El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 38. La segunda caja
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38. La segunda caja

La segunda caja

La sabía de memoria. El número, la unidad, la fecha, el lugar, la víctima, el estado. Los cuatro nombres. La media hoja de resumen de detrás, que contaba en cuatro líneas un faro que se apaga y un pesquero que encalla diez minutos después.

Y al pie, el sello de archivo definitivo y la firma, que la primera tarde no se había parado a descifrar y que desde el despacho de la sexta planta ya sabía de quién era.

Debajo de la firma, muy pequeña, había una fecha.

Elena no la había mirado nunca.

La miró el viernes por la mañana, con el café al lado y el tubo del techo dando la luz de siempre, y tardó un rato largo en entender lo que estaba leyendo.

La fecha no era de hace veinte años.

Era de hace cinco.

Elena dejó la taza y se quedó muy quieta, que es lo que hacen los que llevan mucho tiempo trabajando solos cuando algo se les mueve debajo.

Lo del juzgado lo tenía apuntado desde la primera semana: el auto que archivó la causa era de nueve meses después de aquella noche. Eso era normal. Un caso sin cuerpo, con cuatro citados y ninguna prueba, se archiva en menos de un año y no hay nada que decir.

Pero el archivo definitivo no es del juzgado. El archivo definitivo es de la casa, y es lo que baja una caja al sótano.

Un caso bajaba al Archivo 7 cuando alguien de arriba firmaba aquel sello. No cuando se resolvía, y no cuando lo archivaba un juez. Cuando lo firmaba alguien.

Elena hizo la resta con el lápiz, en el margen, aunque la tenía hecha antes de escribirla.

Catorce años y cinco meses.

Catorce años y cinco meses entre el día en que un juez cerró la causa y el día en que alguien de aquel edificio puso un sello rojo en una ficha y mandó la caja abajo.

¿Y dónde había estado mientras tanto?

Eso no lo decía la ficha. En algún armario de la provincia de la costa, probablemente. En un depósito de piezas como el de Punta Gris, o en una comandancia, o en un archivo judicial. En algún sitio donde llevaba catorce años sin molestar a nadie.

Y un día alguien de Valladolid había decidido que aquella caja tenía que estar aquí.

Elena pensó en la pregunta que le había hecho a Tobías el miércoles, y en lo tonta que le había parecido a ella misma mientras la decía.

Ya no le parecía tonta.

Ahora era más grande. No era que el cuaderno de servicio hubiera viajado y el resto no.

Era que había viajado todo. La caja entera había hecho el viaje.

El atestado, las cuatro declaraciones, el sobre de fotografías y el cuaderno original dentro de su bolsa de plástico.

Quinientos kilómetros, hacía cinco años, para bajar dos plantas por debajo de una calle de una ciudad que no tenía nada que ver con aquello.

Y había bajado con una etiqueta, un número y una hoja de consultas en blanco.

* * *

A las once y media Elena salió al pasillo y se paró delante del fichero.

Era un mueble de metal gris, de cuatro cajones, al lado de la puerta del ascensor. Llevaba allí más que ella, más que Tobías y probablemente más que el comisario. Elena lo había abierto tres veces en diez meses y las tres había tenido que tirar con las dos manos, porque los rieles estaban secos.

Tobías no lo abría nunca. No le hacía falta: se sabía dónde estaba cada caja.

Y por eso mismo, pensó Elena, aquel mueble era el único sitio del sótano donde quedaba escrito algo que las estanterías no sabían.

Porque en las baldas las cajas están por número. Y en un fichero, las fichas están por el orden en que se metieron.

Tiró del segundo cajón con las dos manos.

Dentro había cartulinas de color hueso, de pie, apretadas, con una pestaña arriba escrita a máquina y a mano según la época. Elena pasó el pulgar por el canto hasta el final, hasta las últimas, que estaban más limpias y menos amarillas que las de delante.

La de la 114-CN estaba a tres dedos del fondo. Decía:

A7/114-CN · Desaparición · Cabo Niebla (Punta Gris) Alta: archivo definitivo. Estantería 2-C.

Y detrás, en la esquina de arriba, la misma fecha que en la ficha.

Elena sacó la cartulina y miró el hueco que dejaba. Después miró las de al lado.

La de delante llevaba la misma fecha. La de detrás también. Y la siguiente. Y la siguiente.

Se puso a contarlas con el dedo, una por una, adelante y atrás, hasta que la fecha cambiaba.

Treinta y una.

Treinta y una cajas habían bajado al Archivo 7 el mismo día, hacía cinco años, con el mismo sello y la misma firma. Y eso, se dijo Elena mientras lo apuntaba, tampoco tenía por qué querer decir nada: los sellos se ponen a montones, y por eso salen torcidos.

Treinta y una cajas de treinta y un sitios distintos.

Volvió a meter la cartulina en su hueco, sacó la siguiente y la leyó de pie, en el pasillo, con el zumbido de la ventilación en todas partes.

A7/207-VH · Homicidio · Regional 4412, Alcorce-Vallehondo Alta: archivo definitivo. Estantería 4-A.

Elena se quedó con la cartulina en la mano más tiempo del que hacía falta para leerla.

No conocía aquel caso. No conocía Vallehondo, ni Alcorce, ni sabía si estaban cerca o lejos el uno del otro. Un tren regional y un número de cuatro cifras.

* * *

Cerró el cajón con las dos manos y se fue por el pasillo largo hasta la 4-A.

Estaba en la otra punta del sótano. Elena no había trabajado nunca en aquel lado, porque llevaba el orden por estanterías, y al ritmo de una caja por tarde le faltaban años para llegar allí.

Se notó, al doblar, que estaba andando por un sitio de su propia casa donde no entraba.

Las etiquetas eran iguales. El polvo de los bordes era el mismo.

Y la ventilación zumbaba exactamente igual que en la 2-C, porque zumbaba en todas partes.

La 207-VH era una caja de las normales, de dos palmos, con el número repetido a bolígrafo encima de la etiqueta.

Pesaba. Elena tiró con las dos manos y notó el peso en la muñeca y en la rodilla, y pensó, mientras la bajaba, que la suya era la caja más ligera de aquel sótano y que nunca se le había ocurrido que eso quisiera decir algo. Un expediente pesa lo que le metieron dentro.

La bajó de la balda con las dos manos, la llevó hasta la mesa y la dejó al lado de la 114-CN, que llevaba tres meses siendo lo único que había encima.

Levantó la tapa y buscó la ficha. Ponía:

EXP. A7/207-VH UNIDAD DE CASOS ABIERTOS

FECHA: Martes 14 de febrero, entre las 22:05 y las 23:48 LUGAR: Regional 4412, vagón 4, entre Alcorce y Vallehondo VÍCTIMA: Sonia Arce, 41 años, tasadora de joyas ESTADO: SIN RESOLVER

Elena leyó los datos dos veces y no le dijeron nada. Una mujer en un tren, en febrero, a cuatrocientos kilómetros de un faro y doce años después.

Después bajó la vista al pie de la ficha.

Allí estaba el sello de archivo definitivo, en tinta roja, un poco torcido. Y al lado, la firma.

El lazo del principio. La letra abierta por arriba, como si la mano se hubiera ido antes de terminarla. La raya larga saliéndose del recuadro.

La misma.

Elena se sentó despacio.

No tenía nada de raro. Salas era el comisario y alguien tenía que firmar los archivos definitivos, y aquel día había firmado treinta y uno. No demostraba nada, no servía para nada y no se podía poner en ningún impreso.

Se lo dijo a sí misma con esas mismas palabras.

Y esta vez no se lo volvió a decir.

* * *

A las siete y media, Tobías Lem pasó por delante de la mesa camino del ascensor, con el abrigo abrochado hasta arriba.

Vio las dos cajas.

Elena lo supo porque aquel hombre miraba las cajas igual que otros miran la hora, sin detenerse y sin fallar, y porque al pasar por el hueco estrecho de la mesa se apartó un poco más de lo que hacía falta.

No dijo nada.

Desde el ascensor, sin volverse, dijo que le dejaba las luces encendidas.

Durante tres meses, Elena había leído la ficha de la 114-CN por arriba.

Aquella tarde había dos fichas encima de su mesa, leídas por abajo, y las dos tenían la misma fecha, el mismo sello y la misma mano.