El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 44. Once y media
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44. Once y media

Once y media

Las letras de Olvido Arnáiz no eran del mar.

La puso en el centro del círculo del flexo y le dio la vuelta a una tarjeta para escribir por detrás.

Un lápiz sirve para apuntar. Para leer hace falta otra cosa.

Elena rayó la tarjeta con la regla, como se raya una hoja de consultas, y escribió arriba el abecedario entero, sin la eñe, que en estas cosas no cuenta.

Debajo escribió el mismo abecedario otra vez, empezando por la B.

Luego por la C. Era un trabajo de sótano: mecánico, lento y sin ninguna gracia, de los que se hacen con el hombro y no con la cabeza.

Cada intento le llevaba dos minutos y salía siempre lo mismo, una fila de sílabas que no eran de ningún idioma.

A las doce y diez lo vio.

No lo vio leyendo: lo vio contando, que es lo suyo.

Olvido había apuntado las letras en grupos, tal como se las dictaron, y entre ellos había uno de tres letras que se repetía igual más adelante.

SHZ. Dos veces. Un aviso de cuarenta segundos que se da una sola vez tiene pocas palabras, y si una de tres letras aparece dos veces en un mensaje sobre una hora, hay una que va por delante de todas las demás: «las».

De la ese a la ele hay siete letras hacia atrás.

Elena corrió el abecedario siete sitios y lo demás vino solo, de un tirón, como se abre una caja cuando por fin se le quita la cinta.

Fue escribiendo a lápiz, letra por letra, sin adelantarse, porque adelantarse es la manera más rápida de leer lo que uno quiere leer.

Cuando terminó, se apartó un poco de la mesa y miró la tarjeta desde donde la habría mirado alguien de pie. Ponía:

LA TORRE ESTARA A OSCURAS ENTRE LAS ONCE Y MEDIA Y LAS DOCE

Un faro que llevaba diecinueve años encendiéndose a su hora, todas las noches, sin saltarse ninguna. Y a las 23:12, dieciocho minutos antes, una voz sin nombre anunciaba por el canal de socorro a qué hora iba a apagarse y durante cuánto tiempo.

Aquello no era una advertencia. Una advertencia se da para que alguien se aparte. Aquello era un horario.

Elena se levantó, dio cuatro pasos hasta la estantería de al lado y volvió, que era todo el paseo que permitía el sótano a esa hora.

En diez meses había leído ciento y pico cajas de gente que se había ido, que había desaparecido o que había aparecido en un descampado.

Todos los papeles de aquellas cajas se escribieron cuando ya había pasado todo: atestados, informes, declaraciones y cartas de familia que preguntaban.

Era la primera vez que tenía delante una frase escrita antes.

Escribió la hora en la libreta, debajo de todo lo demás, y no escribió ningún nombre. Todavía no tocaba.

* * *

Los números fueron más rápidos, y eso la avergonzó un poco.

Estaban en la otra cara del parte meteorológico, a lápiz, en el margen, en una fila apretada que Pumar le había enseñado dentro de su bolsa de plástico el primer día.

Nadie en veinte años había sabido decir qué eran.

Elena los copió en una tarjeta, separados por comas, y lo primero que hizo fue lo que hace un archivero con cualquier serie de números: mirar el mayor y el menor.

Ninguno pasaba de veintiséis. Ninguno era cero.

Es el código que se inventan todos los niños del mundo la primera vez que quieren escribir algo que no lea su hermano. Uno, la A. Dos, la B. No hay que ser nadie para usarlo. Solo hay que tener prisa y estar seguro de que quien lo lea va a tener tiempo.

Veintidós números. Veintidós letras. Decían:

MUELLE TRES CARGA SIN GUIA

Elena se quedó mirando la palabra «guía» hasta que dejó de ser una palabra.

La guía es el papel que acompaña a la carga: qué es, de quién es, de dónde viene y adónde va.

Una carga sin guía es una carga que no existe.

Un hombre que vive en lo alto de una torre, que tiene delante la bocana entera y el puerto al fondo, había escrito con un lápiz, en el margen de un parte del tiempo, que en el muelle tres se descargaba mercancía que no existía.

Y después había escrito algo más, por detrás, con la letra temblorosa que un laboratorio describió cuatro meses más tarde sin llegar a leerla.

Esa fue la parte larga.

Elena no era perito y no le hacía falta serlo, porque el laboratorio había dicho exactamente lo que le faltaba: muestras indubitadas.

Papeles de los que se sabe con certeza quién los escribió.

En la mesa, a menos de un palmo, abierto por los siete bordes rasgados, había un cuaderno de servicio con ochenta y ocho noches de la misma mano, todas fechadas y todas escritas en la misma mesa de la misma torre.

La hora de encendido, el viento, la visibilidad, los barcos a la vista y las incidencias.

Nadie lo había mandado nunca al laboratorio. Estaba en la misma caja que la nota.

Lo que hizo Elena aquella noche no fue leer.

Fue emparejar. Buscar en el cuaderno cada letra que se le resistía en la nota y ponerla al lado, en la misma tarjeta, para ver si eran la misma.

La eme de «mar», que Adrián Losa cerraba con un ganchito, igual que la de la nota.

La erre de «marejada», que le salía con el palo largo.

Las emes, las erres y las eses, una por una, con la foto ampliada en la pantalla del móvil y la lupa del depósito de material, que era de plástico y arañaba.

En el fondo era un criptograma, como los de los periódicos: cada garabato era una letra y había que averiguar cuál. La clave llevaba veinte años en la misma caja.

Tardó tres horas largas. Se le durmió la rodilla mala y no se levantó a estirarla.

Cuando terminó tenía doce palabras, y las doce estaban escritas para que las leyera cualquiera menos él. Decían:

Si me pasa algo, mirad quién firma los permisos del muelle tres.

Elena dejó el lápiz.

La había escrito en el reverso de un parte del día 3 de noviembre.

No era un papel viejo cogido al azar: era el parte de aquella misma mañana, con el viento y la mar de aquel día.

Lo había escrito con la mano fría, de pie y sin apoyo, el mismo martes, sabiendo que era martes.

Y luego se lo había metido en el bolsillo de la gabardina, que es donde se lleva una cosa que se quiere tener encima.

A alguien, hacía veinte años, le había parecido importante saber de quién era aquella letra.

Elena era la primera persona que preguntaba qué ponía, y le había costado una noche.

* * *

Eran casi las cuatro de la mañana cuando por fin alargó la mano hasta el otro extremo de la mesa, donde llevaban toda la noche esperando, fuera del círculo de luz, las cuatro declaraciones con sus clips.

Primero, lo que dicen las cosas. Después, lo que dice la gente. No había roto su método en diez meses y no lo rompió aquella noche: lo cumplió hasta el final, que es otra manera de llegar tarde a propósito.

Les quitó los clips y las puso en fila, las cuatro, como se ponen las horas de una noche.

Cuatro personas, cuatro frases, la mañana siguiente, por separado, en una oficina con una estufa y una máquina de escribir.

Rita Vergara: «Volvía a puerto en el Santa Ola. Al pasar bajo el cabo, la casa del acantilado estaba a oscuras.»

Emilio Cardús: «Rita dice la verdad.»

Nuria Ínsua: «Emilio no estuvo en la sala de la linterna.»

Tomás Iriarte: «Yo estuve toda la noche en casa, con la luz encendida.»

Elena las leyó tres veces y a la tercera dejó de leerlas de arriba abajo y las leyó de lado, cruzadas, que es como se leen cuatro papeles que llevan veinte años en la misma carpeta sin haberse visto nunca.

La casa del acantilado estaba a oscuras.

Yo estuve toda la noche en casa, con la luz encendida.

Las dos frases estaban en el mismo atestado, a unos folios de distancia.

El sargento Quintás las había tomado el mismo día, con el mismo papel de calco, y las había archivado una detrás de otra sin ponerlas nunca juntas, porque cada una contestaba a una pregunta distinta: a Rita le preguntaron por la luz del faro, y a Tomás, por él.

Nadie las cruzó. Veinte años.

Elena las cruzó a las cuatro de la mañana, en un sótano dos plantas por debajo de la calle, y la casa del acantilado se le quedó encendida y apagada a la vez, como esas figuras que son un jarrón o dos caras según lo que uno mire.

Una de las dos era mentira, y la que declaró desde el mar no tenía forma de saber qué le convenía decir.

A las 23:30, en lo alto de una torre, alguien había bajado una palanca con toda la mano.

Para llegar hasta ella no hubo que forzar nada: Quintás, que contaba hasta los peldaños, habría apuntado una puerta forzada, y no apuntó nada.

Quien subió tenía llave. Y a la mañana siguiente se sentó en aquella oficina a decir que había pasado la noche en su casa con la luz encendida, delante de una ventana que se ve desde el mar.

Elena miró la tercera frase, la más corta de las cuatro, la de la mujer que lleva veinte años apuntando la hora a la que se levantan los cormoranes.

Emilio no estuvo en la sala de la linterna.

Y ahí, a las cuatro de la mañana, con la rodilla dormida y el tubo del techo parpadeando encima, Elena Cortés supo quién había subido los sesenta y ocho peldaños y quién había esperado fuera, en el borde: Tomás Iriarte arriba, con su llave; Emilio Cardús abajo.

Allí, donde la hierba estaba tumbada por el viento, el atestado vio unas marcas de arrastre de las que el informe forense no supo decir ni que sí ni que no.

Emilio no tuvo que hacerle bajar. A las once y cuarto, con el cielo limpio, sonó la sirena.

Adrián Losa hizo lo que llevaba toda la semana haciendo: bajó los sesenta y ocho peldaños y salió al borde a mirar la bocana.

Sin la gabardina y con el café a medias, como quien se levanta un momento y piensa volver.

Emilio sabía que saldría, porque lo había visto mirar otras noches.

Lo esperó allí, a oscuras, y lo golpeó por la espalda.

Luego lo arrastró hasta el borde. El mar hizo el resto.

A las once y media, arriba, la sala de la linterna estaba vacía, como le habían prometido a Tomás.

Y Elena supo también por qué. Tomás le debía cuarenta mil euros al astillero de Emilio por una lancha que nunca salió de la grada.

En los papeles, la deuda seguía igual. De palabra, la llevaba pagando desde marzo.

Tenía llave de la torre, y en el cuadro de la planta baja había cambiado el detector de niebla por un reloj programador: la sirena sonaba a la hora que él ponía, las noches de descarga, y con niebla se callaba.

Aquella noche le pidieron una cosa más: bajar la palanca a las once y media, que a esa hora la sala estaría vacía.

No preguntó por qué iba a estar vacía. Hay preguntas que uno no hace porque sabe lo que pasa después.

Adrián Losa era el técnico del faro. En primavera, para contestar a Nuria, había revisado la sirena, y la sirena sonaba.

En octubre, cuando empezó a apuntarla sin niebla, abrió el cuadro y vio el reloj programador en el sitio del detector de niebla.

Lo dejó donde estaba. Un reloj arrancado no prueba nada.

Un reloj en su sitio, con siete noches apuntadas al lado en el cuaderno de servicio, lo prueba todo.

Elena lo supo. Y no podía probarlo.

No había cuerpo. Tampoco la gorra, que no se quitaba nunca.

Las siete páginas no habían aparecido, ni un trozo, ni en la torre, ni en la casa, ni en las papeleras del puerto, ni en la ceniza de su chimenea.

Tenía una hoja de incidencia sellada como irrelevante, una fila de números que cualquier abogado llamaría un garabato y una nota que un laboratorio no había podido atribuir a nadie.

Con eso no se abre un juicio. Con eso se abre, como mucho, una conversación.

Elena apagó el flexo un momento, como quien cierra los ojos, y lo volvió a encender.

* * *

Entonces le vino la frase.

No era suya. Estaba en la circular, en el papel que baja cada otoño con el listado de las cajas que se van, una fecha y un camión, y la había leído tantas veces que había dejado de querer decir nada, como pasa con las frases de los impresos. A los veinte años prescribe hasta un asesinato.

Miró la fecha del atestado. 3 de noviembre de 2004.

Hizo la cuenta que llevaba tres meses sin hacer, porque las cuentas de veinte años se hacen al final.

Y entonces se acordó de dónde había estado ella la noche del 3 de noviembre del año pasado.

En Punta Gris, en la habitación de la pensión que daba al puerto, con la cama que crujía y la sirena sonando a ratos, lejos.

Había cenado abajo. Había dormido mal, como todas las noches de aquella semana.

No se acordaba de qué estaba haciendo a las once y media. Seguramente nada.

No lo había comentado nadie. Ni en la taberna, ni en el Puesto, ni en la estación marina. En un pueblo donde todo llega antes, aquello no llegó, porque no hay campana que lo toque: un caso no prescribe con un ruido, prescribe con el silencio de un día que pasa.

Elena Cortés había pasado esa noche a menos de un kilómetro del faro.

Y aquella otra noche, la de verdad, la del año 2004, a las once y media, cuatro personas también estaban a menos de un kilómetro del faro.

Escribió la fecha en la libreta, en la hoja de las preguntas, debajo de todas, y no le puso número ni interrogación.

Después miró la tarjeta que llevaba toda la noche al borde de la mesa, escrita el primer día y sin tachar desde entonces.

«Caja fuerte. Nueve cifras.»