El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 33. Los nombres del registro
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33. Los nombres del registro

Los nombres del registro

El registro de visitas del faro de Cabo Niebla tenía setenta y una páginas escritas, y en ellas cabían diecinueve años.

Elena lo había tenido en las manos una sola vez, con guantes, encima de una mesa del Puesto de la Guardia Civil.

Tapas azules. Ondulado, como si hubiera intentado ser una ola.

Tres columnas: la fecha, el nombre y el motivo.

Y en las hojas, donde tenía que haber nombres, había trazos, alguna mayúscula y la forma de un nombre sin el nombre.

Era lo último que le quedaba de la lista de seis.

Lo malo no era que el libro estuviera mojado. Lo malo era que estaba a quinientos kilómetros, en un armario metálico con candado, y que no era suyo.

Eso lo había aprendido bien la semana anterior.

Empezó a buscarlo por el sitio más tonto, que a veces es el que funciona. En el informe del laboratorio, el de hacía veinte años, había un membrete y un número. Elena lo marcó un martes por la mañana, sin muchas esperanzas, y descolgaron al tercer tono.

El teléfono seguía siendo el mismo. La persona que firmaba el informe, no.

—Se jubiló hace ocho años —dijo una mujer—. ¿Qué necesitaba?

Elena se lo explicó. Un libro de registro de veinte años atrás, mojado la misma noche de los hechos, con las tres columnas ilegibles. Habló despacio y sin adornar, y notó, mientras hablaba, que no le hacía falta explicar ninguna palabra.

—¿Ilegible cómo? —dijo la mujer—. No es lo mismo borrado que corrido.

—Corrido. La tinta se movió. Quedan trazos.

—Entonces la tinta no está. Con la tinta movida no hacemos nada: el infrarrojo enseña lo que hay debajo, no lo que ya se fue de sitio. —Una pausa corta—. Pero eso es solo la tinta.

—Los surcos.

Al otro lado hubo un silencio de medio segundo, de los que se notan.

—Los surcos —dijo la mujer—. ¿Usted de dónde es?

—Del Archivo 7.

—Ya. —No preguntó más—. Me llamo Casal. Amalia Casal. Apúntelo, que si no, la pasan por centralita y se pierde.

Le explicó lo que se podía hacer y lo que no, con el orden de quien lo ha dicho muchas veces.

Cuando alguien escribe en una hoja, el bolígrafo marca la de debajo.

Esa marca no es tinta: es un hueco. El agua hincha el papel y afloja los huecos, y a veces los borra del todo, y no hay manera de saber cuáles hasta que se mira.

Si el libro estuvo mucho tiempo mojado y se secó apretado, los del medio del bloque suelen aguantar mejor que los de arriba y los de abajo.

—¿Cuánto tarda?

—Poco. Lo que no es poco es que me llegue el libro. —Casal lo dijo sin reproche, como quien lee el parte meteorológico—. Eso no lo arreglo yo.

—Ya lo sé.

—Mándemelo y se lo miro. Si me lo mandan, yo lo miro.

Elena colgó y se quedó con la mano encima del teléfono. Eran las diez y veinte de un martes, llevaba tres semanas sin que nadie le dijera que sí a nada, y acababa de decírselo una desconocida en cuarenta segundos.

Lo difícil era lo otro.

Aquel libro era una pieza de un depósito de la Guardia Civil, en el Puesto de Punta Gris, en un caso archivado. Para que saliera de aquel armario hacía falta una remisión de efectos para pericia. Y una remisión la firma alguien.

Elena redactó el escrito, lo dejó en la mesa y se quedó mirándolo un rato con el tubo del techo encima y el flexo apagado al lado, con la bombilla en su cajita.

Después cogió el teléfono otra vez.

—Cabo Pumar.

—Elena Cortés. Del Archivo 7. Estuve ahí en...

—Ya sé quién es. —Un ruido de silla—. ¿Qué pasa?

Se lo contó entero, sin quitarle nada: que el laboratorio podía mirar los surcos del registro, que ella no tenía ninguna autoridad para pedirlo, que el caso estaba archivado y que si él prefería no meterse lo entendería perfectamente y no volvería a llamar.

Pumar la dejó terminar.

—¿El libro azul?

—El libro azul.

—¿Y lo devuelven?

—Lo devuelven. Va y vuelve con acta.

Hubo una pausa de tres o cuatro segundos.

—Póngamelo por escrito y lo firmo hoy.

Elena tardó un momento en contestar, y cuando contestó fue para decir gracias, que es lo que se dice.

—No me dé las gracias —dijo Pumar—. Llevo once años con ese armario y nadie me ha pedido nunca nada de ahí dentro. Un armario del que no sale nada es un trastero.

Aquella tarde, antes de subir, Elena abrió la libreta por la hoja de las preguntas. Debajo de la décima, que tenía tres palabras y llevaba una semana sola, escribió una más, sin comentario y sin rodearla:

«Pumar.»

* * *

El libro tardó dieciséis días en llegar al laboratorio y cuatro en volver. El informe llegó el jueves siguiente, por correo interno, en un sobre con ventanilla.

Elena lo abrió de pie.

Casal había hecho lo que dijo y lo había escrito como se escriben estas cosas, sin prometer nada. La primera parte era de lo que no se pudo. Decía:

Se descarta el tratamiento de tinta por desplazamiento del trazo. En las páginas 1 a 9 y 63 a 71 no se obtienen huellas de escritura aprovechables, por deformación del soporte.

Las nueve de arriba y las nueve de abajo del bloque, como le había dicho por teléfono. Por las fechas de las que quedaban, aquellas nueve del final eran los dos últimos años.

El resto era lo que sí. Ponía:

En las páginas intermedias se obtienen huellas de escritura de calidad desigual.

La columna de fecha resulta legible en la mayor parte de los casos.

La columna de nombre presenta resultados parciales, de uno a cuatro caracteres, insuficientes para atribución.

La columna de motivo, por su brevedad y por la repetición del término, resulta legible en un número significativo de asientos.

Elena leyó la última frase dos veces.

Los nombres, no. Los motivos, sí.

Se sentó y se puso a contar, que era lo suyo.

En las cincuenta y tres páginas recuperadas había doscientos once asientos, y casi todos con su fecha. Elena los pasó a una hoja de cuadros, año por año, como había hecho con los cuarenta mil euros. Le llevó toda la tarde y parte del viernes.

Catorce años y medio: desde el cuarto año de Losa en la torre hasta donde el agua había cortado el libro. Uno al mes, poco más.

Y de los doscientos once, casi todos tenían el motivo en el idioma de siempre: revisión, inspección, suministro, avería del grupo, lectura de contadores, repaso de la óptica. Un faro es una instalación, y a las instalaciones va gente a mirarlas con un impreso en la mano.

Casi todos.

Había nueve que no.

Nueve asientos, repartidos en catorce años, en los que la columna del motivo tenía una sola palabra, y la palabra no era ninguna de las otras.

«Visita.»

Elena se quedó con la hoja de cuadros delante y la luz del tubo encima, y pensó una cosa que no tenía dónde apuntarse.

Un hombre había pasado diecinueve años en lo alto de una torre.

Todo el que subía a verle tenía que poner su nombre en un libro y decir a qué venía, porque así estaba mandado y porque era él quien lo apuntaba.

Y en los catorce años que se podían leer, nueve veces, alguien había subido sin traer impreso, sin avería que mirar y sin contador que leer.

Nueve veces, y las nueve él había tenido que escribir en la casilla para qué.

No había sabido poner otra cosa.

* * *

Elena buscó los nueve en el informe, uno por uno, a ver qué quedaba de los nombres. Una M. Tres letras que podían ser un principio. Un apellido de siete caracteres del que se salvaban el segundo y el sexto. La forma de un nombre sin el nombre, otra vez, nueve veces seguidas.

El último de los nueve era de un martes de septiembre, dos años y dos meses antes de aquella noche.

Y ahí era justo donde se acababa lo que se podía leer.

* * *

El viernes, al final de la tarde, Elena abrió la libreta por la hoja del Puesto y miró la lista que había escrito en el coche, aquel jueves, con las seis cosas que faltaban.

Estaban las seis contestadas.

El cuerpo: no apareció y no va a aparecer.

La puerta: «deteriorada», en la página once de un pliego.

Las siete páginas: nada, ni un trozo. Alguien que leyera la nota y los números: nadie en veinte años, y lo más que se sabe es que está escrita para que no la lea cualquiera y que quien la escribió tenía frío.

La clave de la caja: «pendiente de instrucciones», hace diecisiete años.

Y los nombres del registro: nueve veces la misma palabra y ni un nombre entero.

Seis preguntas y seis contestaciones, y entre las seis no había un solo nombre, una sola hora ni un solo hecho nuevo que se pudiera meter en un expediente.

No tachó ninguna. En un archivo, lo que se tacha se nota más que lo que se escribe, y además no era verdad que estuvieran cerradas. Estaban contestadas, que es otra cosa.

El registro de visitas del faro de Cabo Niebla tenía setenta y una páginas escritas, y en ellas cabían diecinueve años.

Ahora Elena sabía cuántas veces había subido alguien a ver a aquel hombre sin un motivo que anotar. Lo que no iba a saber nunca era quién.