29. La nota ilegible
La nota ilegible
Elena pidió un papel y le mandaron dos.
Las revisó bien. Eso hay que decirlo, porque habría sido fácil no hacerlo, y porque una funcionaria a la que acaban de decirle por teléfono que sus números van justos tiene dos maneras de reaccionar, y la otra es peor.
* * *
El sobre llegó un martes, en el carro del correo, encima de todo.
Era grande, de papel marrón, con el membrete del juzgado y el número de registro de salida escrito a mano en la esquina. Tobías lo dejó en la mesa sin decir nada y se fue por el pasillo.
Antes de doblar la esquina se paró medio segundo, como el viernes que ella se fue antes de tiempo, y siguió.
Elena lo abrió de pie.
Dentro había dos documentos y un oficio de remisión de tres líneas.
El primero era lo que había pedido. Decía:
INSTITUTO DE MEDICINA LEGAL · COPIA AUTÉNTICA Informe de inspección ocular. Diligencias de la Guardia Civil. Puesto de Punta Gris.
Folio 1 de 2. Folio 2 de 2.
Dos folios. Numerados, con el sello del juzgado en las dos hojas y la firma del forense al pie de las dos, que era precisamente lo que le faltaba a la fotocopia de la caja.
Elena los leyó despacio, palabra por palabra, comparándolos con la copia.
No sobraba nada. No faltaba nada. Eran exactamente los mismos dos folios que el Archivo 7 llevaba cinco años guardando, en mejor papel y con más sellos.
Se sentó.
Estuvo un rato con los dos juegos de hojas delante, el suyo y el del juzgado, cuadrados uno encima del otro, como se ponen dos cosas cuando se quiere creer que son distintas.
Había tenido razón en todo. La copia no permitía saber cuántos folios eran; el original decía que dos; y dos eran. Las tres cosas eran ciertas a la vez y no servían para nada.
Y lo otro también era cierto: aquel papel había costado una casilla, un número de expediente subiendo a la sexta planta y una llamada muy amable un miércoles por la noche.
Elena se quedó un rato con los dos folios en la mano. El tubo del techo parpadeó y volvió.
Lo peor de pedir un papel y que llegue no es que no sirva. Es que a partir de ese momento ya no se puede decir que a lo mejor ese papel lo explicaba todo.
Después miró el segundo documento, que era el que no había pedido.
Lo mandaban porque estaba en la misma pieza separada del juzgado, y quien preparó la copia lo metió con lo demás, seguramente sin pensárselo mucho. Era una hoja sola, con un membrete distinto. El encabezamiento lo conocía de otra vida y decía:
GUARDIA CIVIL · SERVICIO DE CRIMINALÍSTICA · DOCUMENTOSCOPIA Ref.: pieza 4-B, diligencias del Puesto de Punta Gris
OBJETO DEL INFORME: determinar si la escritura manuscrita obrante en el reverso del documento remitido corresponde al puño y letra de D. Adrián Losa.
Elena dejó de respirar un momento, de la manera tonta en que se deja de respirar cuando uno no se ha dado cuenta de que estaba esperando algo.
Alguien había mandado la nota a un laboratorio.
No estaba en el índice de diligencias. No estaba en el atestado. No lo sabía el cabo Pumar, que le había enseñado la pieza en su bolsa como quien enseña una cosa que lleva veinte años en un armario sin que nadie la toque.
Y, sin embargo, alguien la mandó. Y alguien contestó. Y la respuesta se quedó en una pieza separada de un juzgado, esperando a que a alguien se le ocurriera pedirla.
Leyó el resto de pie, y luego otra vez sentada.
CONCLUSIÓN: No es posible emitir pronunciamiento categórico.
La muestra dubitada es de extensión reducida y presenta trazo inestable, presión irregular y alteración del calibre, características compatibles con escritura realizada sobre superficie no rígida, con la mano fría o en condiciones de apoyo deficiente.
Dichas alteraciones enmascaran los rasgos individualizadores.
Se recomienda, en su caso, remisión de muestras indubitadas adicionales.
Abajo, la fecha, escrita a máquina y con el mes en letra, como se escribían entonces las fechas de los sitios serios.
Cuatro meses después de la noche del 3 de noviembre, y dos meses después de que la Guardia Civil cerrara el atestado.
Nadie remitió muestras adicionales. Elena lo supo sin comprobarlo, porque si las hubieran remitido habría un segundo informe, y en aquel sobre no había ninguno.
Y ahí estaba la parte que le costó tragar.
Muestras indubitadas son papeles de los que se sabe con certeza que los escribió esa persona. Cuantos más y más largos, mejor.
A dos metros de donde Elena estaba sentada, dentro de una bolsa de plástico grueso, había un cuaderno de servicio con casi tres meses de la letra de Adrián Losa. Una página por noche, todas fechadas, todas firmadas por la misma mano y todas escritas en la misma mesa.
El laboratorio pidió muestras. Estaban en la misma caja que la nota.
Se quedó mirando la hoja mucho rato.
Lo que decía aquel laboratorio era, técnicamente, impecable.
Le habían hecho una pregunta y la habían contestado con precisión, con sus reservas y con una recomendación sensata.
Habían descrito el temblor sin adornarlo: mano fría, superficie que se mueve, mal apoyo.
Un hombre escribiendo de pie, o en el hueco de una escalera, o en una noche de noviembre con el viento entrando por donde entra el viento en una torre.
Y habían contestado exactamente lo que se les había preguntado.
La pregunta era si aquello lo había escrito Adrián Losa.
En ninguna parte de aquella hoja, ni en el oficio, ni en el atestado, ni en el índice de diligencias, ni en ninguno de los papeles que Elena llevaba tres meses leyendo, había nadie preguntado qué ponía.
Elena buscó, por si acaso. Volvió al índice. Volvió a las diligencias. No estaba.
A alguien, hacía veinte años, le había parecido importante saber de quién era la letra. A nadie le había parecido importante saber qué decía.
Y era comprensible, y ahí estaba lo peor: si la nota era de Losa, era la nota de un desaparecido y había que peritarla. Si no era de Losa, era un papel de otro que estaba en su bolsillo, y también había que peritarla. En los dos casos, lo urgente era la firma.
Lo que ponía podía esperar.
Llevaba esperando veinte años.
Y Elena pensó en Olvido Arnáiz, en su mesa de la estación costera, con el crucigrama al lado y la copia azul delante, dos noches seguidas, intentando leer unas letras que nadie le había pedido que leyera. Que es lo único que hizo alguien con aquello.
Elena abrió la libreta por la hoja de las preguntas, debajo de la octava, y escribió la novena, que era la primera en tres meses que no empezaba por «qué falta».
«¿Qué pone la nota?»
Después grapó el informe del laboratorio a la copia de las fotografías que había hecho en el Puesto, con el móvil pegado al plástico, y lo guardó todo en la carpeta.
En la hoja de consultas de la caja siguió habiendo una sola línea, con su fecha, su nombre y la palabra «revisión».
Elena pidió un papel y le mandaron dos.
El que había pedido no servía para nada, y el otro no lo había pedido nadie en veinte años.