.
Autumn insiste en que solo ha tomado un par de cervezas y una copa de vino.
—Yo te llevo.
La frase me sale casi sola.
—¿Eh?
—Te llevo hasta la cala. Tu hermana tiene razón, la carretera tiene muchas curvas y a esta hora puede haber placas de hielo. Te recojo por la mañana y te acerco a la obra si quieres y luego venimos a por tu coche.
Se encoge de hombros y acepta, aunque creo que más por la insistencia de su hermana Nora que por ella.
Cuando nos montamos en el coche, conduzco más despacio de lo normal y no sé muy bien por qué, porque hoy no ha nevado.
Ella no separa la frente de la ventanilla, como si lo poco que se puede ver en el camino fuese lo más interesante del mundo.
—El donut —dice de pronto, después de tres kilómetros.
—¿Qué?
—El donut de chocolate que me ofreciste el miércoles. Quería darte las gracias. Bueno, por el donut y por el resto. Ya sabes, por… por darte cuenta de que me afectan los ruidos fuertes —dice bajando la voz casi con timidez.
Hace un silencio largo, no sé si esperando una respuesta o buscando las palabras adecuadas para continuar.
—Me porté muy mal contigo —añade.
Aprieto un poco más el volante. La carretera de la costa hace una curva pequeña a la izquierda y entra luego en el camino de la cala.
—No tenemos que hablar de lo que ocurrió hace diez años si no quieres. Éramos prácticamente unas crías.
—Me gustaría hablarlo —insiste—. Pero no ahora, prefiero hacerlo con calma.
Los faros de mi camioneta iluminan la casita en la que está viviendo y por un instante me gustaría que las distancias en este pueblo fuesen mucho más grandes para seguir hablando con ella.
Aparco junto al porche y la calefacción sigue echando aire tibio sobre nuestras rodillas. Autumn se queda quieta. No sale. Permanece con la mirada fija en el salpicadero.
Y yo, sin pensarlo bien, muevo un poco la mano derecha hacia ella. No la pongo sobre la suya. Solo la acerco y el corazón se me acelera.
La mira, mueve un poco la suya y la posa encima. No la aprieta, solo la deja ahí. Siento el peso muerto unos segundos, la calidez de su piel y luego… luego el vacío que deja cuando la retira.
—Buenas noches, Wren —murmura antes de salir del coche.