El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 40. La tercera, la cuarta, la quinta
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40. La tercera, la cuarta, la quinta

La tercera, la cuarta, la quinta

Elena las copió todas el lunes por la mañana, de pie en el pasillo, con el cajón del fichero abierto y la hoja de cuadros apoyada en el canto del mueble. Cuatro columnas: el número, el tipo, el sitio y la estantería. Las cartulinas no daban más.

Tardó una hora y diez minutos.

Después se sentó y las leyó seguidas.

Un incendio con víctima en una nave de la carretera de circunvalación.

Dos homicidios de barrio, con nombre y apellido y una calle que Elena conocía de pasar en autobús.

Una desaparición de un pueblo de la provincia.

Un atropello con fuga en la nacional. Un robo con muerte en una gasolinera del cinturón.

Un cadáver en el río, sin identificar, con su número y su fecha.

Y así hasta veintiséis.

Elena las leyó dos veces y no encontró en ninguna nada que no fuera normal.

Eran los casos de una ciudad de tamaño medio a lo largo de veinte años: los que se quedan a un paso, los que se quedan a tres, y los que no se quedaron en ninguna parte porque nunca empezaron.

En cuatro de las veintiséis, la hoja de consultas tenía líneas escritas, con apellidos de jueces y de gente de Instrucción. En las otras veintidós, no.

Veintiséis cajas de la provincia y de las de al lado. Veintiséis casos que se habían instruido en aquella ciudad, que se habían atascado en aquella ciudad y que habían bajado dos plantas para quedarse en aquella ciudad. Un archivo hace eso. Para eso está.

Las otras cinco, no.

Elena las separó en la hoja con una raya y las volvió a leer. Decían:

A7/114-CN · Desaparición · Cabo Niebla (Punta Gris).

2-C. A7/207-VH · Homicidio · Regional 4412, Alcorce-Vallehondo.

4-A. A7/311-HM · Homicidio · Hotel Marlow, habitación 213.

1-D. A7/402-CR · Sustracciones en serie · La Almena / subastas Delvat.

3-B. A7/518-VS · Incendio con víctima · Villa Serena, carretera del pantano. 5-C.

Ninguno de aquellos sitios estaba en la provincia.

Ninguno estaba cerca del otro.

Elena se quedó mirando los cinco renglones un rato largo, y luego hizo lo único que se podía hacer con ellos, que era ir a buscarlos.

La 311-HM estaba en la 1-D, a veinte pasos de su mesa, en un cuerpo por el que había pasado todos los días durante diez meses.

Era una caja de tres palmos, pesada, con la etiqueta despegada por una esquina. Elena la llevó a la mesa y la dejó al lado de las otras dos. Levantó la tapa y buscó la ficha. Ponía:

EXP. A7/311-HM UNIDAD DE CASOS ABIERTOS

FECHA: Madrugada del 9 al 10 de junio LUGAR: Hotel Marlow, segunda planta, habitación 213 VÍCTIMA: Gaspar Neri, 58 años, agente literario ESTADO: SIN RESOLVER

Al pie, el sello rojo, la fecha de hacía cinco años y la firma con el lazo y la raya larga.

La 402-CR estaba en la 3-B, en el pasillo del medio.

Era la más gorda de las cinco, de las que hay que llevar con las dos manos y el codo.

Once meses de sustracciones en casas y en una sala de subastas, un anticuario de sesenta y seis años, un barrio entero con nombre propio y una lista de piezas que ocupaba cuatro folios. El último golpe, un 27 de septiembre.

Aquello no era ni siquiera un homicidio.

Elena lo comprobó dos veces, porque le pareció que se había equivocado de caja. No se había equivocado. Era un caso de robos, con su instructor, sus diligencias y su archivo, y al pie de la ficha tenía el mismo sello, la misma fecha y la misma firma que un faro apagado a quinientos kilómetros.

La 518-VS estaba en la 5-C, al final del todo, en la última balda del último cuerpo, donde Elena no había llegado nunca.

Tuvo que arrastrar la escalera de dos peldaños, que chirriaba. La rodilla se lo hizo notar en el segundo escalón y Elena esperó un momento con la mano en la balda antes de tirar de la caja.

La ficha decía:

EXP. A7/518-VS UNIDAD DE CASOS ABIERTOS

FECHA: Domingo 2 de agosto, 04:15 LUGAR: Villa Serena, kilómetro 8 de la carretera del pantano VÍCTIMA: Julián Ordóñez, 61 años, administrador del patrimonio familiar ESTADO: SIN RESOLVER

Un incendio a las cuatro y cuarto de la madrugada de un domingo de agosto.

Elena bajó de la escalera despacio, llevó la caja a la mesa y la dejó.

Y entonces se apartó un paso y las miró.

Cinco cajas abiertas encima de una mesa de metro veinte, puestas en dos filas porque en una no cabían. La suya, que era la más pequeña, en el borde de la izquierda, donde llevaba tres meses.

Un faro en una costa del noroeste. Un tren regional entre dos estaciones de secano. La habitación de un hotel. Un barrio y una casa de subastas. Una casa de campo a ocho kilómetros de un pantano.

Cinco sitios que no se tocaban en ningún mapa.

Elena había visto muchas veces dos cajas juntas en aquel sótano.

Nunca cinco. Las cajas del Archivo 7 están hechas para estar solas: se saca una, se lee y se devuelve, y el sitio entero está pensado para que a nadie le haga falta nunca más de una.

La mesa era de metro veinte porque con un metro veinte sobra.

Una desaparición sin cuerpo, dos homicidios, una serie de robos y un incendio. Cinco maneras distintas de acabar en una caja, y de las cinco, solo dos se parecían entre sí lo suficiente como para que a alguien se le hubiera ocurrido alguna vez ponerlas juntas.

Un hombre de cincuenta y cuatro. Una mujer de cuarenta y uno. Un hombre de cincuenta y ocho, uno de sesenta y seis, uno de sesenta y uno.

Noviembre, febrero, junio, septiembre, agosto.

* * *

Elena fue por la hoja de cuadros, pasó a una limpia y escribió los cinco números en columna, y al lado de cada uno el año. Después los ordenó por fecha y midió de punta a punta.

Doce años, del primero al último.

Se quedó con el lápiz en la mano esperando a que le saliera algo, como le había salido con la puerta, con la caja fuerte, con el registro y con el sextante.

No le salió nada.

No tenían nada en común.

Lo comprobó como se comprueba, que es despacio y por columnas.

El instructor: cinco nombres distintos, de cinco sitios distintos.

El juzgado: cinco. El laboratorio de la pericia, cuando constaba: tampoco coincidía con ninguno, y en dos de las cinco no constaba en absoluto.

Las empresas que salían en los expedientes, las matrículas, los teléfonos apuntados a mano en los márgenes.

Los nombres y los apellidos, uno por uno, de las víctimas, de los sospechosos, de los testigos y de los que firmaban las declaraciones.

Nada. Ni un hilo. Ni una coincidencia que mereciera la pena matar.

Elena había pasado tres meses matando parecidos, y ahora que le habría venido bien uno, no salía ninguno.

Lo único que compartían estaba en el pie de una ficha y en un mueble del pasillo con los rieles secos.

Eso, y una cosa más.

Elena las fue abriendo por la contratapa, una detrás de otra, con dos dedos, como quien comprueba una cosa que ya sabe.

Cinco hojas de consultas.

Cinco cabeceras en tinta morada.

En cuatro no había nada escrito. En la quinta había una línea, con una fecha de hacía tres meses, un nombre y la palabra «revisión», y el nombre era el suyo.

Elena cerró la última tapa y se sentó.

Eran las siete y veinte de un lunes. Al fondo del pasillo, en el cuartito, Tobías Lem estaría poniéndose el abrigo, y dentro de diez minutos pasaría por delante de la mesa camino del ascensor, y vería lo que había encima, y no diría nada.

Y ella tampoco iba a decirle nada.

No hacía falta. Ella había llegado por un fichero y él por la esquina de un pasillo, con años de por medio, y los dos habían llegado al mismo número.

Treinta y una cajas bajaron al Archivo 7 el mismo día.

Veintiséis eran de casa. Las otras cinco estaban encima de su mesa, y Tobías Lem, en su día, había contado cinco.