El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 34. El sextante
72%

34. El sextante

El sextante

En la libreta de Elena había una pregunta que no era suya.

La había escrito en el coche, a la salida de la casa del acantilado, con las manos frías.

La copió tal cual porque le gustó cómo sonaba.

No llevaba número. No estaba en la hoja de las preguntas, entre las diez que sí eran suyas.

Estaba en el margen de otra página, torcida, como se apuntan las cosas que uno no sabe todavía dónde van.

«No sé para qué quería un sextante un hombre que no se movió de sitio en diecinueve años.»

La había dicho Tomás Iriarte con un instrumento de latón en la mano, cogido como quien coge un pájaro muerto. Al lado tenía una caja de cartón con un signo de interrogación en el costado.

El lunes, ya en enero, Elena fue a buscar la respuesta.

Empezó por lo que tenía a dos metros, que era donde llevaba tres meses sin mirar.

Levantó la caja del suelo y la puso en el borde de la mesa, donde no había estado desde noviembre.

El cuaderno de servicio del faro estaba en su caja desde el principio, dentro de la bolsa de plástico grueso, y era lo único de todo aquel expediente que había viajado quinientos kilómetros para acabar en un sótano.

Elena lo había abierto muchas veces. Siempre por el mismo sitio: por el final, por los siete bordes rasgados, por el cuaderno en blanco que venía detrás.

Tres meses mirando el agujero.

* * *

Aquella tarde lo abrió por el principio.

Era un cuaderno de tapas duras con las esquinas redondeadas por el uso, y llevaba una página por noche. Ochenta y ocho páginas escritas, del uno de agosto al veintisiete de octubre, y después el corte.

Cada página estaba casi vacía.

Arriba, la fecha. Debajo, dos horas: encendido y apagado.

Y más abajo, en una casilla con espacio para cuatro líneas, una sola palabra, a veces dos.

«Clara.» «Bruma.» «Cerrado.» «Clara, viento.

» La letra era la de las quejas y la de las notas de la carpeta de la sirena: pequeña, derecha, sin prisa, de un hombre que escribe igual el primer día que el último.

Ochenta y ocho páginas iguales. Una vida entera cabe en un renglón repetido.

Elena las pasó una por una, y a la tercera o la cuarta empezó a hacer lo que hacía siempre, que era copiar.

Sacó papel de cuadros y puso tres columnas: la fecha, la hora de encendido y la hora de apagado. Le llevó hora y media larga, y a las nueve menos cuarto tenía ochenta y ocho líneas escritas a lápiz, con el tubo del techo encima y el flexo apagado al lado, con la bombilla en su cajita de cartón.

Después buscó lo otro.

En el pasillo del sótano, en la estantería de consulta, había un armario bajo con anuarios, callejeros viejos y tres tomos de efemérides de los que nadie se acordaba. Elena sacó el del año, buscó la costa y copió, para las mismas ochenta y ocho fechas, la hora oficial del ocaso.

Volvió a la mesa y puso las dos columnas una al lado de otra.

No coincidían.

Lo primero que sintió fue lo de siempre, esa cosa pequeña y fea que se le movía en el estómago cuando un papel no cuadraba con otro, y que después de tres meses ya sabía en lo que acababa.

Las diferencias eran pequeñas. Cuatro minutos. Siete. Once. Nunca más de doce, nunca menos de tres, y siempre en el mismo sentido: él encendía después.

Un hombre encendiendo tarde. Ochenta y ocho noches encendiendo tarde.

Elena se quedó un rato con aquello delante, porque un farero que enciende tarde es una cosa que se puede poner en un informe, y llevaba tres meses sin poder escribir nada.

Luego hizo lo único que había aprendido a hacer en tres meses: en vez de quedarse con el dato, contar.

Puso las diferencias en una cuarta columna y las leyó seguidas, de arriba abajo.

Uno de agosto, once minutos. Dos de agosto, once. Tres, once. Cuatro, diez.

Bajaban.

No bajaban de cualquier manera. Bajaban despacio y sin saltarse ninguna, once, once, diez, diez, diez, nueve, a lo largo de agosto y de septiembre, hasta llegar a tres a mediados de octubre, y después empezaban a subir otra vez.

Y la noche del último domingo de octubre, cuando la hora oficial daba el salto de siempre, la suya saltaba también, la misma hora exacta, y al día siguiente seguía la curva donde la había dejado.

Elena dejó el lápiz.

Aquello no era un hombre que encendiera tarde. Era un hombre que encendía a una hora distinta de la del libro, todas las noches, con una diferencia que se movía sola y volvía sobre sí misma como se mueven las cosas que dependen del sol.

Estaba siguiendo una tabla. Otra tabla.

Y lo que le puso a Elena la piel de otra manera no fue eso. Fue lo otro, lo que llevaba delante desde el principio y no había sabido ver.

Ochenta y ocho noches.

Ni una sola desviación. Ni un minuto de más ni uno de menos. Ochenta y ocho noches seguidas clavando una hora que cambiaba todos los días.

Elena llevaba tres meses buscando lo que no cuadraba en aquella caja.

Aquel lunes encontró lo que cuadraba, y fue peor.

Llamó a Tomás Iriarte a las nueve y veinte, desde el sótano, sabiendo que era tarde y llamando igual.

Descolgó al cuarto tono, con ruido de bar detrás.

—La archivera.

—Perdone la hora.

—Estoy en el puerto. Diga.

—La caja del signo de interrogación. ¿La tiró?

Hubo una pausa, y el ruido de detrás se apagó un poco, como si hubiera salido a la calle.

—Está en el trastero. No he tirado nada de esa caja. —Una risa corta, sin gracia—. Es la única que no he tocado en tres meses.

—¿Está el sextante?

—Está.

—¿Puede mirar si viene algo con él? Papeles. Una libreta. Algo doblado.

—¿Ahora?

—Cuando pueda.

Tomás la llamó a las once menos diez.

—Hay una hoja —dijo—. Dentro de la caja del sextante, debajo del terciopelo. Está doblada en cuatro y tiene un montón de números.

—¿Me la puede fotografiar?

La foto le llegó al móvil dos minutos después, torcida y con la sombra de su mano en una esquina.

Era una cuartilla cuadriculada, escrita a los dos lados con la letra pequeña y derecha, y llena de arriba abajo de la misma cosa: una fecha y una hora. Todas las del año. Trescientas sesenta y cinco.

En la cabecera, en mayúsculas, seis palabras y un número. Decía:

CABO NIEBLA. OCASO EN LA GALERÍA. +41 M.

Elena la miró un rato largo en la pantalla del móvil, sentada en un sótano a quinientos kilómetros, con el tubo del techo encima.

No era una prueba. No servía para el expediente. No contestaba a ninguna de las diez preguntas.

Lo que era se entendía sin saber nada de faros.

La hora oficial del ocaso se calcula para un punto de la provincia, a la altura del mar.

Cabo Niebla está más al oeste y la galería de la linterna está cuarenta y un metros por encima del agua, y desde cuarenta y un metros el sol se pone más tarde, y cuánto más tarde depende del día del año.

Son minutos. Nadie los mira. La instrucción dice «al ocaso» y con la hora del libro cumple cualquiera.

Adrián Losa se había pasado años con un instrumento de latón en las manos, en una galería a cuarenta y un metros sobre el mar. Midiendo el sol. Para saber a qué hora se ponía allí y no en la capital de la provincia.

Y se había hecho su tabla. Día por día, los trescientos sesenta y cinco.

Y después la había cumplido.

Nadie se lo había pedido. Nadie lo había comprobado nunca. Ninguna inspección de las que constaban en el registro de visitas había abierto aquel cuaderno para restarle una columna a otra, porque a nadie se le ocurre ir a un faro a comprobar si el farero enciende demasiado bien.

—¿Esto sirve para algo? —preguntó Tomás.

Estaba esperando al otro lado, y Elena se dio cuenta de que llevaba callada casi un minuto.

—No —dijo—. Para el expediente, no.

—Ya.

—Es la tabla que se hizo él para encender la luz a la hora exacta de aquel sitio. No de la costa. De ahí.

Al otro lado no dijo nada durante un rato.

—Mi tío decía que una luz no se enciende sola —dijo Tomás por fin, y lo dijo distinto de como lo había dicho en el salón de la casa, con las cajas por el suelo.

—Lo sé.

—Voy a volver a guardarla.

—Hágalo.

Elena colgó y se quedó con las dos columnas delante, las ochenta y ocho líneas suyas a lápiz y la cuartilla de él en la pantalla, que se apagó sola a los treinta segundos.

En la libreta de Elena había una pregunta que no era suya.

Ahora tenía la respuesta, y tampoco era suya: era de un hombre que se la había pasado entera sin dársela a nadie.