El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 35. Diecinueve años encendiendo una luz
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35. Diecinueve años encendiendo una luz

Diecinueve años encendiendo una luz

En tres meses, Elena no le había preguntado a nadie cómo era Adrián Losa.

Del hombre, nada.

Así que aquella tarde hizo lo que no había hecho nunca: empezó la libreta otra vez por el principio.

No a buscar. A leer.

Ciento y pico páginas, tres meses, seis personas y cuatro paredes. Elena fue despacio, con el lápiz en la mano y una hoja de cuadros al lado, y cada vez que alguien había dicho algo que no era de aquella noche, lo copió.

Tardó dos tardes.

Lo primero que le salió fue de la primera semana, de la taberna, de la mujer que le puso un café y le señaló una taza en una foto del corcho.

«Esa taza se la regalé yo. Decía que en la torre el café sabía a óxido, y que en mis tazas sabía menos.»

Y cuatro líneas más abajo, en la misma página, lo que entonces le había parecido una frase de relleno:

«Era de los que ponen cada cosa en su sitio. Un poco pesado con eso, la verdad. Con eso y con que las cosas se hicieran como es debido. Una vez le di diez céntimos de más en la vuelta. Se dio cuenta arriba, en el faro, y bajó y subió otra vez la cuesta para devolvérmelos.»

Diez céntimos. La cuesta del puerto, que Elena había subido tres veces y sabía lo que era.

Siguió.

Rita Vergara, en el muelle, con una amarra en las manos y sin mirarla:

«Adrián encendía la luz y nosotros volvíamos. Así de fácil. Mi padre volvía con esa luz y yo he vuelto con ella toda la vida.»

Y, más abajo, la noche del motor parado a la entrada de la bocana, con temporal, y las dos horas de radio hasta que llegó alguien a sacarla. Elena lo había apuntado entero, aunque no servía para nada:

«No me dijo nada importante: cómo le había quedado el guiso, que la sirena le estaba levantando dolor de cabeza.»

Dos horas de un hombre hablándole a una mujer del guiso para que no se le notara el miedo.

Emilio Cardús, en el astillero, con las tres quejas encima de la mesa y la vista bajada:

«Adrián era el hombre más honrado del cabo. Y el más pesado.»

Y aquello otro, que Elena había subrayado en su día sin saber por qué:

«Uno se acostumbra a tener a alguien vigilándole desde arriba. Luego no está, y es como si le hubieran quitado el techo a la casa.»

Nuria Ínsua, con un año de mediciones en una carpeta y doce notas de respuesta:

«Yo le mandaba cuatro folios con tablas y él me contestaba con una línea.»

Quince veces en un año le había escrito a un hombre que no estaba de acuerdo con ella, y doce le había contestado.

Y Tomás Iriarte, de pie en un salón frío, sin ofrecerle sitio, hablando de su tío como de un examen suspendido hace mucho:

«Mi tío no me dijo nunca que no. Me miraba y ya estaba.»

«Subía a la torre todas las tardes a la misma hora, lloviera o no. Decía que una luz no se enciende sola.»

Elena leyó la hoja de cuadros entera, de arriba abajo, y se dio cuenta de una cosa que le dio un poco de vergüenza.

Se lo habían dicho todos. Todos, desde el primer día, cada uno con sus palabras. Ella les había preguntado por una noche y ellos le habían contestado por un hombre, y ella lo había apuntado todo y no lo había leído nunca junto.

Debajo puso lo que no había dicho nadie.

Una casa de piedra con una mesa y dos sillas, y una estantería con libros de mareas y manuales de faros ordenados por altura.

Un barómetro de latón en la pared. Un sillón vuelto hacia el mar con la forma de alguien todavía hundida en el cojín, que es lo que deja un hombre que se sienta siempre en el mismo sitio a mirar siempre lo mismo.

Un registro de visitas de setenta y una páginas para diecinueve años, y nueve veces en catorce años una sola palabra en la casilla del motivo.

Una cuartilla doblada en cuatro, con trescientas sesenta y cinco fechas y trescientas sesenta y cinco horas, calculadas por él para su torre y para nadie más.

Ochenta y ocho noches seguidas encendiendo a la hora exacta.

Y una taza tibia.

* * *

Elena se levantó, dio una vuelta por el pasillo largo contando cuerpos de estantería y volvió a sentarse, porque hay cosas que no se piensan sentado.

Aquel hombre no era un misterio. Era lo contrario de un misterio. Era el hombre más legible que había pasado por aquella mesa en diez meses: se sabía a qué hora se levantaba, a qué hora subía, qué hacía arriba, qué le molestaba, a quién contestaba y cuánto tardaba en devolver diez céntimos.

Y entonces volvió atrás, a la página del muelle, y leyó otra vez la única frase de todas que era las dos cosas: una frase sobre el hombre y una frase sobre la noche.

«Conocía los barcos por el ruido del motor. Te oía entrar en la bocana de noche y ya sabía quién eras. Y lo apuntaba.»

Y luego Rita había preguntado, mirándola por primera vez: «¿Lo tiene usted?»

Elena lo tenía. Lo había tenido desde el primer día, a dos metros de la mesa, dentro de una bolsa de plástico grueso.

Una página por noche. La fecha, dos horas y, debajo, una casilla con sitio para cuatro líneas donde aquel hombre escribía una palabra. «Clara.» «Bruma.» «Cerrado.»

Cuatro líneas de sitio y una palabra escrita.

Siempre.

Ochenta y ocho veces seguidas, siempre.

Elena puso las manos encima de la mesa y se quedó así.

Había pasado tres meses buscando lo que le habían hecho a Adrián Losa, y lo que había encontrado era lo que era Adrián Losa, y las dos cosas resultaban ser la misma, y no por ninguna razón bonita.

Un hombre que sube una cuesta para devolver diez céntimos no se deja una noche sin apuntar.

Un hombre que escribe tres veces a Portos por unos barcos sin número, y que a la tercera ya no saluda, no decide callarse un martes.

Un hombre que se calcula su propio ocaso a cuarenta y un metros sobre el mar, para una torre que nadie inspecciona, no deja una casilla vacía porque no le apetezca.

Faltaban siete páginas.

Y lo que aquellas siete páginas tuvieran escrito, lo había escrito él. Entero. Con la fecha, con la hora y con la palabra que hiciera falta, aunque fueran más de una y aunque hubiera que usar las cuatro líneas.

Hasta aquella tarde, Elena había pensado en las siete páginas como se piensa en un hueco. Algo que falta. Algo que a lo mejor estaba en blanco, o que a lo mejor arrancó él mismo por uno de los muchos motivos que tiene un hombre solo en una torre.

Ya no.

Aquellas siete páginas no se arrancaron porque estuvieran vacías. Se arrancaron porque estaban escritas.

Elena lo pensó despacio, por si se caía, como se le había caído todo lo demás en tres meses.

Le dio la vuelta. Buscó por dónde romperlo.

Y no se rompió, porque no era una deducción: era un hombre, contado por seis personas que no se hablaban entre ellas y que no tenían ningún motivo para ponerse de acuerdo en eso.

Lo cual no servía absolutamente para nada.

No se puede escribir en un informe que un hombre no habría dejado una página en blanco. No hay impreso para eso. No hay casilla. Elena había firmado papeles durante años antes de bajar allí, y sabía perfectamente lo que le pasa a uno que dice lo que era alguien: se lee, se dice «ya», y se archiva.

Así que no lo escribió en la libreta buena.

Lo escribió en la hoja de cuadros, debajo de todo lo demás, con las seis voces encima, y luego dobló la hoja en cuatro y se la guardó en la carpeta, que era donde llevaba las cosas que no tenían sitio.

* * *

Eran las siete y veinte. Arriba ya sería de noche; allí abajo era la misma hora de siempre.

Al fondo del pasillo, en su cuartito, Tobías Lem estaba repasando algo con la puerta abierta. Elena le veía media espalda y un codo, como todas las tardes desde hacía más de diez meses.

Se quedó mirando aquel codo un rato largo.

En tres meses, Elena no le había preguntado a nadie cómo era Adrián Losa.

Y en diez meses no le había preguntado a Tobías Lem nada que no fuera de trámite.