39. Doce años y cuatrocientos kilómetros
Doce años y cuatrocientos kilómetros
Comparar dos expedientes es fácil. Lo difícil es no encontrar nada.
Así que lo hizo como se hace.
Le llevó el sábado entero.
El sábado en el sótano no tenía nada de particular, y eso fue lo raro.
Elena firmó el libro de la entrada a las nueve y diez. El guardia de recepción miró la hora, miró la casilla del destino y no miró nada más: en aquel edificio la gente entraba los sábados, y nadie se extraña de una mujer con una carpeta.
Abajo, todo estaba igual. Esa era la cuestión.
Arriba estaría lloviendo o haciendo sol, y allí la misma hora de siempre, la misma temperatura, el mismo zumbido.
Un sótano sin ventanas no sabe qué día es.
Elena pensó, encendiendo el tubo del techo, que llevaba diez meses bajando a un sitio al que le daba lo mismo, y que hasta aquel sábado le había parecido lo peor de aquel destino. Aquella mañana le pareció una ventaja.
* * *
La 207-VH tenía más papel que la suya. Bastante más.
Un atestado de cuarenta y tantos folios, once declaraciones con su clip, dos informes con sello de laboratorio, un plano del vagón dibujado a regla y dos sobres de fotografías en vez de uno.
Alguien había trabajado aquel caso de verdad, durante meses, con gente y con medios.
Y había acabado en la misma estantería que un expediente de dos palmos que nadie había abierto nunca.
Los cuatro nombres de la casilla de sospechosos no le decían nada.
Cuatro personas que hacía siete años habían tenido un mal mes de febrero y que desde entonces no habían vuelto a ser miradas por nadie.
Elena se sorprendió pensándolo con las mismas palabras que había usado la primera tarde para los suyos, y no se detuvo en ello.
A las dos de la tarde tenía la hoja llena y ni una sola línea que uniera los dos lados.
Un faro y un tren.
Un hombre de cincuenta y cuatro años que llevaba diecinueve encendiendo una luz en el mismo sitio, y una mujer de cuarenta y uno que tasaba joyas y se movía todo el rato.
Una desaparición sin cuerpo y un homicidio con cuerpo, hora, vagón y asiento.
Noviembre y febrero. Una costa y una vía entre dos estaciones de secano.
Cuatrocientos kilómetros de distancia y doce años de diferencia.
Ni un nombre repetido. Ni un apellido parecido. Ni un instructor común. Eso fue lo primero que miró. Ni un juzgado, ni un laboratorio, ni una empresa, ni una matrícula.
Nada.
Y entonces, porque es lo que pasa siempre, empezaron a salir los parecidos.
Salieron seis. Elena los apuntó todos, uno debajo de otro, y después los fue matando uno por uno.
Eso no se lo enseñan a nadie. Se aprende de una sola manera, y ella la había aprendido en una habitación de pensión, escribiendo hasta que clareó un atestado que estaba bien escrito y estaba mal.
«Los dos, de noche.» El faro a las 23:40; el tren, entre las 22:05 y las 23:48. Elena se quedó un rato con eso y luego se preguntó cuántas de las cajas de aquel sótano eran de noche. No hizo falta contarlas. Casi todas. De día hay gente mirando.
«Los dos, sin resolver.» Eso no es un parecido: es lo que tienen todas las cajas del sótano. Un caso resuelto no baja al Archivo 7.
«Los dos, sin detenido.» Lo mismo. Si hubiera habido un detenido, habría habido un juicio, y si hubiera habido un juicio, la caja estaría en otra planta.
«Las dos víctimas trabajaban solas.» Elena escribió esto y lo tachó en el mismo minuto. Un farero y una tasadora. También trabajan solos un taxista, un pastor y la mitad de la gente que conocía.
«Los dos expedientes tienen cuatro sospechosos.» Este le duró más. Cuatro y cuatro, exactamente cuatro, en dos casos que no tienen nada que ver.
Elena sacó las dos fichas y las puso una encima de otra a contraluz del tubo.
La casilla de sospechosos tenía cuatro renglones impresos.
No eran cuatro porque hubiera cuatro. Eran cuatro porque caben cuatro, y quien escribió la ficha rellenó los renglones que había. En el Archivo 7 había fichas con dos, con uno y con ninguno, pero de las que tenían la casilla llena, todas tenían cuatro, porque la máquina no da más.
Lo tachó.
«Los dos ocurrieron en martes.» Elena se rio sola, sin ganas, y lo tachó sin comprobarlo siquiera.
Se quedó con la hoja delante, con los seis parecidos tachados y los dos lados sin una sola línea que los uniera, y se dio cuenta de que llevaba media hora trabajando al revés.
Había estado buscando dentro de los expedientes.
Y lo que tenían en común no estaba dentro.
Bajó la vista por las dos fichas hasta el pie, hasta el sitio donde no había mirado en tres meses y donde ya había mirado dos veces aquella semana.
El mismo sello rojo, torcido igual.
La misma fecha, de hace cinco años.
La misma firma, con el lazo, la letra abierta por arriba y la raya larga saliéndose del recuadro.
Y una cosa más, que no había mirado todavía. En la contratapa de la 207-VH, pegada por dentro, estaba la hoja de consultas, con su cabecera en tinta morada y sus tres columnas.
En blanco.
Siete años de caso. Cinco en aquel sótano. Ni una línea.
Elena no escribió nada debajo de eso. Aquella semana había aprendido lo que vale una hoja en blanco, y no pensaba gastarlo dos veces.
* * *
A las tres y media subió, firmó la salida y se fue a casa.
Y en el autobús se dio cuenta de lo otro, que era más sencillo y peor.
No se lo podía contar a nadie.
No por miedo ni por prudencia. Por aritmética.
Contarlo exigía empezar diciendo que llevaba tres meses con una caja fuera de su balda, que se había ido quinientos kilómetros dos veces con sus días y su gasolina, y que aquel sábado había sacado una segunda caja de una estantería que no le tocaba.
Y todo eso, dicho seguido y en voz alta, sonaba exactamente a lo que era.
Salas había bajado una vez en diez meses, y había sido a preguntar dónde estaba ella; los tres impresos por faltar cuatro días se los firmó arriba.
El jefe de unidad le había dicho dos palabras por teléfono a las 20:40 de una noche.
Tobías le había dicho que no le iba a dar un nombre, y tenía razón.
Y a quinientos kilómetros había un cabo que había firmado una remisión el mismo día que se lo pidió, y a ese no se le puede llamar para contarle que el sello de una ficha tiene una fecha rara.
Elena llegó a casa a las cinco, con la luz todavía alta, y no encendió nada.
Se hizo un café. Se comió un sándwich de pie, mirando el balcón. Y a las siete, buscando cinta aislante para el enchufe del pasillo, abrió el cajón de la cocina.
Debajo de la cinta estaba la escuadra.
La cogió, le dio la vuelta una vez con el pulgar en la esquina rota y la volvió a dejar donde estaba.
Cerró el cajón.
* * *
El domingo no bajó al sótano, que era una de sus reglas, y no la rompió. Tendió la lavadora y se acostó pronto.
El lunes por la mañana bajó a las 08:10, colgó el abrigo en el respaldo y no se sentó.
Fue por el pasillo hasta el fichero y tiró del segundo cajón con las dos manos.
Los rieles chirriaron igual que el sábado y que el viernes. Un mueble al que se le hace caso dos veces en una semana después de veinte años no se engrasa solo.
Sacó la cartulina que iba detrás de la 207-VH y la leyó de pie, sin cerrar el cajón.
Comparar dos expedientes es fácil. Lo difícil es no encontrar nada.
Y lo peor de no encontrar nada es que no hay manera de contarlo, porque no hay nada que contar hasta que hay demasiado.