El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 42. Tomás Iriarte llama
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42. Tomás Iriarte llama

Tomás Iriarte llama

Tomás Iriarte llamó un jueves, a las nueve y diez de la noche.

Elena seguía en el sótano. Llevaba así toda la semana: bajaba a las ocho y subía cuando le entraba hambre. Las otras cuatro cajas encima de la mesa y la suya en el borde. Y el tubo del techo dando aquella luz que llega a todas partes y no se para en ninguna.

Tobías Lem se iba a las siete y media y le dejaba las luces del pasillo encendidas, y no volvía a decir nada del asunto. Le había dicho lo que tenía que decir en una sola tarde y con eso consideraba el tema cerrado.

El teléfono del sótano sonó dos veces antes de que se diera cuenta de que era el suyo.

Nadie llamaba a aquel número. En diez meses lo había usado seis veces para el correo interno, dos para el laboratorio y una para un Puesto de la Guardia Civil a quinientos kilómetros.

—¿Sí?

—¿Elena Cortés?

Tardó un segundo en colocar la voz.

—Soy yo.

—Tomás Iriarte. El sobrino.

Como si hiciera falta.

—Ya sé quién es.

—Perdone la hora. —Detrás de él se oía un hueco grande, de habitación sin muebles—. ¿Está en su casa?

—Estoy en el trabajo.

—Ya. —Una pausa—. Yo también estoy en la casa.

No dijo «en mi casa». Elena lo apuntó sin querer, que era una costumbre que ya no se le quitaba.

—¿Sigue vaciándola?

—La dejé.

Se oyó una silla, o un peso cambiando de sitio.

—Llevaba tres meses haciendo cajas —dijo—. Tirar, vender, tirar. Y un día me senté en el sillón ese que mira al mar, que es lo único que no había tocado, y me quedé ahí hasta que se hizo de noche. Desde ahí se ve la bocana entera y arriba a la derecha la torre. Y no encendí la luz.

Elena esperó.

—El caso es que no he vuelto a hacer una caja desde entonces.

—¿Y el cartel de «Se vende»?

—Lo metí en el cobertizo. —Lo dijo deprisa, como quien pasa por encima de algo—. Tampoco es que lo hubiera colgado nunca.

Elena miró la mesa. Las otras cuatro cajas abiertas y la suya, y una hoja de cuadros con dos columnas y ni una línea que las uniera.

—Mire, la llamo por otra cosa —dijo Tomás.

—Dígame.

—Voy a decirle una cosa que no le sirve para nada.

—Casi todo lo que me han contado en tres meses no me sirve para nada.

—Ya. Pues esta tampoco.

Tomó aire.

—La última vez que hablé con mi tío fue en septiembre.

Por teléfono, como ahora. Yo estaba montando lo de la lancha y me llamó él, que era lo raro, porque llamaba dos veces al año.

No me dijo nada. Del tiempo, de que había que pintar la casa, de un cormorán que se le había metido en la galería. Cinco minutos.

Elena no se movió.

—Y al final me dijo: «Llámame cuando llegues.» Yo estaba a punto de bajar a Vigo a ver un motor.

Se paró.

—Y no le llamé.

El sótano zumbaba, como zumbaba siempre.

—Llevo veinte años con eso —dijo Tomás—. No es gran cosa, ya lo sé. La gente pierde a la gente de maneras mucho peores. Pero es lo único que tengo suyo que sea mío, ¿me entiende? Lo demás son cajas y una casa que no quiero.

—Le entiendo.

—Bueno. Pues eso era lo que no sirve para nada.

Elena cogió el lápiz y no escribió nada.

—Y ahora lo otro —dijo él—. Lo otro es lo que le quería pedir.

—Adelante.

—Si encuentra lo que busca, no me lo cuente.

Elena dejó el lápiz en la mesa.

—¿Cómo dice?

—Que si da con ello, no me llame para contármelo.

La voz le salía igual de plana que en el salón de su casa, aquella mañana fría, de pie y sin ofrecerle sitio. Pero ya no sonaba a rencor.

—No es que no quiera saberlo —dijo—. Es que sé lo que pasa después.

—Dígamelo usted.

—Pues que habrá un nombre. Y ese nombre va a ser de alguien de allí. De alguien que fue al colegio con mi madre, o que me arregló la lancha, o que me dio la mano en el puerto el mes pasado. Y a partir de ese día mi tío vuelve a ser lo que le pasó.

Se quedó callado un momento.

—Llevo tres meses aprendiendo cosas de él por teléfono, de una mujer a la que no conozco.

Que subía la cuesta a devolver diez céntimos.

Que se hizo una tabla a mano para encender la luz a su hora y la cumplió sin que se enterara nadie.

Que le habló dos horas por la radio a Rita Vergara del guiso que había hecho, para que no se le notara el miedo.

—Una pausa corta—. Hace tres meses yo tenía un muerto. Ahora tengo un tío.

Elena miró la mesa, con las otras cuatro cajas y la suya.

Y cayó en la cuenta de una cosa que no se le había ocurrido en tres meses.

Aquellas tres historias —la cuesta, la tabla, las dos horas de radio— no se las había contado ella a propósito.

Se le habían ido escapando por teléfono, una en cada llamada, mientras le preguntaba otra cosa. Él las había ido guardando.

Ella había tardado tres meses en juntar al hombre en una hoja de cuadros. Él lo había hecho en tres llamadas, sin proponerse nada.

—No quiero que me lo quite otra vez —dijo Tomás.

Fuera, en algún sitio de aquella casa, algo se movió con el viento.

Elena tardó en contestar, y cuando lo hizo lo pensó primero, porque lo que estaba a punto de decir había que decirlo entero.

—No se lo puedo prometer como usted quiere.

—Ya me lo imaginaba.

—Déjeme explicárselo. Si encuentro algo, eso deja de ser mío en el momento en que lo escribo.

Va a un expediente. Y un expediente lo lee quien tiene derecho a leerlo, y usted es el sobrino, así que a usted se lo van a contar.

No se lo va a contar una mujer por teléfono: se lo va a contar un impreso, con un sello y una fecha.

—Ya.

—Lo que sí le puedo prometer es lo otro. Yo no le voy a llamar.

Al otro lado no dijo nada durante un rato.

—Con eso me vale —dijo por fin.

—Bien.

—Pero llámeme si no lo encuentra.

Elena se enderezó en la silla.

—¿Perdone?

—Que si un día lo deja, si se cansa o si la mandan pararlo o lo que sea, me llame y me lo diga. —Por primera vez en toda la conversación se le movió algo en la voz—. No quiero enterarme por un papel de que se acabó. Prefiero que se acabe con una llamada.

Elena miró las cinco cajas, y los cuatro palmos de mesa que quedaban libres.

—Eso sí.

—Vale.

—Tomás.

—Dígame.

—El sillón. El que mira al mar. —Elena se oyó decirlo y no supo muy bien por qué lo decía—. No lo venda.

Al otro lado hubo un silencio corto, del que no se puede saber qué significa por teléfono.

—No —dijo Tomás Iriarte—. Ese no.

Y colgó.

Elena se quedó con el auricular en la mano más tiempo del necesario, y luego lo dejó en la horquilla.

Abrió la libreta por la hoja de las llamadas, que era de las primeras y estaba escrita con la letra de cuando aún creía que aquello sería cosa de dos semanas.

En tres meses había hecho cuarenta y una.

Las tenía apuntadas todas, con su hora y su duración, porque así se apuntan las cosas.

A un Puesto de la Guardia Civil. A un laboratorio.

A una empresa de un polígono a las afueras de una ciudad que no era ninguna de las suyas.

A una casa con las contraventanas cerradas.

A una taberna. A una estación costera en lo alto de un monte pelado.

Todas las había hecho ella. Cuarenta y una veces había sido ella la que marcaba, la que decía su nombre entero y la unidad, la que explicaba por qué llamaba.

Escribió la cuarenta y dos y, al lado, en la casilla de quién llamaba, puso una raya.

Tomás Iriarte llamó un jueves, a las nueve y diez de la noche.

Fue la única persona de aquel expediente que llamó, en vez de esperar a que llamara Elena.