36. Lo que Tobías sabe
Lo que Tobías sabe
Tobías Lem no dejaba una pila.
Llevaba dieciocho años haciéndolo. Se sabía dónde estaba cada caja sin abrir el fichero, y andaba por los pasillos sin rozar las estanterías, que en un sitio de ciento diez metros cuadrados y pasillos estrechos es algo que se aprende o no se aprende.
Elena tardó toda la mañana del miércoles en decidir cómo preguntárselo.
Lo ensayó tres veces con el lápiz en la mano, y las tres le salió una pregunta de trámite, que era lo único que sabía decirle.
En diez meses le había preguntado dónde estaba una caja, si había llegado el correo y el número de un impreso.
Nada más. Y las tres veces él había contestado antes de que ella terminara la frase.
A las doce menos cuarto se levantó y fue hasta el cuartito.
Elena había pasado por delante de aquella puerta unas doscientas veces y nunca había entrado. Desde la mesa se veía media espalda y un codo, y con eso llevaba diez meses.
Por dentro era más pequeño de lo que parecía. Una mesa, una silla, el armario de los impresos con sus tres cajones de cartulina verde y una percha de pared con un gancho libre. Olía a lo mismo que el resto del sótano, ni mejor ni peor.
Y no había nada más.
Ni una fotografía, ni una postal, ni un calendario de los que regalan en enero, ni una taza.
Dieciocho años en aquel cuarto y ni una sola cosa que dijera quién se sentaba ahí.
Elena, que llevaba tres meses leyendo habitaciones por lo que la gente deja en ellas, se quedó un segundo más de la cuenta en la puerta.
El fichero del Archivo 7 estaba fuera, en el pasillo, y tenía los cajones duros. Eso lo sabía Elena porque lo había abierto ella. Tobías no lo abría nunca.
Estaba de espaldas, con la puerta abierta, repasando un cajón.
—Tobías.
—Dígame.
—Le quiero preguntar una cosa que no es del trabajo.
Él no se volvió del todo. Giró la cabeza lo justo, con el cajón medio abierto y una cartulina en la mano, y esperó.
—El cuaderno de servicio del faro. El de la 114-CN. —Elena se oyó hablar despacio, como se habla cuando uno no sabe si está pisando algo—. Es el original. No es copia. Es una pieza, y las piezas no bajan: se quedan en el Puesto que instruyó. ¿Sabe usted por qué está ese aquí?
Tobías dejó la cartulina en el cajón.
—No lo sé.
—¿No queda constancia de cómo entró?
—De cómo entró, sí. De por qué, no. —Cerró el cajón—. Yo no decido lo que baja.
Y volvió a lo suyo.
Elena se quedó un momento en el umbral, con la sensación exacta de haber empujado una puerta que estaba abierta, y volvió a su mesa.
* * *
No pasó nada en todo el día.
A las cinco subió un impreso. A las seis y media puso la carpeta en orden y guardó la hoja de cuadros doblada en cuatro.
A las siete y cuarto oyó el ruido del carro por el pasillo largo, y luego el silencio de siempre, que allí abajo no era silencio, sino el zumbido de la ventilación, que estaba en todas partes.
Elena dio la tarde por perdida sin enfadarse. Había preguntado y le habían contestado, y la contestación era que no. En aquel sótano llevaba tres meses cobrando noes de sitios mucho más importantes que un cuartito con tres cajones verdes.
* * *
A las 19:30, Tobías apareció al lado de su mesa.
Elena levantó la vista. En diez meses, aquel hombre se había acercado a su mesa cinco veces, y las cinco para dejar algo: el impreso del parte mensual, el correo, la cajita de la bombilla, la circular del expurgo. Nunca sin nada en las manos.
Traía las manos vacías.
—Usted me ha preguntado una cosa que no sé —dijo—. Le voy a decir una que sí.
Elena dejó el lápiz encima de la libreta.
—Aquí las cajas salen de una en una. Se saca, se lee y se devuelve. —Hablaba mirando la mesa, no a ella—. Una caja abierta encima de una mesa es una caja que alguien está leyendo. Eso es lo normal.
—Ya.
—Dos cajas abiertas encima de una mesa ya no es leer. Es comparar.
Lo dijo sin levantar la voz y sin darle ninguna importancia, como quien explica que el ascensor tarda más cuando lo llaman desde arriba.
—El otoño pasado, antes de que usted viniera, hubo una mesa con cinco.
Elena no se movió.
—¿Cinco cajas?
—Cinco. —Tobías se quedó callado un segundo—. Las conté todas las tardes a las siete y media, desde la esquina del pasillo. Eso sí lo puedo decir.
—¿Cuáles eran?
—No lo sé.
—¿No las devolvió usted?
—No las toqué.
Elena se echó hacia atrás en la silla.
—Yo no me acerco a una mesa que tiene algo abierto encima —dijo Tobías—. Eso no es cosa mía. Yo pongo las cajas donde van, y para saber dónde va una caja hay que leerle el número, y el número está en la testa, contra el pasillo. En una mesa no se le ve.
—¿Cuánto tiempo estuvieron ahí?
—Siete semanas.
Lo dijo sin pensarlo.
—Siete semanas —repitió Elena.
—Cuarenta y nueve días. Las conté también.
Fuera, en algún sitio de la sexta planta, la gente estaría cogiendo abrigos. Allí abajo eran las siete y media de todos los días, con el tubo del techo dando la luz de siempre y el flexo apagado al lado, con la bombilla en su cajita de cartón.
—¿Y qué pasó al final?
—Que un lunes bajé y no estaban.
—¿Las había devuelto alguien?
—Estaban en sus baldas. Las cinco. —Tobías se miró las manos, como en el pasillo aquella noche—. Yo llevo dieciocho años en este sótano. En dieciocho años, esa es la única vez que una caja ha vuelto a su sitio sin que la pusiera yo ni quien la sacó.
Elena tardó en contestar. Cuando lo hizo, le salió más bajo de lo que quería.
—¿Y por qué las dejó ahí siete semanas? Su regla dice que a las siete y media todo está en su sitio.
—Ya.
—¿Se lo mandó alguien?
—No.
—¿Nadie le dijo que las dejara?
—Nadie.
Y ahí fue donde Tobías Lem dijo la frase que Elena no esperaba, y la dijo con el mismo tono con el que informaba de que la bombilla no había llegado.
—Aquello era una persona trabajando. Yo lo vi. Y una cosa es devolver una caja a su balda y otra cosa es llegar por la mañana, ver el trabajo de otro encima de una mesa y deshacerlo.
—Pero es su trabajo.
—Es mi trabajo. —Se quedó un momento con eso—. Lo hice mal siete semanas seguidas y lo volvería a hacer.
Elena pensó, sin poder evitarlo, en un hombre que había subido una cuesta para devolver diez céntimos.
—Tobías.
—Dígame.
—¿Por qué me cuenta esto hoy?
Él miró por fin la mesa de verdad: la caja 114-CN abierta en el borde, la carpeta de gomas, la libreta, la hoja de cuadros doblada en cuatro, el flexo apagado y la cajita de la bombilla al lado.
—Porque usted lleva tres meses con una caja fuera de su balda —dijo—. La devolví una vez, el día que faltó cuatro, porque había bajado el comisario. No la he vuelto a tocar.
—Ya lo sé.
—No. —Tobías se ajustó el abrigo, que ya lo traía puesto—. Lo que quiero decir es que llevo tres meses esperando.
—¿Esperando qué?
—A ver si sacaba usted la segunda.
Se fue por el pasillo largo sin rozar ninguna estantería, y desde el ascensor, sin volverse, dijo que le dejaba las luces encendidas.
Elena se quedó sentada.
Delante tenía una caja abierta, que llevaba tres meses siendo lo único que había encima de aquella mesa, y que ella había sacado el primer día porque nadie la había abierto nunca y no por ninguna otra razón.
Cinco cajas. Cuarenta y nueve días. Alguien que trabajó en aquel sótano antes que ella y a quien, según Salas, le duró cinco meses.
Y un hombre de dieciocho años de servicio que rompió la única regla que cumplía a rajatabla para no deshacerle el trabajo, y que no se lo había contado a nadie hasta aquella tarde.
Elena abrió la libreta por una hoja limpia y no escribió una pregunta.
Escribió una lista de una sola línea, con el número de la caja que ya tenía, y dejó sitio debajo.
Tobías Lem no dejaba una pila.
Aquella tarde, sin decirlo, le dijo a Elena que hiciera una.