El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 32. La caja fuerte del faro
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32. La caja fuerte del faro

La caja fuerte del faro

En el faro de Cabo Niebla había una caja fuerte cerrada, y en veinte años nadie había dicho que no se pudiera abrir.

Elena la llevaba apuntada desde el primer mes. Estaba en aquella lista que escribió en el coche, a la puerta del Puesto, con las otras cinco: el cuerpo, la puerta, las siete páginas, alguien que leyera la nota y los números, la clave de la caja, los nombres del registro.

De las seis, una tenía ya contestación, y era una palabra sacada de la página once de un pliego de obra.

La caja la había dejado para el final a propósito. Las otras cinco eran cosas que faltaban. La caja era lo contrario: era el único sitio de todo aquel expediente donde a lo mejor había algo.

* * *

Aquel domingo, antes de volver, subió al monte.

La carretera del norte estaba sembrada de ramas y de arena, y a mitad de la subida un tractor apartaba a la cuneta lo que el temporal había dejado encima del asfalto. Arriba no había niebla.

No había niebla en ninguna parte. El temporal se la había llevado como se lleva todo, y desde la explanada de la estación costera se veía la costa entera, de punta a punta, con una nitidez que a Elena le pareció casi indecente.

Y se veía la torre.

La primera vez que había subido allí, en noviembre, lo único que asomaba de la sábana blanca era algo que podía ser la punta de una torre. Ahora estaba entera: pequeña, blanca, plantada en su cabo, a veinte kilómetros de distancia y perfectamente visible, como si el mar hubiera querido enseñársela.

Olvido Arnáiz estaba en la sala de radio con la chaqueta abrochada hasta arriba y el bolígrafo detrás de la oreja. El cartel de las cuatro chinchetas seguía junto a la puerta. El dieciséis seguía encendido.

—Mal fin de semana para venir —dijo.

—He venido por eso.

Elena sacó las fotografías de la carpeta y las puso encima de la mesa, una al lado de otra: las dos caras de la nota, hechas con el móvil pegado al plástico para que no brillara.

—Esto no son las letras —dijo Olvido.

—No. Esto estaba en el bolsillo. —Elena esperó a que las mirara—. Hace veinte años se peritó para saber de quién era la letra. Nadie preguntó nunca qué ponía.

Olvido no dijo nada durante un rato largo. Se puso las gafas, acercó la lámpara y estuvo con las dos fotos como había estado, dos noches seguidas, con la copia azul y el crucigrama al lado.

—Yo no sé qué pone.

—Ya me lo imaginaba.

—Le voy a decir lo que sé, que es de otra cosa. —Olvido se quitó las gafas—. Llevo treinta años leyendo lo que escribe la gente cuando no tiene tiempo. Diarios de guardia, partes, avisos apuntados a las cuatro de la mañana con una mano en el lápiz y la otra en el volumen.

Puso el dedo al lado de la foto, sin llegar a tocarla.

—Cuando uno escribe para que lo lea otro, escribe más grande. Aunque tenga prisa. Aunque esté muerto de sueño. Separa las palabras y termina las letras, porque en el fondo sabe que alguien va a venir detrás.

—¿Y esto?

—Esto no está escrito para que lo lea cualquiera.

Elena se quedó mirando las dos fotografías del revés, desde el otro lado de la mesa, que es como se ven las cosas cuando uno no las ha escrito.

—¿Está segura?

—No. —Olvido lo dijo sin pensárselo, y siguió—: No se lo puedo demostrar. Llevo treinta años viéndolo y no se lo puedo demostrar. Por eso no lo he puesto nunca en ninguna hoja.

Elena lo apuntó tal cual, con la advertencia pegada detrás, porque una cosa sin demostrar deja de ser peligrosa en cuanto se escribe con lo que le falta: «Olvido dice que no está escrito para que lo lea cualquiera. Dice también que no lo puede demostrar.»

* * *

Bajó el monte con la carretera limpia y el sol dándole en el retrovisor, y no puso la radio en las cinco horas.

Un hombre que escribe algo que no debe leer cualquiera no lo tira, ni lo manda. Lo guarda.

Y en aquella torre había un sitio para guardar.

* * *

El lunes por la mañana bajó al sótano con la idea hecha, y la idea era la única que sabía tener: pedirlo por escrito.

Redactó dos oficios. Le salieron cortos, porque los dos decían lo mismo y cabía en una frase. Que en la torre de Cabo Niebla existía una caja fuerte cerrada desde el 3 de noviembre. Que constaba en el atestado. Y que se solicitaba autorización para su apertura.

Los subió al registro con el impreso correspondiente y se sentó a esperar. El flexo seguía apagado encima de la mesa, con la bombilla al lado, dentro de su cajita de cartón, y el tubo del techo daba la luz de siempre.

La primera contestación tardó nueve días. Decía:

En relación con su escrito, se comunica que el elemento a que se refiere no figura en el inventario de esta unidad ni consta su incorporación en las sucesivas actas de recepción de la instalación, por lo que no corresponde a este organismo autorizar actuación alguna sobre el mismo.

La segunda tardó trece, y decía:

No existiendo procedimiento judicial abierto en relación con los hechos, archivados por auto firme, no procede acordar diligencia de apertura ni dirigir instrucción alguna al efecto.

Elena las leyó las dos seguidas, y luego las leyó otra vez.

Ninguna de las dos decía que no. Las dos decían que no les tocaba.

Y las dos tenían razón. Esa era la parte que costaba.

El organismo que cuida la torre no puede abrir una cosa que no ha recibido nunca.

El juzgado que archivó el caso no puede ordenar una diligencia en un caso que ya no existe.

Cada uno con su papel, había dicho Pumar, y llevaban veinte años así por el procedimiento normal, en el plazo normal, con todo el mundo haciendo lo que le tocaba.

Quedaba un sitio.

El jueves volvió a llamar a Suárez, el de la empresa que hizo la obra del faro, y esta vez no tuvo que explicar quién era ni decir que estaba revisando un expediente viejo. Lo cogió él directamente.

—La del faro.

—La del faro. Una cosa más.

—Diga.

—En la torre hay una caja fuerte. ¿La vieron ustedes?

—Uf. —Elena oyó una silla—. Espere.

Estuvo esperando seis o siete minutos, con el auricular contra la oreja y el ruido de un cajón al otro lado. Cuando volvió, venía con papel.

—Aquí está. Yo le dije que no guardábamos fotos. Presupuestos sí. Presupuestos se guarda todo, y para siempre.

—¿Qué pone?

—Es una partida del presupuesto inicial, la ciento nueve. —Suárez leyó despacio, con la voz de quien lee un número de serie—. «Apertura de caja fuerte existente en planta primera, retirada y transporte a vertedero.» Con su precio y todo.

—¿Y se hizo?

—No. Está fuera del contrato definitivo.

—¿Por qué?

—Porque alguien la quitó antes de firmar. —Otro ruido de papel—. Y aquí está por qué. Lo pone al margen, a mano.

—¿Qué pone?

—«Pendiente de instrucciones.»

Elena tenía el lápiz encima de la hoja y no lo movió.

—¿De hace cuánto es eso?

—De la fecha del contrato. —Suárez hizo la cuenta él solo—. Diecisiete años.

—¿Y nunca llegaron instrucciones?

—Señora, si hubieran llegado, la caja no estaría ahí.

Elena le dio las gracias, y antes de colgar Suárez añadió una cosa que no le había preguntado nadie, en el tono de quien explica cómo funciona un oficio.

—Una caja fuerte se abre en media hora. Con dos hombres y una radial, media hora, y si se rompe no pasa nada porque la tiras igual. —Hizo una pausa—. Lo que no se puede es abrirla porque a uno se le ocurra.

En el sótano, a las siete y veinte de aquel jueves, Elena hizo la única cuenta que quedaba por hacer.

Para abrir aquella caja no hacía falta una clave.

No hacía falta un cerrajero, ni una orden, ni un procedimiento, ni dinero: la partida ciento nueve tenía un precio y el precio era ridículo comparado con lo que había costado buscar a un hombre durante tres días por la costa, y sus papeles por los contenedores del puerto.

Hacía falta que alguien escribiera su nombre debajo de la palabra «ábranla».

Y no había nadie. No porque se negaran, que no se negaba ninguno, sino porque un caso archivado no es de nadie, y las cosas que no son de nadie no tienen quien las firme.

Abrió la libreta por la hoja de las preguntas, debajo de la novena, y escribió la décima.

Le salió de tres palabras, y mientras la escribía se dio cuenta de que era la primera que no era del faro, ni de Punta Gris, ni de aquella noche de noviembre. Era del edificio en el que estaba sentada.

«¿Quién firma?»

Volvió atrás, a la hoja de primeros de noviembre, donde había apuntado el número de teléfono de un sargento jubilado. No lo tachó entonces y no lo tachó ahora.

En el faro de Cabo Niebla había una caja fuerte cerrada, y en veinte años nadie había dicho que no se pudiera abrir.

Lo que nadie había dicho, en veinte años, era que sí.