El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 3
18%

Capítulo 3

Autumn

A las seis y media de la mañana ya estoy en la panadería.

Wren dijo que llegaría sobre las siete con dos operarios, así que me he traído un termo de café, un cuaderno y unos guantes para no morirme de frío.

También el portátil y una lista de recetas que recopilé durante todos estos meses.

Son lo único que he escrito en mucho tiempo que no sean mensajes a mi abogado o notas a mí misma diciéndome que aguante como sea.

A las siete menos cinco escucho el motor de su camioneta deteniéndose justo delante.

Es lo bueno que tiene este pueblo, que no hay problemas de aparcamiento.

Poco más tarde, otra camioneta. A continuación, un cuarto de hora de descarga de materiales en la acera y los gritos de un hombre diciéndole a un chico joven: “Para, para, que se te va a caer”.

Wren entra primero. Lleva el chaquetón abierto y el pelo recogido en una cola de caballo y juraría que se sorprende al verme, a pesar de que ayer le dije que estaría aquí.

—Frank, Danny. Esta es la dueña —dice a modo de presentación.

Frank es un hombre de cincuenta y tantos, con la barba blanca bien cuidada y unas manos del tamaño de mi cara. Danny es un chaval que no creo que llegue a los veinte y me mira con la boca abierta.

—Guau, la dueña —repite por lo bajo, como si no se lo creyese. Por suerte Frank le da un golpe en el hombro y se pone a trabajar.

—Vamos a destripar la instalación eléctrica de todo el local —anuncia Wren, haciendo un círculo en el aire con el dedo índice—. Haremos mucho ruido y tiraremos yeso al suelo. No te ofendas, pero creo que es mejor que no estés aquí.

—Me quedo —anuncio sin dudar.

—Vale, yo solo te aviso, quizá te apetezca más hacer una visita a tus hermanas o dar un paseo por el puerto y...

Niego con la cabeza y ella simplemente se encoge de hombros.

Lo siguiente que escucho es una taladradora.

Es solo una taladradora. La he oído mil veces, en obras, en pasillos, en mi propia casa cuando un vecino colgaba un cuadro. Una taladradora no significa ningún peligro y, aun así, todo mi cuerpo comienza a temblar.

Trato de calmarme, aprieto el bolígrafo hasta que el plástico cruje.

Mantengo la mirada en un punto fijo, la celda de Excel donde he escrito “martes, pan de centeno”.

Respiro como me enseñó la psicóloga: por la nariz, cuento hasta cuatro, retengo cuatro segundos, suelto cuatro. Cuatro, cuatro, cuatro.

Sigue la taladradora.

Vuelvo a escribir.

Miércoles, focaccia con romero. Jueves, bollo dulce de canela. Viernes, pan de masa madre y bollería rellena.

Regreso a la rutina, porque la cocina te enseña que cuando algo se va a la mierda, te agarras a lo que conoces. Pesos, temperaturas, tiempos. Pero la masa madre no te grita, no te hiere con comentarios crueles ni te amenaza. La masa madre no se llama Julien.

Abro una columna nueva: CANTIDADES DIARIAS. Otra: PROVEEDORES. Otra más: PRECIO POR UNIDAD. Lleno una, lleno otra. La taladradora sigue. El pulso me baja un poco.

Suena un martillo y cae un trozo de pared al suelo.

Doy un salto. Clavo las manos abiertas sobre la mesa, el aire no me llega. Cierro los ojos y cuento.

Cuatro. Cuatro. Cuatro.

No funciona.

—Eh, vamos a tomar un poco el aire, ¿vale? —dice Wren a mi lado mientras me acaricia la espalda.

No hace ningún comentario, pero me dan ganas de soltarlo todo y echarme a llorar. Ni siquiera le doy las gracias, la sigo hasta la puerta y nos quedamos en la calle, tiritando de frío y en silencio.

Media hora más tarde llega Hannah y Wren vuelve al trabajo.

Lleva una chaqueta vieja que era de mi padre, una que él nunca usó porque le quedaba pequeña. La recuerdo porque se pasó años en el perchero de la entrada. Ha cambiado bastante desde la última vez que nos vimos y ahora, vista de cerca, se parece tanto a nuestra madre que da miedo.

—Llegaste al pueblo el lunes y no has venido a ver a los niños. —No me pregunta cómo estoy, se me queda mirando fijamente, esperando una disculpa que no puedo dar porque, aunque suene horrible, apenas conozco a mis sobrinos.

—Iba a llamarte esta tarde —murmuro.

—Ya, claro. Llevas años diciendo la misma mierda. No sé qué te hemos hecho, pero has roto por completo los lazos con la familia y no me parece normal.

—Hannah, por favor.

—Solo pasaba para ver si estabas bien y desearte buena suerte con la panadería. —dice antes de girar sobre sus talones y perderse calle abajo.

Me quedo observando cómo se aleja hasta que su silueta se pierde en dirección al puerto. Lo peor de todo es que tiene razón. Ninguna de mis hermanas me ha hecho nada y he roto el contacto con ellas. Y con mis amigas.

Julien consiguió aislarme por completo.

—Frank ha traído donuts del diner —escucho a mi espalda.

Wren lleva en la mano una caja de cartón abierta con dos donuts asomando.

—Hay uno de chocolate. ¿Lo quieres? ¿Te siguen gustando los donuts de chocolate?

No me apetece comer nada. Cada vez que Julien se cuela en mi mente me provoca náuseas, pero lo cojo igual. Está un poco aplastado, aunque supongo que sirve.

—Gracias, Wren —suspiro.

Esta vez no se queda. Regresa a la obra, pero me ha tendido un puente, las dos lo sabemos. Es su manera de decir “estoy aquí si me necesitas, no me voy a meter en lo que te ocurre, pero estoy aquí”.

A las cinco de la tarde empieza a oscurecer y los operarios se van. Wren se queda un poco más mientras recojo mis cosas.

—Mañana empezamos otra vez a las siete —dice antes de salir.

—Aquí estaré.

—Joder, Autumn. No hace falta, de verdad. Nadie se queda durante las obras.

—Estaré —insisto.

En la calle cae aguanieve y el sol ya se ha ido hace un rato. Subo al máximo la calefacción del coche y conduzco demasiado despacio. Un Subaru me adelanta y me pita, pero no me importa.

En la casita enciendo la chimenea y me pongo el pijama. No me apetece cocinar, estoy congelada por dentro y por fuera, así que me preparo un té y me siento en el sofá con la taza entre las manos, mirando el fuego.

Sé que tengo que llamar a Nora.

Contesta al segundo tono.

—Me tenías preocupada —dice a modo de saludo—. ¿Cómo estás?

Es la pregunta más simple del mundo y a la vez la más complicada porque ni siquiera sé contestarla.

—Bien.

—Mentirosa —bromea.

Se me escapa una pequeña risa.

—¿Vienes a cenar mañana? —pregunta—. Aquí en casa. Cocina Taylor. No es que sea una gran cocinera, pero prepara una sopa de almejas que ahuyenta a la depresión, te lo digo en serio.

Todavía se me hace raro pensar en Taylor Cross prometida con mi hermana.

No la conocí de cría: se fue del pueblo cuando yo todavía gateaba, después de que su padre muriese en el mar, y para cuando volvió, yo ya llevaba un tiempo fuera.

Pero crecí oyendo su nombre en boca de otros: la chica Cross, la que perdió a su padre en una tormenta, la que era más dura que los pescadores más curtidos.

No sé por qué una historia así se grabó en la mente de una niña.

—De acuerdo. Allí estaré —acepto.

—Bien, a las siete. Y no traigas nada. Ah, otra cosa.

Sé que Hannah ha pasado hoy por la panadería.

Me ha llamado más tarde y estaba más enfadada consigo misma que contigo.

Le he dicho que ya no somos niñas y que no hago de árbitro.

Pero solo quería que lo supieses. Ella se hizo cargo del abuelo mientras nosotras dos desaparecimos.

Lo pasó mal. A mí tardó un buen tiempo en perdonarme.

Bueno, eso, mañana sopa de almejas, no te olvides.

El té se ha enfriado. Lo dejo en la mesa y camino hasta la ventana. Fuera nieva con fuerza. Esa nieve de Maine de febrero que no termina nunca.

Y me caigo.

No hay un golpe seco, no me desmayo, me voy deslizando por la pared hasta acabar en el suelo, abrazando las rodillas, sollozando.

—No sé si voy a poder con esto —mascullo entre dientes.