37. Los otros nombres
Los otros nombres
Elena lo había dado por hecho desde el primer día, de la manera en que se dan por hechas las cosas que no dice nadie.
Abajo estaban ella y Tobías. Arriba había un comisario, un jefe de unidad y una secretaría, tres nombres a máquina en la lista de extensiones del ascensor que ella había leído muchas veces y marcado una.
Y en diez meses solo había bajado uno de los tres, y había sido a preguntar dónde estaba ella.
Dos personas, ciento diez metros cuadrados y un zumbido de ventilación.
* * *
El jueves por la mañana fue otra vez al cuartito.
—Tobías, ¿quién era?
Él estaba de pie, con el abrigo todavía puesto y el periódico doblado bajo el brazo. No hizo como que no entendía.
—La de las cinco cajas.
—Sí.
Tobías dejó el periódico en la mesa. Tardó lo que tarda un hombre que ya ha decidido algo en decirlo.
—Eso no se lo voy a decir.
Elena esperó.
—No es por nada malo —dijo él—. Es que si le doy un nombre, usted va a ir a por él. Y lo que yo vi fue a una persona trabajando.
—Puede que necesite ese nombre.
—Puede. —Se quitó el abrigo y lo colgó en el gancho—. Cuando le haga falta de verdad, lo va a encontrar usted sola. En este sótano todo está escrito en alguna parte. Usted eso lo sabe mejor que yo.
Y se sentó, que era su manera de terminar una conversación.
Elena volvió a la mesa, y por primera vez en diez meses no le pareció que aquel hombre le estuviera cerrando una puerta. Le pareció que le estaba diciendo por dónde.
Empezó por lo más tonto.
Fue al armario de los impresos, abrió el cajón de en medio y sacó un modelo en blanco del parte mensual, el mismo que llevaba rellenando desde marzo. Diez veces lo había rellenado. Movimiento de cajas, consultas, incidencias, firma y fecha.
Nunca le había dado la vuelta.
Al pie del impreso, en letra pequeña, en el espacio que en los formularios se reserva para lo que nadie lee, había cuatro líneas. Decían:
DISTRIBUCIÓN: original, Jefatura de la Unidad de Casos Abiertos · copia 1, Comisaría (D. Bruno Salas) · copia 2, Análisis y Registro (Dña. Nadia Puig) · copia 3, archivo de la propia unidad.
Elena leyó la tercera línea dos veces.
Análisis y Registro.
No había oído aquel nombre nunca. No estaba en la lista del ascensor, que tenía tres extensiones y ninguna se llamaba así. Llevaba diez meses mandando un papel al mes a una persona de la que no sabía ni que existía.
* * *
Subió a la sexta planta a las once y cuarto, sin pedir cita, con la excusa de un impreso que no necesitaba.
Arriba olía a café de máquina y a moqueta, y había ventanas. Tres ventanas grandes a una calle, con el sol de media mañana entrando de lado y el polvo moviéndose dentro. Abajo nunca había polvo en el aire, porque abajo no había nada que lo enseñara.
En la secretaría había un mostrador de madera con un cristal y, detrás, una mujer que le dio los impresos sin preguntarle para qué y sin preguntarle quién era, que es lo que pasa cuando uno lleva una carpeta.
En la pared, junto a la puerta, había un cuadro con el organigrama de la unidad, de esos que se hacen una vez y se dejan. El cristal tenía una raja en una esquina, arreglada con cinta por detrás.
Elena se quedó delante.
Era pequeño y estaba enmarcado. Arriba, el comisario. Debajo, la jefatura de la unidad. Y de la jefatura salían tres cajitas.
La primera decía «Instrucción». La segunda, «Análisis y Registro». La tercera, «Archivo».
En la tercera, en letra más pequeña, ponía: Archivo 7 (sótano) .
Debajo del cuadro, aparte, había dos renglones de personal adscrito. Uno era un médico forense, Ismael Rueda, y el otro un puesto de apoyo que no tenía nombre escrito. Elena los leyó como se lee un cartel de horarios y no volvió a acordarse de ellos en toda la tarde.
Y en la segunda había un nombre y un cargo, y debajo un paréntesis con dos palabras que a Elena le hicieron algo raro en el estómago.
ANÁLISIS Y REGISTRO · Nadia Puig (registros de consulta)
Bajó los ocho pisos pensando en una hoja.
Cada caja del Archivo 7 llevaba pegada por dentro una hoja de consultas, con su cabecera en tinta morada de multicopista y sus tres columnas: fecha, nombre, motivo. Elena llevaba diez meses viéndolas. Para ella eran el pulso del expediente: mientras alguien siguiera bajando, el caso respiraba.
Nunca se había preguntado quién las miraba después.
* * *
Aquella tarde no leyó nada del faro.
Sacó una caja de la 1-A, la primera de todas, y la abrió por la hoja. Después la 1-B. Después siguió por el pasillo largo sacando una de cada cuerpo, sin orden, sin motivo, y copiando en una hoja de cuadros todos los nombres que no fueran el suyo.
Tardó dos tardes y sacó cuarenta y una cajas. Las sacó y las devolvió una por una, antes de las siete y media. No quería hacer una pila todavía. Había entendido, sin que nadie se lo explicara, que la primera vez que pusiera dos encima de la mesa aquello dejaría de tener vuelta atrás.
Los nombres se repetían poco y se repetían siempre igual. Jueces, con el número de su causa al lado. Dos o tres apellidos de la casa, de gente de Instrucción, con el motivo escrito en letra de prisa. Un periodista, en la caja de 1998. Un abogado, tres veces, la misma semana de 2004.
Y en once de las cuarenta y una, en la última línea escrita, siempre con el mismo motivo de dos palabras, el mismo nombre. Ponía:
Nadia Puig · revisión de registro
Once cajas de cuarenta y una. Siempre la última línea. Siempre las dos mismas palabras.
Elena miró las fechas esperando que se juntaran en alguna parte, que es lo que llevaba tres meses esperando de todas las fechas que miraba.
No se juntaban. Estaban repartidas por seis años, dos o tres al año, sin ningún orden y sin ninguna prisa. Una en marzo y la siguiente en noviembre. Una en agosto, sola, y después catorce meses sin nada.
Era una persona haciendo su trabajo, cada cierto tiempo, desde antes de que Elena llegara. Y eso era lo peor de todo, porque contra eso no hay nada que pensar.
Elena se quedó mirando la hoja de cuadros con el lápiz parado, y entonces hizo lo que llevaba tres meses haciendo con todo, que era darle la vuelta.
Una persona que baja al sótano a revisar registros de consulta no está leyendo expedientes. Está leyendo quién los ha leído.
Y de eso, en el Archivo 7, no quedaba constancia en ninguna parte, porque en aquel sótano se anotaba quién abría una caja y no se anotaba quién leía la hoja.
* * *
Fue hasta la 2-C con la carpeta debajo del brazo y se quedó de pie delante de la balda de la 114-CN, con el hueco de su caja en medio como un diente que falta.
Diez meses de partes mensuales. Cuatro destinatarios. Y en diez meses, ni una pregunta, ni una llamada, ni una corrección: tres sellos de recibido y nada más. Nadie le había dicho nunca que lo estuviera haciendo bien y nadie le había dicho nunca que lo estuviera haciendo mal.
Salvo una vez.
A las 20:40 de una noche, en una pensión, por un teléfono de centralita, alguien que había leído un parte mensual le había dicho dos palabras.
Elena volvió a la mesa, se sentó y abrió la caja 114-CN por donde no la abría nunca, que era por dentro de la tapa.
La hoja de consultas seguía como el primer día, con la cabecera morada, las tres columnas y una sola línea escrita: su fecha, su nombre y la palabra «revisión».
Durante tres meses, aquella hoja en blanco le había parecido lo más triste de todo el expediente y también lo más seguro: la prueba de que nadie había abierto nunca aquella caja. Por eso la había cogido. Por eso y no por otra cosa.
Aquella tarde dejó de parecérselo.
Una hoja en blanco demuestra que nadie escribió en ella.
No demuestra que nadie la abriera.
El Archivo 7 eran dos personas.
Eso no se lo había dicho nunca nadie: lo había supuesto ella, porque en diez meses no bajó nadie, y había tardado diez meses en darse cuenta de que no bajar no es lo mismo que no estar.