31. El temporal
El temporal
En Punta Gris, cuando hay temporal, el pueblo se mete para dentro.
Elena volvió un sábado de mediados de diciembre, con su coche y su gasolina, como la primera vez. No pidió nada a nadie porque no había nada que pedir: un sábado es de uno.
Iba a ver a Olvido Arnáiz.
Llevaba dos semanas con el informe del laboratorio en la carpeta y con una pregunta que no había hecho nunca nadie, y aquella pregunta no se hace por teléfono. La otra vez lo había aprendido a su costa.
El aviso lo dieron el viernes por la tarde.
Elena lo oyó en la radio del coche, a mitad de camino, con esa voz tranquila que ponen para las cosas serias: temporal en toda la costa, mar combinada de siete metros, rachas de ciento y pico.
Recomendación de no acercarse a los paseos marítimos ni a los espigones.
Los últimos treinta kilómetros los hizo a sesenta, con los limpiaparabrisas al máximo y sin adelantar a nadie porque no había a quién. En las curvas de arriba, el viento empujaba el coche hacia dentro del carril, que es la dirección buena, y aun así no era agradable.
Llegó a las cuatro y ya estaba oscuro, que en invierno y con aquel cielo es una cosa que pasa antes de tiempo.
El pueblo estaba cerrado.
No era una manera de hablar. Los pesqueros estaban dobles y triples de amarras, con neumáticos entre casco y casco.
La lonja tenía las puertas metálicas bajadas.
Habían quitado las cajas de plástico de la rampa.
En las casas de la primera línea, las contraventanas estaban echadas y aseguradas, y en dos o tres las habían atravesado con un listón por fuera.
En el espigón no había nadie.
Elena miró hacia el principio del hormigón, donde se acababa el bueno, por costumbre más que por otra cosa. La caja de plástico no estaba. Ni el cubo.
Aparcó donde siempre y subió a la pensión con la bolsa. La dueña le abrió antes de que llamara.
—Le he puesto la de dentro. La suya da al puerto y esta noche no va a dormir.
La habitación de dentro daba a un patio y olía a cerrado. Elena le dio las gracias.
—¿Se va mañana?
—El domingo por la tarde.
La mujer lo apuntó en el cuaderno de hule. Después, sin levantar la vista, dijo:
—Mañana hay misa a las doce, por si le extraña que no haya nadie.
—¿Misa de qué?
—De un entierro.
Y se lo contó en cuatro frases, como se cuentan en un pueblo las cosas que todo el mundo sabe. Un hombre del Tres Hermanas, cincuenta y tantos, el martes anterior, con mala mar y una ola de través. Lo buscaron dos días. El jueves lo dejaron.
—¿No apareció?
—Aquí unos aparecen y otros no. —La mujer cerró el cuaderno—. Con este tiempo, tampoco iba a aparecer ya.
—¿Y el entierro es mañana?
—El entierro es mañana.
Elena tardó un momento en entenderlo del todo, y cuando lo entendió no dijo nada, porque lo que le vino a la cabeza no era para decírselo a la dueña de una pensión.
Cinco días.
El martes se lo llevó el mar. El jueves dejaron de buscarlo. El domingo lo enterraban.
Sin cuerpo.
* * *
Antes de subir se acercó al muro del paseo, que era lo que pedía la radio que no se hiciera, y estuvo un minuto.
Elena había visto el mar muchas veces y nunca había visto aquello. No eran olas. Era una cosa entera que subía y bajaba, gris y sin forma, y que al llegar a las rocas no rompía: explotaba hacia arriba y se quedaba colgada un segundo antes de caer.
Se le ocurrió, y le dio rabia que se le ocurriera allí, que en un mar así no se busca a nadie. Que el jueves, cuando dejaron de buscar a aquel hombre, la decisión ya estaba tomada desde el martes por algo que no tiene despacho.
* * *
Aquella noche el temporal entró de verdad. Elena lo oyó desde la habitación de dentro, que efectivamente era mejor, aunque el ruido llegaba igual: un ruido de fondo que no para, con golpes cada mucho rato, y de vez en cuando algo metálico rodando por una calle.
La rodilla le dolió toda la noche, de la manera sorda en que le dolía cuando bajaba la presión.
A las cuatro se levantó a buscar un vaso de agua y se quedó un rato sentada en el borde de la cama, esperando, con la mano abierta encima.
Por la mañana el pueblo seguía dentro de casa, pero a las doce menos cuarto empezó a salir.
Elena lo vio desde la ventana del comedor de la pensión.
Salían de dos en dos y de tres en tres, con paraguas que no servían de nada, y subían la cuesta hacia la iglesia por el lado de las casas, pegados a la pared.
Gente mayor, gente joven, críos. En diez minutos no quedaba nadie en la calle otra vez.
Contando por encima, subió el pueblo entero. En un sitio de seiscientos habitantes eso es una cifra que se ve: cuando falta gente, se nota, y no faltaba.
Elena no subió. No la habían invitado y no conocía a nadie, y meterse en el entierro de un hombre para mirar cómo entierran no le pareció que fuera una manera decente de aprender nada.
Se quedó en el comedor, con un café, mirando la cuesta vacía.
Y pensó en lo que llevaba pensando desde la noche anterior.
Aquella gente sabía hacerlo. No era la primera vez ni iba a ser la última. Allí, cuando el mar se queda con alguien, se espera lo que se puede esperar y se deja de buscar cuando hay que dejarlo.
Y después se hace lo que se hace: se llena una iglesia, se dice el nombre en voz alta delante de todo el mundo y se acaba.
Cinco días.
Y un hombre había desaparecido en aquel mismo cabo, a un kilómetro largo de aquella iglesia, y Elena llevaba tres meses leyendo hasta la última hoja de su expediente sin haber encontrado ni una línea sobre un funeral.
Abrió la libreta. Volvió atrás, a la primera semana, cuando había vaciado la caja entera y lo había apuntado todo.
No estaba.
Ni en el atestado, ni en las diligencias, ni en el índice. Y no tenía por qué estar, porque un funeral no es una diligencia y a nadie se le ocurre meterlo en un expediente.
Pero es que tampoco se lo había dicho nadie.
Ni la mujer de la taberna, que le había hablado de los diez céntimos y de la taza. Ni Nuria Ínsua, que discutió con él en el puerto y se lo llevó veinte años callado. Ni Tomás Iriarte, que era el sobrino y que le enseñó una casa entera con cuatro cajas por el suelo. Ni Rita Vergara. Ni Quintás.
Nadie le había dicho: cuando enterramos a Adrián.
Y no es una frase que se olvide. En un pueblo, esa frase es la que ordena todo lo demás: antes del entierro y después del entierro. Elena la había leído cien veces en declaraciones de las cajas, puesta por gente que no tenía ni idea de que estaba fechando su vida.
Elena dejó el lápiz encima de la mesa.
Ahora ya sabía por qué. Aquella gente sabía enterrar sin cuerpo. Lo que no se puede hacer es enterrar sin acuerdo.
Para llenar una iglesia hace falta que todo el mundo esté diciendo lo mismo.
Y en noviembre de aquel año, en Punta Gris, nadie estaba diciendo lo mismo. Había cuatro personas citadas en un cuartel y un pueblo entero haciendo cuentas, y con eso no se hace un funeral. Con eso se hace lo que se hizo: se espera a que amaine, y no amainó nunca.
Aquel hombre no tuvo las dos cosas. No tuvo cuerpo y no tuvo iglesia.
Elena escribió una línea en la libreta, debajo de todo, y luego se quedó mirándola un rato largo, porque no era un dato, no era una pregunta y no servía para el expediente.
«A Adrián Losa no lo enterró nadie.»
* * *
A las doce y media empezaron a bajar por la cuesta, otra vez pegados a la pared.
Elena pagó la habitación, metió la bolsa en el coche y cogió la carretera del norte. Iba a llegar con luz, y Olvido Arnáiz estaba de guardia los domingos.
En Punta Gris, cuando hay temporal, el pueblo se mete para dentro.
Y cuando hace falta, sale.