El faro de Grey’s Cove (Bahía de las langostas 2)
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Capítulo 1
Autumn
Cuando el cartel surge entre la nieve, todo mi cuerpo me grita que dé la vuelta.
Lo pintaron hace por lo menos quince años, si mal no recuerdo, y todavía repasan la cifra en blanco todos los veranos. Es como si alguien hubiese decidido, por puro acto de fe, que el pueblo iba a crecer. No lo hace, lleva años perdiendo gente y cada invierno se larga alguien más de este lugar.
Freno sin pensarlo. No porque la carretera sea mala, esa me la sé de memoria. Es que las manos me tiemblan otra vez y no me apetece acabar con el coche metido en una cuneta antes de llegar.
Una década sin pisar este sitio. El abuelo Bill murió hace año y medio y no vine a su funeral.
He parado dos veces a vomitar desde que salí de casa. La última, hace una hora, en un área de servicio cerca de Bath. Una mujer mayor con un perro me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que no con una sonrisa tan ensayada que incluso me dio vergüenza a mí misma.
La nieve cae hoy de lado, espesa. No es la nieve seca del interior ni tampoco esa blanca y mullida que sale en las películas.
Es la nieve costera de Maine, la que se pega al asfalto y se convierte en hielo en cuanto baja un grado.
El faro de Grey’s Cove asoma y se esconde a mi izquierda en cada curva.
Igual que hace diez años antes de marcharme, posiblemente igual que antes de que yo naciese.
Si pudiese parar el tiempo justo en este tramo, lo haría. Es el último momento en que todavía puedo dar marcha atrás y desaparecer de nuevo.
No lo hago y antes de darme cuenta, el pueblo se me echa encima como una marea.
La gasolinera de Bert sigue cerrada por el invierno.
El letrero todavía promete el mejor café del condado, como si Bert hubiese preparado alguna vez un café decente.
Cruzo las primeras calles y la tienda de Cranston tiene una luz encendida en el escaparate.
La carnicería de Judy ya ha cerrado. El Rusty Anchor, en cambio, empieza a llenarse de gente.
Es lunes, pero para los pescadores el lunes es un día cualquiera: lo que manda son las mareas y el clima, no el calendario.
Cojo el desvío hacia la cala y la carretera se estrecha. Las copas de los árboles se han cargado de nieve. A doscientos metros, donde el camino de grava hace la última curva, aparece la vivienda.
Es tal como Iris me la describió por teléfono. Una casita de pescador antigua, de las que ya nadie construye, con la madera comida por el salitre y un porche que mira al mar. Dos habitaciones, un pequeño salón con chimenea, un tejado que aguantará el invierno.
Aparco delante y apago el motor.
Pero me quedo dentro.
El cielo ya se ha teñido de ese gris azulado que dará paso a la noche y la nieve se amontona en el parabrisas. Si me quedo aquí diez minutos más, dejaré de ver lo que hay fuera. Ni el porche, ni la casa, ni el camino de grava.
Es el recuerdo de Julien lo que me devuelve a la realidad y eso me da tanta rabia que abro la puerta de golpe.
Sobre todo, su tono de voz. “No sobrevivirás sola. No eres nada sin mí”, me dijo cuando me marché.
Pues voy a sobrevivir. Aunque solo sea por joderle.
Saco la bolsa de viaje del asiento de atrás y la nieve me cala el abrigo antes de llegar al porche. Al menos, la llave entra a la primera en la cerradura. Lo tomo como una buena señal, aunque sepa de sobra que no significa nada.
Dentro huele a casa cerrada durante meses, que siempre es mejor que oler a Julien.
Todas las luces funcionan. Otra buena señal.
Me han dejado leña apilada junto a la chimenea y leche y huevos en la nevera. Iris también ha pegado un post-it amarillo en la mesa de la cocina, con esa letra enorme y autoritaria suya de dos décadas como alcaldesa.
“Bienvenida al pueblo, Autumn. La casa está limpia y la calefacción funciona, aunque hace un ruido raro al arrancar, así que no te asustes. Recuerda que mañana a las nueve tienes cita con Henshaw para la firma. Llámame si necesitas cualquier cosa. P.D.: Tus hermanas saben que llegas hoy”.
Mierda.
Todavía con el abrigo puesto, me siento en la silla y releo tres veces esa última frase.
Nora seguro que me escribe esta noche. Algo amable y medido, de abogada, calculado para no presionarme, pero al mismo tiempo para recordarme que está ahí si la necesito. Hannah no. Hannah no va a escribir.
Tendré que ir a verlas. Quizá no mañana, pero sí en los próximos días.
Subo a la habitación y me dejo caer en la cama. Fuera, la nieve ya ha enterrado el coche que me trajo de vuelta.
***
Maggie O’Brien tiene setenta y dos años y las manos llenas de manchas de edad, pero la sonrisa que me dedica cuando entro por la puerta del bufete de Henshaw ilumina la sala.
—Vaya, mira lo que nos trae el invierno —dice, levantándose para abrazarme con fuerza—. Autumn Galligan. La nieta más rebelde del viejo Bill.
Me da un golpecito suave en el brazo, como si todavía fuese una niña.
—Vamos. Henshaw ya tiene los papeles preparados. Y café, estoy segura de que te vendrá bien una taza.
La firma no dura más de diez minutos. Yo creo que Henshaw es el único abogado que ha tenido este pueblo en décadas y no le gusta perder el tiempo.
Aun así, explica cada cláusula como si fuese una niña de cinco años y me repite tres veces que los pagos al banco están al día.
Al terminar, me pregunta si entiendo lo que estoy a punto de firmar o si prefiero que lo mire Nora.
—Antes de seguir —dice sin levantar la vista de los papeles—, hay otro asunto pendiente. Lo de las dos casas. Nunca has aceptado la herencia de tu abuelo, pero legalmente sigues siendo dueña de un tercio de cada una de ellas.
—No las quiero —me apresuro a responder.
—Me tenéis loco tú y tus hermanas con esa herencia —gruñe, mirándome por encima de las gafas de pasta.
—No voy a firmar nada. Esas casas son de Nora y de Hannah. Viven en ellas.
Henshaw bufa y regresa a los papeles de la panadería.
Setenta y cinco mil dólares por el total del negocio.
Incluyendo local, horno, moldes, recetas y el nombre.
La alcaldesa lo negoció para mí a un interés simbólico y una buena parte del dinero sale del fideicomiso de mi abuela Maeve, que se libera cuando cada una de sus nietas cumple los veintiocho.
No es una fortuna: a Hannah se le fue hace tiempo sacando adelante a los niños ella sola, y Nora lo gastó en la entrada de un piso de Boston que luego vendió.
A mí me llega para iniciar una nueva vida en un pueblo al que juré no volver jamás.
Ironías del destino.
***
La Panadería del Ancla no es bonita.
Eso es lo primero que pienso cuando consigo girar la llave y entrar. Quizá un día lo fue.
Es un local estrecho y largo, con las paredes pintadas de un color amarillo cremoso que se ha ido apagando con los años. Fuera, en la calle, el viento de Maine aúlla.
Y aun así, cierro los ojos y respiro hondo. Hace muchos años, mi abuela trabajó en este lugar.
Hago una lista: electricidad, fontanería, ventilación.
Hay que pasar la inspección y abrir antes de junio, debe estar listo para los turistas que llegarán con sus prisas, recorriendo los pueblos de pescadores de la zona.
Si no consigo abrir para esa fecha, el plan de negocio que preparé se va al garete y vuelvo a no tener absolutamente nada.
Escucho tres golpes en la puerta y me sobresalto tan fuerte que mi cadera choca con la mesa. Me agarro al borde de la madera con las dos manos y cuento hacia atrás desde diez, como me enseñó la terapeuta.
Pero esto no es la cocina de Julien.
Aquí nadie va a gritarme.
Vuelven a llamar.
Iris me dijo que la contratista vendría a las once.
Veo su silueta tras el cristal esmerilado. Alta, de hombros fuertes. Esbozo la sonrisa profesional que aprendí durante años en cocinas que no eran amables conmigo y abro.
—¡Me cago en la puta, joder! ¿Qué haces aquí? —gruño.
Wren Hadlock me mira confusa, imagino que con la misma expresión que debió poner cuando la dejé sin dar ninguna explicación. Lleva el pelo más corto, con esa marca de sol y sal de los que curran al aire libre en esta zona. Hay una cicatriz en la mandíbula que antes no estaba.
—¿Autumn?
—Hola, Wren —saludo.
—No sabía que eras la nueva propietaria.
—Yo tampoco sabía que tú serías la contratista. Iris no me dijo nada.
—Ya, bueno, es que literalmente hay solo una empresa de reformas en el pueblo. Hadlock & Hijas, y desde que mi padre murió de un infarto, la llevo yo. Suelo venir en persona para los proyectos grandes —añade.
—¿Esto es un proyecto grande?
Solo se encoge de hombros.
—Bueno —dice sin mirarme—. ¿Empezamos?