45. La partida ciento nueve
La partida ciento nueve
El camión vino el jueves, cargó lo que traía en el listado y se fue a las once y media de la mañana.
Las cinco cajas del borde de la mesa no iban en el listado, porque estaban encima de una mesa y no en su balda, y porque Tobías Lem, que en dieciocho años no se había saltado una regla, no dijo nada aquella mañana ni ninguna de las siguientes.
Elena tampoco. Hay conversaciones que se tienen mejor sin tenerlas.
Con el sótano otra vez en silencio, se sentó a escribir el tercer oficio.
Los dos primeros habían vuelto con razón y sin permiso. El organismo que cuida la torre no podía autorizar nada sobre una caja que no estaba en su inventario. El juzgado no podía ordenar una diligencia en un caso que ya no existía. Los dos tenían razón, y por eso los dos eran inservibles.
Elena llevaba diez meses leyendo impresos. Sabía una cosa que no se aprende en ningún sitio y que solo sirve dentro de una administración: cuando una puerta no se abre, casi nunca es porque esté cerrada. Es porque se está llamando a la puerta equivocada.
No volvió a pedir que abrieran una caja fuerte. Pidió otra cosa, y lo escribió así:
Asunto: ejecución de partida pendiente del contrato de automatización del faro de Cabo Niebla.
En el presupuesto inicial de la obra figura la partida n.º 109, «Apertura de caja fuerte existente en planta primera, retirada y transporte a vertedero», excluida del contrato definitivo con la anotación manuscrita «Pendiente de instrucciones».
Habiendo transcurrido diecisiete años sin que dichas instrucciones se hayan cursado, se solicita que se impartan, y que se dé traslado de lo que resulte del interior del elemento, a efectos de incorporación al expediente A7/114-CN.
Lo leyó tres veces antes de subirlo al registro. Ninguna de las tres le gustó, y las tres le parecieron exactas.
No pedía abrir nada. Pedía tirar un trasto.
La contestación tardó veintidós días y ocupaba cuatro líneas.
Autorizaba la ejecución de la partida 109 con cargo al mantenimiento ordinario de la zona, avisaba de que la actuación no tenía carácter de diligencia y recordaba que el material retirado debía gestionarse conforme a la normativa de residuos.
La firma era una rúbrica sin nombre debajo, de las que se hacen en un segundo, y encima ponía «El jefe de conservación».
Un hombre que no había oído hablar de Adrián Losa en su vida acababa de firmar debajo de la palabra «ábranla», sin usarla.
* * *
Suárez lo organizó en dos llamadas.
—Media hora —dijo—. Se lo dije la otra vez. Mando a dos, con la radial.
—¿Puedo estar delante?
—Por mí, como si trae usted sillas.
Fue el jueves siguiente, el tercer viaje de Elena a Punta Gris. Salió a las cinco y media de la mañana, con su coche y su gasolina, porque la Unidad de Casos Abiertos seguía sin pagar desplazamientos, y llegó al cabo con la última luz, que en aquella costa es poca y se va pronto.
La niebla estaba puesta desde media tarde, como quien lleva un rato en una habitación y ya no se le nota.
Arriba, la torre encendía y apagaba a su hora, sin nadie dentro, y la sirena daba su mugido cada pocos minutos: la caja gris con la antena hacía sola lo que durante diecinueve años había hecho un farero.
En la explanada había dos furgonetas. La de la empresa y la de la Guardia Civil.
—Me llamó Suárez —dijo Pumar, encogiéndose dentro del capote—. Por lo del acta de los residuos. Y porque alguien tiene que firmar que lo que sale de ahí sale de ahí.
—Usted otra vez.
—Yo otra vez.
Nuria Ínsua estaba a cincuenta pasos, en la puerta de la estación marina, con la luz de dentro recortándola. No se acercó. Se quedó mirando desde allí, con los brazos cruzados, como quien mira una obra en la casa de al lado.
Los dos operarios subieron la radial y un taladro con sus baterías, a la planta primera en tres viajes, por el primer tramo de la escalera, y tardaron once minutos en dejarlo montado.
La caja era un cubo de hierro pintado de verde, del tamaño de una lavadora pequeña, con el tirador comido de salitre y una pegatina de un fabricante que ya no existe.
Llevaba veinte años cerrada y diecisiete esperando instrucciones.
—Hay que cortar la corriente —dijo el más joven, y señaló la pared, por donde bajaba en su tubo el cable de la linterna—. La caja está pegada al cable. Con una radial al lado, eso no se toca con corriente.
La radial era de batería. El faro, no.
Cortaron la corriente.
La torre se apagó.
Elena estaba de espaldas a la ventana y la notó en la pared: la niebla, que hasta ese momento se encendía y se apagaba cada pocos segundos al otro lado del cristal, dejó de encenderse.
La sirena se paró a mitad de un mugido. Y abajo, en las rocas, cientos de cormoranes se levantaron a la vez, en una nube negra que dio una vuelta entera sobre el agua antes de volver a posarse, igual que se levantaban cada vez que sonaba lo que no tenía que sonar.
El faro de Cabo Niebla estuvo a oscuras veintiséis minutos.
A los tres minutos, el teléfono de Pumar sonó en el bolsillo del capote. Era el Puesto: la central de Señales Marítimas, a doscientos kilómetros, había recibido la alarma de la caja gris y llamaba para saber qué pasaba en el cabo.
—Nada —dijo Pumar—. Que estamos aquí.
Colgó y se quedó mirando la ventana negra.
—Tres minutos —dijo, y no hizo falta que dijera más.
En 2004 no había caja gris. En 2004, el faro se había apagado a las once y media de la noche y el aviso había tardado veinticinco minutos, y lo había dado una mujer desde un barco encallado, con la voz de quien ya sabe que va a tener que explicarlo el resto de su vida.
* * *
La caja se abrió a las siete y cuarto, con un chirrido corto y sin ninguna ceremonia.
Por dentro de la puerta llevaba otra etiqueta del fabricante, y en ella, a bolígrafo, la combinación: 894 672 351.
Era la de fábrica. Nadie la había cambiado nunca, porque nadie había mandado cambiarla.
Adrián Losa, que lo apuntaba todo, no la había apuntado en ninguna parte: lo que se marca todos los días no se apunta.
Se la sabía de memoria, y se la llevó con él.
El más joven metió la mano y sacó lo único que había dentro.
Un sobre de papel marrón, tamaño folio, sin sellar. Sin nombre.
Bueno: con nombre no, pero con letra sí. En la cara de delante, escrito a lápiz, con letra de imprenta pequeña y derecha, ponía:
Ya está por escrito. A. L.
Pumar sacó del capote el acta empezada y una bolsa, y Elena tuvo que pedirle un minuto, y luego otro, porque las manos no le iban.
Las hojas estaban dentro. Siete. Con los bordes rasgados por el lado izquierdo, exactamente igual que el hueco que llevaba tres meses abierto encima de su mesa, en el centro del cuaderno de servicio.
Una página por noche, del 27 de octubre al 2 de noviembre de 2004.
La letra de siempre: la hora de encendido, el viento, la visibilidad y los barcos a la vista. Y debajo, en cada una, otra cosa que no había estado nunca en ninguna página de aquel cuaderno. Las dos primeras decían:
27 oct · Claro, sin bruma. Sirena en marcha a las 23:05 sin motivo. Dos embarcaciones por la bocana sin luces de navegación, rumbo al muelle tres. Grúa a las 23:40.
28 oct · Claro. Sirena en silencio. Nada.
Así los siete días, uno detrás de otro, con la paciencia de un hombre que apunta lo que ve aunque no entienda todavía para qué.
Noches sin nada y una noche con todo. La última, la del lunes 2, la había cerrado de madrugada, como todas.
Debajo había una sola línea más, con la letra un poco más grande, como se escribe cuando por fin se ha entendido algo. Ponía:
Apagan la luz los martes y descargan en el muelle tres.
Elena leyó la frase de pie, con la radial todavía humeante detrás y los dos operarios recogiendo las herramientas.
«Apagan la luz» no era el faro. Losa lo sabía mejor que nadie: en aquel cuaderno no faltaba una sola noche de encendido, y el suyo no se apagó nunca. Eran las luces de los barcos.
Y los martes eran los martes.
* * *
La estación marina olía a agua de mar guardada, igual que la primera vez.
Nuria puso los cuadernos de campo encima de la mesa larga, uno detrás de otro, con las tapas hinchadas por la humedad: los de aquel año estaban en su casa y los fue a buscar sin que Elena se lo pidiera.
Diecisiete años de anotar a lápiz la hora exacta en que la colonia levanta el vuelo, porque cuando suena la sirena se levantan todos, y lo que se levanta se apunta.
Estuvieron hasta las once de la noche.
Elena leía la hora de una página de Losa y Nuria buscaba el día en su cuaderno y leía la suya, y las dos coincidían, minuto arriba o minuto abajo, siete veces seguidas.
El 27 de octubre, las 23:05 en los dos papeles.
Dos personas que no se hablaban, que se habían dicho lo que se dijeron delante de media lonja, habían apuntado lo mismo la misma noche y a la misma hora, cada una en su cuaderno, sin saber que la otra estaba apuntando.
Y había una hora más.
En el cuaderno de Nuria, el 3 de noviembre de 2004, a las 23:15, la colonia entera se había levantado de las rocas. Esa noche no había niebla y la sirena sonó igual.
Esa página, en el cuaderno de Losa, no existe. La estaba escribiendo cuando bajó a mirar.
—Un dato solo no vale nada —dijo Nuria, sin levantar la vista—. Dos datos tomados por separado ya son otra cosa.
Elena cerró la libreta.
Por primera vez en tres meses tenía algo que no dependía de que alguien se acordara, ni de que alguien quisiera hablar, ni de que a alguien se le hubiera olvidado firmar un folio. Tenía dos cuadernos escritos a lápiz por dos personas que no se soportaban.
A las siete y veinte de aquella tarde, cuando los operarios volvieron a dar la corriente, la torre se había encendido otra vez, y los cormoranes habían bajado a las rocas como si no hubiera pasado nada.
En el cabo, todo volvía siempre a su sitio. Ese había sido siempre el problema.