El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 41. La noche que no devolvió la caja
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41. La noche que no devolvió la caja

La noche que no devolvió la caja

A las siete y media, Elena no devolvió las cajas.

No lo decidió. A las siete y veinticinco estaba de pie delante de la mesa con las manos en los bolsillos, mirando las dos filas, y a las siete y media seguía igual.

La regla de Tobías no era suya y nunca se la había impuesto nadie, pero llevaba diez meses cumpliéndola sin que hiciera falta, porque cuando uno trabaja solo cumple las reglas del sitio o el sitio deja de ser un sitio.

Tobías Lem salió del cuartito con el abrigo abrochado hasta arriba y el periódico doblado bajo el brazo.

Pasó por delante de la mesa y se paró.

Miró las cinco cajas, las dos filas, los cuatro palmos de mesa que quedaban libres. No miró a Elena.

—Cinco —dijo.

Y siguió andando por el pasillo largo sin rozar ninguna estantería. Desde el ascensor, sin volverse, dijo que le dejaba las luces encendidas.

* * *

Elena se quedó hasta las nueve y media.

Faltaban diez días para el camión.

Nunca se había quedado allí abajo después de las ocho sin nada que hacer.

Resultó que no cambiaba nada: el mismo tubo, el mismo zumbido, la misma temperatura.

Lo único distinto era que a partir de cierta hora el sótano dejaba de ser un sitio de trabajo y se ponía a ser exactamente lo que era.

Veintiocho estanterías llenas de gente a la que no le salió bien.

No sacó nada en limpio. Volvió a leer los cinco atestados por encima, buscando un apellido, un pueblo, una fecha, algo que hubiera pasado por alto el lunes.

No había pasado nada por alto. Copió a lápiz las cinco firmas de archivo definitivo, una debajo de otra, y a la cuarta se dio cuenta de que estaba dibujando en vez de comprobando, y lo dejó.

* * *

Subió las dos plantas, firmó la salida y cogió el autobús vacío de las diez menos cuarto.

En casa se hizo un huevo frito y no lo comió de pie, porque le pareció que aquella noche tenía que sentarse.

Y a las once y veinte, sin haberlo pensado antes, fue al armario del pasillo y sacó de la balda de arriba una carpeta de gomas azul.

Dentro estaba su vida administrativa entera.

Once hojas.

Elena las puso en la mesa de la cocina, en abanico, como ponía las fotografías de un expediente, y se quedó mirando el abanico con las manos quietas encima del hule.

Once hojas y una carpeta de gomas. Lo mismo que llevaba al sótano todas las mañanas.

La primera era el parte. Decía:

A las 11:40 horas, al descender la escalera interior del inmueble, la funcionaria resbala en un tramo de peldaños húmedos, cayendo y golpeándose la rodilla derecha contra el canto del último escalón. Se traslada a urgencias.

Cuatro líneas. Elena las había leído el mismo día que se las dieron, con la pierna en alto y sin gafas, y no las había vuelto a leer nunca.

Ahora las leyó como leía todo desde hacía diez meses.

No decía a qué hora había dejado de llover. No decía si los peldaños estaban húmedos porque alguien acababa de fregar o porque llevaban tres días entrando y saliendo con las botas mojadas. No decía si había un cartel. No decía quién había avisado, ni a qué hora, ni cuánto tardó nadie en subir.

Decía que a las 11:40 una funcionaria se cayó por una escalera.

Y era verdad. Todo lo que decía era verdad.

Elena había subido y bajado aquella escalera trescientas veces con el maletín en una mano y la cámara colgada, porque el ascensor de aquel edificio era de los que se piensan si van o no van.

Aquella mañana bajaba la última, con el trabajo hecho, a las 11:40 de un martes, y no había nadie delante ni detrás.

Ni épica, ni forcejeo, ni nada que contar en una cena. Un suelo mojado y un mal apoyo.

La segunda hoja era del hospital, con el diagnóstico en latín abreviado y una casilla de pronóstico marcada con una equis.

La tercera y la cuarta eran de la rehabilitación.

Una cuadrícula de cuarenta y ocho sesiones con las casillas tachadas a bolígrafo, de izquierda a derecha, como un calendario de Adviento.

Elena se acordó del sitio, de la música y de la señora de ochenta años de la camilla de al lado, que iba por la cadera y que se sabía los nombres de todos los fisioterapeutas.

No se acordaba de la última sesión. Nadie se acuerda de la última de nada.

La quinta era un informe de dos párrafos, y en el segundo había dos palabras subrayadas a máquina.

«Carácter permanente.»

Dos palabras que se escriben en dos segundos y que tardan años en oírse enteras.

La sexta la conocía de memoria sin haberla mirado nunca. Con los papeles de uno pasa eso.

Ponía:

Visto el informe que antecede, y no reuniendo la interesada las condiciones psicofísicas requeridas para el desempeño del servicio operativo, procédase a asignarle destino en puesto no operativo.

Ni una palabra de más. Ni una palabra de menos.

Y debajo, la firma.

El lazo del principio. La letra abierta por arriba, como si la mano se hubiera ido antes de terminarla. La raya larga saliéndose del recuadro.

Elena se quedó muy quieta, con la hoja en las dos manos y el hule frío debajo de los codos.

Luego hizo lo que había aprendido a hacer en un sótano.

Fue a buscar la fecha.

Miró al lado de la firma. Miró debajo. Miró el ángulo de arriba a la derecha, donde van los registros de salida, y encontró un sello de registro con un número y una fecha que era la de la salida del papel, no la de la decisión. Le dio la vuelta a la hoja. Detrás no había nada.

No estaba.

En la ficha de un expediente de hace veinte años, debajo de una firma, había una fecha pequeña que ella no había mirado en tres meses y que había acabado abriéndole todo aquello.

En su propio papel no la había.

Y por eso no iba a saber nunca cuánto se tardó. Si aquello se decidió en una tarde o en seis meses, si alguien se lo pensó, si hubo una conversación, si preguntó alguien qué sabía hacer aquella mujer además de andar, o si simplemente salió una plaza y ella era la siguiente de una lista.

Elena puso la sexta hoja encima de las otras diez y se quedó mirando el abanico entero.

Un accidente de nada. Un expediente de once hojas. Todo en su sitio, todo firmado, todo correcto, todo verdad.

Y dentro no había nadie.

Nadie le había preguntado nada. No había ni una declaración suya en aquella carpeta, ni una línea escrita por ella, ni una hoja donde se le hubiera pedido que contara lo que pasó. En once hojas sobre su propia caída no aparecía su voz una sola vez.

A nadie se le había ocurrido fotografiar aquella escalera.

Elena se rio sola, una vez, sin ruido, porque pensó que a ella sí se le habría ocurrido y que era precisamente lo que hacía para vivir.

Se levantó, fregó el plato y volvió a sentarse.

Llevaba tres meses enfadada, muy por debajo de todo y sin decírselo a nadie.

Enfadada por un hombre al que nadie le preguntó nunca lo que había que preguntarle. Cuyo expediente se cerró deprisa porque no había nada que hacer y todo el mundo hizo lo que le tocaba. En el que cada papel es correcto y el conjunto no vale para nada.

Y tenía uno igual en la mesa de su cocina, con su nombre arriba.

Con una diferencia, y le costó mirarla de frente.

Aquel hombre no pudo leer el suyo.

Elena había firmado el recibí del suyo con un bolígrafo prestado, en un mostrador, sin leerlo, y se había ido a casa a poner la pierna en alto.

Volvió a meter las once hojas en la carpeta azul, por orden, y le pasó la goma.

No la devolvió al armario.

La dejó en la mesa de la cocina, de pie, apoyada contra la pared, en el sitio donde se dejan las cosas que no se han terminado. Y se quedó un momento mirándola, azul contra el azulejo, con la goma puesta y el canto hacia fuera, igual que están las cajas en las baldas del sótano.

Se acostó a las dos y no durmió mucho.

A las siete y media, Elena no devolvió las cajas.

Y a las dos de la madrugada, en la mesa de su cocina, encontró la sexta.