28. De vuelta al sótano
De vuelta al sótano
Las luces del pasillo estaban encendidas, como todas las noches, por si ella se perdía. Al fondo del último pasillo, su mesa estaba vacía: el flexo fundido, el bote de lápices y un rectángulo sin polvo donde había estado la caja.
Durante un segundo pensó en el comisario.
—La he devuelto a su balda.
Tobías Lem estaba sentado junto al fichero, con el abrigo abrochado y las manos sobre las rodillas, como quien espera un autobús que sabe que va a pasar. En dieciocho años no se había quedado nunca más tarde de las 19:30. En ocho meses, nadie había esperado a Elena en el sótano.
—En la 2-C —siguió—. Abajo, entre las dos que hay que sacar a rastras.
—¿Por qué?
—Porque ha bajado el comisario. —Tobías se miró las manos—. Una caja abierta encima de una mesa es una caja que alguien está leyendo. Y lo que se lee en este sótano es asunto de quien lo lee.
Elena no supo qué contestar. En ocho meses, Tobías no le había dicho nunca una frase tan larga, y mucho menos una que se pareciera tanto a una opinión.
—¿Qué quería?
—Saber dónde estaba usted. Miró su mesa, miró el flexo y preguntó si aquí siempre estaba así de oscuro. Le dije que la bombilla no había llegado. Tres veces.
—¿Y por la caja no preguntó?
—No. En dieciocho años han bajado tres comisarios. Los tres preguntaron dónde estaba la gente. Ninguno preguntó nunca por una caja.
Sacó del bolsillo del abrigo un papel doblado por la mitad y se lo tendió. Era una hoja con el membrete de la sexta planta, escrita a mano con letra rápida: «Cortés: mañana a las 9:00, en mi despacho. B. S.».
Tobías se levantó, se ajustó el abrigo y se fue por el pasillo sin rozar ninguna estantería. Desde el ascensor, sin volverse, dijo que le dejaba las luces encendidas.
Elena fue hasta la 2-C. La caja estaba en la balda de abajo, encajada entre las dos de siempre, como si no hubiera salido nunca. No la sacó. Por una noche, le pareció que estaba mejor donde nadie la había buscado en años.
* * *
El despacho del comisario Salas estaba en la sexta planta, que desde el sótano era casi otro edificio.
El ascensor subía las ocho plantas sin quejarse, como si arriba se engrasara mejor.
Había moqueta, un ficus que alguien regaba y una ventana que daba al aparcamiento.
En la pared, una foto enmarcada de una promoción, con treinta cadetes sonriendo como si nadie les hubiera explicado todavía lo que era un sótano.
La secretaria miró a Elena como se mira a alguien que sube del archivo: con curiosidad y un poco de lástima.
Bruno Salas era un hombre de cuarenta y muchos años, con el pelo gris muy corto, un traje bueno y la corbata aflojada lo justo para parecer ocupado sin parecer cansado. Se levantó para darle la mano, cosa que Elena no esperaba.
—Siéntese, Cortés. No es una bronca. Todavía.
Encima de la mesa, en una bandeja, estaba su petición de asuntos propios, con el sello de entrada del correo interno.
—Esto me llegó ayer por la tarde —dijo Salas—. Pide un día. Ha faltado cuatro.
—El correo interno tarda.
—El correo interno tarda tanto que en esta casa ya no lo usa nadie, salvo usted y la bombilla. —Sacó otros impresos de un cajón y se los acercó—. Rellene los tres que faltan. Se los firmo todos, por esta vez.
Elena rellenó los impresos. Salas los firmó de pie, con un bolígrafo de los buenos, y después firmó el primero. Tenía una rúbrica rápida, con un lazo al principio y una raya larga que se salía del recuadro.
Elena la reconoció antes de pensarlo. Era la firma que había al pie de la ficha de la 114-CN, junto al sello de archivo definitivo, la que la primera tarde no se había parado a descifrar.
No tenía nada de raro. Salas era el comisario, y alguien tenía que firmar los archivos definitivos. Elena se lo dijo a sí misma con esas mismas palabras, y luego se lo volvió a decir.
—¿Cuánto lleva abajo? ¿Ocho meses? —preguntó Salas, mientras devolvía los impresos a la bandeja—. A la persona que estaba antes le duró cinco. ¿Y qué revisaba con tanto interés?
—Una caja que pesaba poco.
El comisario sonrió como quien oye una frase que podría haber dicho él.
—Allí abajo pesan poco todas, Cortés. Por eso están abajo. —Se sentó por fin—. Revise lo que quiera, que para eso está. Pero desde su mesa. Si tiene que salir, me lo pide a mí, no al correo interno.
—De acuerdo.
—Y otra cosa. Lem me ha dicho que lleva ocho meses sin luz en el flexo.
—¿Se lo ha dicho Tobías?
—No con esas palabras. Me dijo que la bombilla no había llegado. Tres veces.
Salas descolgó el teléfono y volvió a colgarlo sin marcar, como quien recuerda que ya lo ha hecho.
—Esta mañana la he pedido yo. A mí me las suben.
Elena se levantó. Estaba ya en la puerta cuando el comisario habló otra vez, sin levantar la vista de sus papeles.
—Cortés. ¿Qué caja era?
—Una de la 2-C.
—Ah —dijo Salas, y siguió con sus papeles.
En el ascensor, bajando, Elena pensó que había dicho la verdad.
En la 2-C había muchas cajas. Tobías, que sabía dónde estaba cada una sin mirar el fichero, lo habría llamado de otra manera, pero Tobías no iba en el ascensor.
Y Elena iba pensando en otra cosa: de los comisarios que habían bajado al sótano en dieciocho años, Salas era el primero que preguntaba por una caja.
* * *
Sacó la 114-CN de su balda. Esta vez tiró preparada para el poco peso, y la caja salió despacio, sin darle en la rodilla. Tobías, desde el fichero, la vio sacarla y no dijo nada, que en él era una manera de decir bastantes cosas.
No la dejó en la mesa ni la devolvió a su sitio. La puso en el suelo, junto a la pata de la mesa, donde no estorbaba y donde nadie que bajara a mirar un flexo la vería a la primera. Luego levantó la tapa y buscó la ficha.
La firma seguía allí, al pie, con su lazo y su raya larga saliéndose del recuadro. Al lado, el sello de archivo definitivo, en tinta roja, un poco torcido, como se ponen los sellos cuando hay muchos que poner.
Elena no se acordaba de si las cajas anteriores llevaban la misma firma. En ocho meses no se había fijado en una sola. Miraba lo que faltaba, no quién había decidido que ya no faltaba nada.
Escribía siempre a lápiz, porque en un archivo la tinta es para lo definitivo. Se quedó mirando el sello un buen rato. En aquel caso, pensó, se habían dado mucha prisa con la tinta.
Abrió la libreta y, debajo de la lista de lo que faltaba, apuntó: «Archivo definitivo. Firma: B. S.». No era una pregunta, pero le dejó sitio debajo, por si acababa siéndolo.
* * *
A media mañana, Tobías volvió de recoger el correo con una caja de cartón pequeña, del tamaño de un puño, y la dejó en la mesa de Elena, al lado del flexo.
—Ha llegado la bombilla —dijo.
Elena miró la cajita, y luego a Tobías, que ya se iba por el pasillo sin rozar las estanterías.
—Se lo digo para que no la espere más —añadió sin volverse.
Era la primera vez en ocho meses que Tobías cambiaba la frase. En el sótano las cosas tardaban mucho en llegar, pensó Elena, pero cuando llegaban, llegaban todas juntas: una bombilla, un comisario y una firma.
Elena no la cambió enseguida. Se quedó un rato mirando el flexo, la cajita de cartón y, en el suelo, junto a la pata de la mesa, la caja que pesaba poco.
La caja 114-CN no estaba en la mesa.
Estaba en el suelo, que es donde empiezan las pilas.