46. Llámame cuando llegues
Llámame cuando llegues
El informe le salió en cuatro folios, y los cuatro empezaban por lo que había y no por lo que ella pensaba.
Lo escribió en dos tardes, a máquina de las de ahora, en el impreso de siempre, con los apartados en su orden: objeto, antecedentes, documentación examinada, diligencias practicadas por terceros y conclusiones.
En el sótano no hay otra manera de escribir, y Elena llevaba diez meses aprendiendo que esa manera, que parece de funcionario aburrido, es la única que aguanta veinte años en una caja sin que nadie la pueda discutir.
No puso ni un adjetivo. Puso números.
La hoja de incidencia n.º 31 de la estación costera, con la hora, el sello morado y la transcripción de las letras.
El desplazamiento de siete y lo que dicen esas letras cuando se corren siete sitios.
La fila de números del margen del parte meteorológico y lo que dicen cuando se leen como los lee un niño.
La nota del bolsillo de la gabardina, cotejada letra por letra con las ochenta y ocho noches del cuaderno de servicio.
Las siete páginas, recuperadas el 12 de marzo del interior de una caja fuerte de la planta primera del faro de Cabo Niebla, en ejecución de la partida 109 del presupuesto de la obra de automatización.
Los cuadernos de campo de la estación marina, diecisiete años de horas apuntadas a lápiz.
Las cuatro declaraciones del 4 de noviembre de 2004, cruzadas entre sí por primera vez desde entonces.
Y, al final, el apartado que no había escrito nunca en aquel sótano. Conclusiones. Las tres últimas decían:
Quinta. De lo actuado resulta que la señal acústica del faro fue manipulada para sonar los martes en ausencia de niebla, coincidiendo con la entrada en la bocana de embarcaciones sin luces de navegación y con descarga en el muelle tres sin documento de transporte; que dicha actividad figura amparada por permisos de ocupación firmados por D.
Emilio Cardús; que D. Adrián Losa dejó constancia escrita de todo ello en siete páginas del cuaderno de servicio, que él mismo sustrajo y guardó el día 3 de noviembre de 2004; y que esa misma noche, a las 23:12, se transmitió por el canal 16 el aviso de que la torre quedaría a oscuras entre las 23:30 y las 24:00.
Sexta. La declaración de D. Tomás Iriarte, que afirma haber permanecido en su domicilio con la luz encendida, resulta incompatible con la de Dña.
Rita Vergara, que declara haber visto la casa del acantilado a oscuras al pasar bajo el cabo.
La luz de la linterna fue desconectada a mano.
El acceso a la torre no presentaba signos de violencia.
Séptima. Los hechos descritos en la conclusión quinta, en cuanto pudieran ser constitutivos de delito contra la vida de D. Adrián Losa, se encuentran prescritos desde el 3 de noviembre de 2024.
Leyó la séptima tres veces. Estaba bien escrita. Decía exactamente lo que había pasado y decía, en la misma frase, que ya no se podía hacer nada.
Hay oficios en los que la verdad llega a tiempo. El suyo no era uno de ellos.
* * *
Lo demás no estaba prescrito, y eso lo puso aparte, en un anexo de página y media, porque no era del caso 114-CN y ella lo sabía.
Seis barcos con la matrícula recién pintada, fotografiados desde el espigón el 16 de noviembre. Un candado nuevo en la cadena del muelle tres. La concesión de invierno del muelle, a nombre del astillero, renovada cada año sin una sola alegación. Y los martes, que siguen siendo los martes.
Se lo mandó a Pumar por conducto, con su número de registro de salida, como se manda todo, y lo llamó después para avisarle de que iba, porque un papel que llega sin avisar tarda semanas en que alguien lo abra.
Pumar tardó cuatro días en contestar.
—Lo he leído dos veces —dijo—. La segunda con el sargento.
—¿Y?
—Que lo de 2004 no lo puede tocar nadie. Ya lo sabe usted.
—Ya lo sé.
—Lo de ahora sí. —Hubo un ruido de silla, el mismo de la primera llamada—. Lo de ahora es de este año.
Elena esperó.
—Los martes bajo yo al puerto —dijo Pumar—. A partir de la semana que viene. Sin coche patrulla, que aquí eso lo ve todo el mundo. A pie, como quien pasea.
—Le van a preguntar qué hace.
—Que pregunten. Llevo once años con un armario del que no sale nada. —Una pausa—. Un armario del que no sale nada es un trastero. Eso ya se lo dije.
No dijo que fuera a detener a nadie, porque no iba a hacerlo. Un cabo de un puesto con más costa que gente no detiene a un hombre que tiene el astillero, la concesión y a medio pueblo trabajando. Pero un hombre que descarga de noche necesita, sobre todo, que a esa hora no haya nadie mirando.
Y a partir del martes siguiente, en el muelle tres, había alguien mirando.
* * *
A Nuria la llamó desde el sótano, un viernes a última hora, con el tubo del techo encima y el flexo apagado al lado.
Le contó lo de la sirena: que no era una avería, que el automatismo llevaba trucado desde marzo de 2004, y que ella, con su cuaderno y su costumbre de apuntar la hora, había estado midiendo durante meses el reloj de un contrabando sin saberlo.
Nuria no dijo nada durante un rato largo.
—Yo lo escribí cuatro veces —dijo al final—. A Señales Marítimas. Con tablas.
—Lo sé. Están en el expediente.
—Y él no quiso firmar conmigo.
Elena miró la fotocopia que tenía delante, la de la última página, la del lunes 2 de noviembre, con la letra un poco más grande al final.
—Nuria, en octubre él bajó a la estación a decirle que usted tenía razón.
—Y yo pensé que hablaba de la sirena, y él me dijo que no era eso. —La voz le salió más seca—. Llevo veinte años dándole vueltas a esa frase.
—No era la sirena. Era lo otro.
—¿Lo otro?
—Lo de cobarde. —Elena lo dijo despacio, porque no había otra manera de decirlo—.
Usted le dijo delante de media lonja que ponerlo por escrito no servía de nada y que él era un cobarde.
Y él le dio la razón. Se fue a la torre y lo puso por escrito, siete noches seguidas.
En el sobre donde lo guardó escribió cuatro palabras: «Ya está por escrito».
Al otro lado no se oyó nada. Ni una silla, ni un papel, ni el mar.
—No se lo dije para que lo hiciera —dijo Nuria.
—Ya lo sé.
—Se lo dije porque estaba enfadada.
—Ya lo sé —dijo Elena—. Pero lo hizo.
Cuando colgó, se quedó con la mano encima del teléfono un momento. En diez meses había dado muchas noticias por aquel auricular, y todas eran de gente que ya no estaba. Aquella era la primera que servía para algo, y tampoco era buena.
* * *
Un jueves, a las nueve y diez de la noche, Elena sacó el teléfono, buscó el número de Tomás Iriarte y lo dejó en la pantalla, encendido, sin marcar.
Se lo había prometido, y las dos partes de la promesa contaban.
«Si encuentra lo que busca, no me lo cuente.
» Eso le había pedido él, y ella no se lo podía prometer, porque lo que se escribe en un expediente lo lee quien tiene derecho a leerlo, y el sobrino de un desaparecido tiene ese derecho.
Un día, dentro de unas semanas o de unos meses, a Tomás Iriarte le llegaría un impreso con un sello, o se sentaría enfrente de un hombre de uniforme, y sabría el nombre.
Lo otro sí se lo había prometido. «Llámeme si no lo encuentra», le había dicho. «Si un día lo deja, si se cansa o si la mandan pararlo, me llame y me lo diga. No quiero enterarme por un papel de que se acabó.»
Elena no lo dejó, no se cansó y no la mandó parar nadie.
Así que el teléfono de Tomás Iriarte no sonó aquella noche, ni ninguna otra.
Y él, que llevaba veinte años esperando una llamada que no hizo, iba a entender perfectamente lo que significaba aquel silencio. Era la única conversación que podían tener los dos, y la tuvieron sin decir una palabra: ella no llamó, y eso quería decir que lo había encontrado.
Su tío le había dicho lo mismo en septiembre de 2004, por teléfono, en la única llamada que le hizo en todo el año.
Llámame cuando llegues.
* * *
Al día siguiente, a las siete y veinticinco de la tarde, Elena se levantó de la mesa con la caja 114-CN en las manos.
Pesaba lo que pesan todas: casi nada. Un atestado de treinta y tantas hojas, un informe forense de dos folios, un cuaderno de servicio, tres quejas grapadas, un sobre con siete páginas y una ficha con cuatro nombres.
El peso de una caja no tiene nada que ver con lo que hay dentro.
Eso lo había aprendido en el pasillo de la 2-C, con la rodilla.
Bajó por el pasillo hasta la estantería, y la devolvió a su balda antes de las siete y media, como manda la regla que Tobías Lem no escribió nunca en ninguna parte.
Antes de dejarla, sacó la hoja de consultas que llevaba pegada por dentro de la tapa.
Tenía una sola línea, con su fecha de noviembre, su nombre y una palabra: «revisión».
Elena escribió la segunda debajo, a bolígrafo, que es lo que se usa para lo definitivo, con la fecha de aquel día y su nombre otra vez. Y al final, en la casilla del motivo, donde llevaba diez meses escribiendo la misma palabra, escribió otra distinta.
«Propuesta de remisión al Archivo Histórico.»
Un expediente prescrito solo tiene dos salidas, y una es el camión. La otra es que alguien diga por escrito que aquello se guarda.
Firmó. Volvió a poner la hoja en su sitio, cerró la tapa y dejó la caja en la balda, en el hueco exacto del que la había sacado tres meses antes.
Después volvió a la mesa, se sentó y miró las otras cuatro.
Seguían en el borde, en fila y sin cerrar, tal como las había puesto la noche de la bombilla. 207-VH. 311-HM. 402-CR. 518-VS.
El flexo estaba encendido, y su luz llegaba justo hasta el borde de la mesa.