El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 30. La puerta que nadie cambió
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30. La puerta que nadie cambió

La puerta que nadie cambió

En la libreta de Elena había dos líneas sobre la puerta, escritas con veinticinco días de diferencia.

La primera era de la noche del atestado, en el sótano, con el tubo parpadeando encima: «Falta la puerta.»

El sargento Quintás había anotado la talla de una gabardina. Y había subido sesenta y ocho peldaños sin decir si la de abajo estaba abierta, cerrada o forzada.

La segunda era de la explanada del cabo, con orballo y con la valla metálica delante: «Sigue faltando.» Porque la puerta que Quintás no había descrito ya no existía. La de ahora era verde, era de chapa y tenía un candado del tamaño de un puño, y la habían puesto cuando automatizaron el faro.

Aquella tarde, en el sótano, Elena se puso a buscar la tercera línea.

Empezó por lo único que sabía: una torre de señalización marítima no es de nadie en particular, y por eso es de varios. El faro es del Estado, la conserva la autoridad portuaria de la zona, y cuando hay que meter obra, la obra se contrata. Y una obra contratada deja expediente.

Eso último lo sabía de sobra. Llevaba diez meses viviendo de que las cosas dejen expediente, y tres meses descubriendo que dejarlo y que alguien lo lea son dos cosas distintas.

Tardó cuatro tardes. Las cuatro después de devolver a su balda la caja que le tocaba, con la 114-CN en el suelo y el tubo del techo encima, porque la bombilla nueva seguía en su cajita de cartón al lado del flexo, sin enroscar.

No llamó a nadie ni pidió nada por conducto. Después de la llamada de aquel miércoles no le apetecía volver a poner el número de la caja en ningún papel que subiera.

Así que hizo lo que puede hacer cualquiera con un ordenador viejo y paciencia: buscar contratos públicos antiguos, que están donde tienen que estar y no los mira casi nadie.

La encontró la cuarta tarde, a las siete menos algo. Decía:

ObrAS DE AUTOMATIZACIÓN DE LA SEÑAL MARÍTIMA DE CABO NIEBLA Adjudicación. Plazo de ejecución: cuatro meses.

Tres años y dos meses después de la noche del 3 de noviembre.

Elena lo comprobó dos veces, porque las fechas de los contratos vienen con tres formatos distintos en la misma página y porque llevaba tres meses desconfiando de todo lo que le salía a la primera.

Elena se quedó un rato con esa cuenta.

Tres años. La torre había estado tres años como estaba. Con su puerta, sus bisagras y su marco, y con lo que aquella puerta tuviera que contar. Tres años en los que cualquiera con una cámara y media hora podría haber ido a mirarla.

Nadie fue.

No era un reproche y Elena lo sabía mientras lo pensaba.

A los tres años de una desaparición sin cuerpo no queda nadie a quien le corresponda ir a mirar una puerta.

El caso estaba archivado, el instructor se había jubilado el invierno siguiente y la torre era de un organismo que tenía trescientas como aquella y un presupuesto de mantenimiento.

* * *

Después bajó al detalle de la obra, que era lo que quería, y ahí estuvo otra tarde entera.

El proyecto era minucioso. Lo son todos. Enumeraba el equipo que se instalaba con una precisión que a Elena le dio hasta gusto leer. La óptica. El sistema de control. La alimentación, el grupo, la antena, los metros de cable. Cada cosa con su marca, su modelo y su número.

De lo que quitaban no decía casi nada.

Y eso tampoco es un descuido. Las obras se describen por lo que dejan puesto, porque un pliego no es un relato: es una lista de lo que hay que pagar.

Lo que se arranca se llama «demolición» o «retirada» y se mide en metros o en unidades.

A nadie le hace falta saber más. Lo retirado se va en un camión y no vuelve.

Encontró la línea en la página once. Ponía:

Sustitución de puerta de acceso a la torre, deteriorada, por otra metálica con cerradura de seguridad.

Leyó la frase varias veces.

Deteriorada.

Una palabra. En un pliego de obra, «deteriorada» es la palabra que se pone para justificar que algo se cambia, y detrás de esa palabra cabe todo.

Cabe una puerta de madera que lleva sesenta años en un cabo comiendo salitre.

Cabe una cerradura que ya no cierra. Cabe la humedad. Cabe una bisagra suelta.

Y cabe también otra cosa, y Elena se dijo en voz alta, sentada en aquella silla, que cabía exactamente igual que las demás y ni un milímetro más.

No quería volver a escribir un atestado bueno.

Aquello era lo único que le había quedado de las dos páginas del martes: una manera nueva de pararse. La veía venir ahora. Sabía cuándo estaba a punto de coger una palabra y ponerla a trabajar para ella.

Así que anotó lo que había, que era esto: que al cambiar la puerta se hizo constar que estaba deteriorada; que en un pliego eso no significa nada en concreto; y que nadie, en tres años, la había mirado con otro criterio.

Todavía le quedaba un sitio por probar.

La empresa que hizo la obra existía. Elena la buscó, la encontró en un polígono a las afueras de una ciudad que no era ninguna de las suyas, y llamó un martes por la mañana desde el teléfono del sótano.

Contestó una mujer joven, la pasó con alguien y aquel alguien la pasó con un tal Suárez, que llevaba en la empresa desde los tiempos del padre del dueño.

Elena le explicó lo que buscaba: una obra de hace veinte años, la automatización de un faro, una puerta que se sustituyó.

—¿De qué faro?

—Cabo Niebla.

—Uf. —Suárez se rio un poco—. Eso es de cuando yo era chaval.

—¿Se guardan fotos de las obras?

—Ahora sí. Ahora se fotografía todo, que si no, luego vienen los problemas. —Hizo una pausa—. Entonces, no. Entonces se hacía y ya está.

—¿Ni de lo que se quitaba?

—Menos todavía. —Lo dijo sin defenderse, con el tono de quien explica cómo funciona una cosa—. Mire, una puerta que se cambia se tira. Nadie le hace una foto a algo que va al contenedor.

—Ya.

—Y le digo más: si la hubiera, tampoco la tendríamos. Aquello se guardaba en papel, en cajas, y las cajas se fueron cuando cambiamos de nave.

Elena le dio las gracias. Lo dijo en serio, porque aquel hombre le había contestado a todo en dos minutos y sin preguntarle quién era.

—¿Y por qué lo pregunta, si no es indiscreción?

—Estoy revisando un expediente viejo.

Era la tercera vez que decía esa frase por teléfono en tres meses, y la tercera vez que le valía. Empezaba a darse cuenta de que era verdad y de que, dicha así, no sonaba a nada, y de que las dos cosas juntas eran lo único que tenía.

—Ah.

Y con eso le bastó a él también.

Elena colgó y se quedó con la mano encima del teléfono, que era una postura que ya empezaba a conocer.

Aquella puerta la vieron cinco o seis personas en tres años.

El sargento Quintás, que no la describió.

Dos guardias más, aquella noche, que no tenían por qué.

Quien fuera que subiera después a cerrar la torre.

Y los operarios de una empresa de un polígono, que la desmontaron un martes cualquiera, la tiraron a un contenedor y pusieron una verde.

Ninguno hizo nada malo. Ninguno tenía por qué.

Elena lo escribió así en la libreta, con esas palabras, porque le pareció importante dejarlo claro para cuando volviera a leerlo: aquel hilo no lo había cortado nadie. Se había deshecho solo, por el procedimiento normal, en el plazo normal, con todo el mundo haciendo lo que le tocaba.

Abrió la libreta por la hoja de la puerta y miró las dos líneas de antes, la del sótano y la del cabo, con veinticinco días entre una y otra.

Debajo escribió la tercera.

No era una pregunta y no llevaba interrogación. Era la palabra que había encontrado en la página once de un pliego de obra, y era, a aquellas alturas, todo lo que quedaba en el mundo de la puerta del faro de Cabo Niebla.

«Deteriorada.»

En la libreta de Elena había dos líneas sobre la puerta.

Desde aquella tarde hubo tres, y la tercera era una palabra de alguien que no sabía nada.