El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2) Capítulo 2
12%

Capítulo 2

Wren

Trato de mantener una fachada profesional y mido la sala sin mirarla a ella. Es lo que me enseñó mi padre hace muchos años.

“Antes de meterte en una obra, mira bien a lo que te enfrentas”, me decía siempre.

Así que lo mido todo, una y otra vez, porque es más fácil que intentar comprender a qué ha venido Autumn al pueblo después de tantos años.

Cuatro metros de ancho por seis de fondo en la trastienda, techo a dos sesenta.

La viga maestra corre de norte a sur, y eso me viene de lujo.

La campana extractora cuelga de unos tornillos que se ven flojos desde aquí, no hace falta ni acercarse.

Todo pide una renovación urgente a gritos.

La instalación eléctrica posiblemente no pasó una revisión desde antes de que yo naciese y no creo que cumpla ninguna normativa.

Las paredes tienen manchas de humedad en círculos concéntricos, así que el agua viene del tejado y lleva décadas filtrándose.

Dejo escapar un largo suspiro y me giro hacia Autumn.

Sigue al otro lado del mostrador, de pie, con los brazos rectos y pegados al cuerpo.

Lleva un vestido azul oscuro como los que solía llevar hace años para fastidiar a su madre.

Se negaba a ponerse unos pantalones de pesca o a subirse al barco de la familia.

Hace diez años que se largó del pueblo y odio reconocer que todavía se me va la vista.

—Te voy a hacer un par de preguntas técnicas —digo mientras camino hacia ella—. Más tarde te paso un plan y, si lo ves bien, te preparo un presupuesto. En cuanto me digas que sí, entro con dos operarios y empezamos por la instalación eléctrica, que es lo que peor está.

—Está bien —responde bajito, asintiendo con la cabeza.

—¿Está bien? Ni siquiera sabes lo que te voy a cobrar. ¿Qué plazo tienes?

—Quiero abrir a finales de mayo. Antes de que arranque la temporada.

—Estamos a veinte de febrero y este local es un jodido desastre —le recuerdo.

Ni siquiera parpadea. Me sostiene la mirada, quizá con un atisbo de preocupación, pero firme.

—¿Es imposible? —pregunta.

Me doy la vuelta y observo de nuevo todo lo que hay que hacer.

Si tuviese un poco de dignidad o no necesitase trabajo, le diría que sí, que es del todo imposible.

A cualquiera de sus hermanas ni se les habría pasado por la cabeza pedirme un plazo así, pero Autumn siempre tuvo una sonrisa encantadora con la que conseguía casi todo lo que se proponía.

Así que cedo. Manda narices.

—Nada es imposible en esta vida. Si trabajamos seis días a la semana y no aparece ningún problema estructural, te la entrego para el veinte de mayo —admito con un soplido de resignación, girándome de nuevo hacia ella—.

Te quedaría una semana para meter el equipo nuevo y pasar la inspección sanitaria.

Si aparece algo estructural y es menor, te mantengo el plazo.

Si es un problema serio, no puedo darte una fecha exacta, porque ahora mismo es algo que no podemos saber.

—¿Y el presupuesto?

—Mañana te lo envío por correo.

—¿No me puedes dar una estimación? —insiste.

—Joder, Autumn —bufo—. A ojo, ahora mismo supongo que serían entre treinta y cinco y cuarenta mil dólares.

Es mucha obra. Necesito la mitad por adelantado para comprar los materiales.

La otra mitad te la cobro cuando acabemos y revises que está todo como querías.

Si te viene mejor otro calendario de pagos, supongo que podemos hablarlo —añado, aunque espero que me diga que así está bien porque no tengo liquidez para ofrecerle otra cosa que no sea esto.

Solo asiente despacio con la cabeza y me regala una de esas sonrisas por las que hubiese muerto hace diez años. Ya no funciona. Bueno, un poco, sí, pero sigo muy enfadada con ella.

—Una cosa más. Necesitaré una llave. Entraremos temprano cada mañana. Si quieres estar cuando lleguemos, dilo, pero los primeros días vamos a hacer mucho ruido y habrá polvo. Yo, de ti, no estaría cerca —le advierto.

—Estaré.

No le pregunto por qué.

La alcaldesa no me dio el nombre, podría habérmelo dado. Necesito el trabajo, pero al menos me habría preparado mentalmente para ello.

—Trátala bien, ¿de acuerdo? —fue lo único que añadió.

Eso tendría que haberme puesto en alerta.

Mientras recojo la carpeta del mostrador y me dirijo a la puerta, no puedo quitarme una idea de la cabeza.

Lleva diez años fuera, sigue siendo preciosa, pero ha perdido parte de esa seguridad en sí misma.

Ya no parece la chica rebelde que un día fue, la que le robaba el barco a su abuelo solo para llevarme a ver el atardecer desde el mar.

Casi parece que está a punto de romperse en cualquier instante.

—Wren —escucho muy bajito antes de salir.

Me giro. Sigue en el mismo sitio, con las manos todavía a los costados y los ojos un poco húmedos.

—Gracias —susurra.

***

Cuando me subo a la camioneta, hace frío de verdad. De ese frío húmedo de la costa que se te mete hasta en los huesos.

Arranco, pongo la calefacción a tope y conduzco hasta mi taller.

Al pasar la plaza del pueblo, no puedo evitar ponerme un poco melancólica.

Cuando íbamos al último año de instituto, nos encontrábamos en ese lugar, antes de que lo nuestro dejase de ser una buena amistad para convertirse en otra cosa.

Prefiero no pensar en ello y llamo a Iris desde el manos libres.

—¿Vas a aceptar el trabajo? —dice antes de que pueda saludar.

—Sí, lo acepto. Supongo que no tengo otro remedio —confieso.

—Bien.

—¿Por qué no me dijiste que era Autumn?

—Mira, tú necesitas el trabajo, y ella necesita a alguien que arregle ese local. Y al pueblo le viene bien una panadería para la temporada de verano. Todos ganamos.

Llego al semáforo de la calle del puerto, ese que casi nunca funciona, y hoy decide ponerse en rojo. No se ve ningún coche, pero aun así, espero a que cambie.

—Ya, solo que algunos ganan más que otros y para mí será una situación muy incómoda. La próxima vez avisa, por favor.

—No habrá próxima vez. Es la única Autumn Galligan que va a abrir una panadería en el pueblo —bromea, y justo después baja el tono de voz—. Trátala bien, ¿de acuerdo?

—Eso ya me lo dijiste.

—Lo sé, pero esa chica ya no es la Autumn que tú recuerdas. No te debería decir nada. Ahora mismo está bastante rota y tú eres mucho mejor persona de lo que aparentas.

A las dos se nos escapa una risa con esa última frase.

Iris fue de las primeras personas en saber lo mío con Autumn. Supongo que fue aquel verano que cumplimos dieciocho años y nos vio besándonos en el puerto.

Mi perra ladra en cuanto me detengo delante de la casa. Al bajarme, me pone las patas en el pecho y me mira como si llevase fuera una semana en vez de una hora.

—Hola, Mosca —le digo, rascándole entre las orejas. Ella resopla—. Ya. Lo sé. Estoy metida en un buen lío, lo hueles, ¿verdad?

Por la tarde no salgo del taller.

No hay nada urgente, pero saco el banco grande y me pongo con una puerta antigua que llevo dos semanas retrasando: hay que quitarle las bisagras viejas sin partirlas y limpiar después el rebaje. Es un trabajo para el que no hace falta pensar, y eso es justo lo que necesito ahora mismo.

A mi padre también le gustaban ese tipo de trabajos de vez en cuando.

Algo mecánico, de esos en los que no necesitas pensar y te ayudan a relajarte.

Yo no lo entendí del todo hasta que cumplí los veintidós, cuando volví del entierro y me encontré el taller tal como lo había dejado el viernes anterior.

A partir de ese momento me encargué de todo.

De las herramientas, de los encargos, del nombre: Hadlock & Hijas, aunque para entonces ya solo quedaba una, porque mi hermana no aparecía nunca por aquí.

Vive en Oregón y me manda un mensaje por mi cumpleaños.

Ponerme a currar para no pensar fue lo que me mantuvo en pie tras su muerte.

Y hoy tiene un efecto parecido.

Frank entra a las cinco y media con dos cafés.

—Toma —dice, dejando uno delante de mí.

Se bebe el suyo apoyado en la pared mientras Mosca le olisquea las botas. Se conocen desde que la perra era un bebé y sabe que siempre trae algo de comida. Al principio no pregunta nada, solo se toma su café con calma y mira la puerta que estoy desarmando.

—Me dijo la alcaldesa que mañana empezamos en la vieja panadería —murmura sin dejar de mirar su taza.

—A las siete. La dueña quiere estar dentro. Le dije que no era buena idea, pero es bastante terca. Por cierto, no le va bien el ruido —añado.

Frank levanta una ceja, sorprendido.

—¿En qué sentido? —pregunta confuso.

—Se sobresalta con los ruidos fuertes. Lo noté mientras revisaba el local para preparar el presupuesto.

—¿Hay alguna razón?

—No lo sé, Frank. No insistas, ¿vale?

—Es la pequeña de las hermanas Galligan, ¿verdad?

—Sí, esa.

—¿No erais muy amigas hace años? —insiste.

—Algo parecido —admito con un suspiro.

Solamente asiente y se va.

Mosca se acerca a mí y apoya el morro en mi muslo.

—No me mires así.

Sigue con la misma cara, como si supiese que no estoy bien.

—Mañana —le digo—. Mañana será otro día.

La perra no opina. Pero, a su manera, parece darme la razón.