27. Lo que falta
Lo que falta
La lista de lo que faltaba ya no cabía en una página.
Al bajar, la dueña de la pensión le preguntó si se quedaba otra noche. Elena dijo que todavía no lo sabía, y la mujer lo apuntó en un cuaderno de tapas de hule, como si eso también fuera una respuesta.
Quedaban tres cosas que el índice del atestado nombraba y que Elena no había visto con sus propios ojos.
Las siete páginas del cuaderno, que no había visto nadie.
Una nota encontrada en el bolsillo de una gabardina.
Y unos números apuntados en el margen del mismo papel, que el índice mencionaba de pasada, como quien menciona el tiempo.
* * *
El Puesto de la Guardia Civil de Punta Gris era una casa de dos plantas al pie de la cuesta del puerto, con una bandera descolorida por el salitre y un coche patrulla que había conocido tiempos mejores.
Dentro olía a café recalentado y a estufa de butano.
En el tablón de la entrada, entre la tabla de mareas y el cartel de un perro perdido, había un horario de atención que nadie parecía haber consultado nunca.
La atendió un cabo de cuarenta y tantos años, alto y delgado, con cara de seguir siendo el más nuevo aunque ya no lo fuera. Era él quien mandaba el Puesto.
—Cabo Pumar —dijo, y le dio la mano—. Anoche me llamó Dámaso Quintás. No me dijo nada. Es su manera de pedirme que la atienda.
—¿Estaba usted aquella noche?
—Era el más nuevo. Me tocó contar los peldaños. —Sonrió un poco, sin ganas—. El sargento decía que un atestado sin números no se lo cree nadie.
Elena pensó en la foto de la escalera y en el sargento que se había imaginado contando en voz baja, con el aliento en una mano. Los peldaños los había contado otro. Quintás solo se había asegurado de que alguien lo hiciera, que en un puesto con más costa que gente viene a ser lo mismo.
—¿Y el café? El atestado dice que estaba tibio.
—Lo toqué yo también. Con el dorso de la mano y por fuera de la taza, que el sargento no quería huellas nuevas. —Pumar se miró la mano—. Tibio. Como cuando uno se levanta un momento a mirar algo y piensa volver.
El depósito de piezas era un cuarto sin ventana al fondo del pasillo, con un armario metálico cerrado con candado.
Pumar lo abrió con una llave que llevaba aparte, en el bolsillo de la camisa.
Dentro, en baldas, había bolsas de plástico con etiquetas escritas a mano.
Elena se sintió en casa, y le dio un poco de vergüenza sentirse en casa.
Pumar sacó una bolsa plana y la dejó en la mesa.
PIEZA 4-B Nota manuscrita en el reverso de un parte meteorológico, con anotaciones numéricas en el margen. Hallada en el bolsillo de una gabardina azul marino, en la sala de la linterna.
—Fotos, las que quiera —dijo Pumar—. Abrir la bolsa, no.
Por delante era un parte meteorológico corriente, impreso: viento, estado de la mar, visibilidad, las mismas palabras de todas las mañanas.
En el margen, a lápiz, alguien había escrito una fila de números pequeños y apretados.
No eran una fecha, ni un teléfono, ni una hora.
Elena buscó la fecha del parte y no la encontró: el doblez había borrado justo esa esquina.
Hasta el papel, por lo visto, estaba del lado de lo que faltaba.
Pumar le dio la vuelta a la bolsa.
La nota ocupaba unas pocas líneas, escritas a lápiz con una letra temblorosa.
Tenía la forma de una frase, con palabras largas y cortas y sus espacios en medio, pero ninguna de aquellas palabras era una palabra.
Elena la comparó de memoria con la letra del cuaderno, pequeña y derecha, la de un hombre que no tiene prisa.
Se parecían como se parece la voz de alguien a su misma voz cuando tiene frío.
—Aquí la llamamos la nota —dijo Pumar—. Como si hubiera otra. La miró todo el Puesto. Uno dijo que era un código de barcos, y otro, que era letra de médico. Nadie la supo leer.
—¿Alguien más ha pedido verla?
—Nadie. Usted es la primera desde que se archivó el caso.
Elena pensó en la hoja de consultas de la caja 114-CN, en blanco hasta que ella escribió su nombre. En aquel expediente, por lo visto, las cosas no se perdían. Simplemente, nadie volvía a por ellas.
Hizo fotos de las dos caras, con el móvil pegado al plástico para que no brillara.
Luego se quedó un rato mirando la nota sin hacer fotos, que es otra manera de mirar.
Por primera vez desde que había abierto la caja, iba a llevarse al sótano algo que no era una pregunta, aunque se le pareciera mucho.
—¿Y las siete páginas?
—Las buscamos tres días, a la vez que al hombre. —Pumar devolvió la bolsa a su balda—. En la torre, en su casa, en las papeleras del puerto, en los contenedores. Hasta en la ceniza de su chimenea, por si las había quemado él. Nada. Ni un trozo.
Siete páginas, una por noche. Elena había contado los bordes rasgados con la uña, en el sótano, y sabía lo que venía detrás: el cuaderno en blanco. Eran las siete últimas noches de Adrián Losa en la torre. Alguien, él u otro, había decidido que de esas noches precisamente no quedara nada escrito.
Antes de cerrar el armario, Pumar sacó otra cosa: un libro de tapas azules, ondulado como si hubiera intentado ser una ola.
—El registro de visitas del faro. Estaba en la planta baja de la torre, debajo de una ventana que no cerraba bien. Aquella noche entró agua.
Le pasó unos guantes. Elena lo abrió por las últimas hojas. Tenía columnas para la fecha, el nombre y el motivo, como las hojas de consultas de sus cajas, y el agua había hecho con la tinta lo que el tiempo hace con las caras: quedaban trazos, alguna mayúscula, la forma de un nombre sin el nombre.
—La caja fuerte sigue arriba —añadió Pumar—. Cerrada. Nueve cifras. Señales Marítimas dice que no es suya, y el juzgado de instrucción dice que un caso archivado no es motivo para abrirla. Así llevan desde entonces, cada uno con su papel.
Elena cerró el registro y se quitó los guantes.
En una sola mañana había visto una nota que no se podía leer, una fila de números que no decía nada, un libro de nombres sin nombres y una caja que nadie tenía derecho a abrir.
Todo tenía su etiqueta y su número. Todo estaba donde tenía que estar. Y nada, todavía, servía para nada.
* * *
Pumar la acompañó hasta la calle. Abajo, en el puerto, alguien intentaba arrancar un motor que no quería arrancar.
—Quintás no le va a decir más de lo que le dijo ayer —dijo el cabo—. Ni a usted ni a nadie.
—Me dijo bastante.
—Entonces le cae bien.
En el coche, antes de arrancar, Elena abrió la libreta por una hoja nueva y escribió la lista otra vez, sin preguntas, solo con lo que faltaba: «El cuerpo». «La puerta». «Siete páginas». «Alguien que lea la nota y los números». «La clave de la caja». «Los nombres del registro».
El móvil vibró en el bolsillo del abrigo. Era el número del sótano.
—La bombilla no ha llegado —dijo Tobías.
—Ya me lo imaginaba.
—Se lo digo para que no la espere. —Hubo una pausa, larga para él—. Ha bajado el comisario Salas. Quería saber dónde estaba usted.
En ocho meses, el comisario no había bajado nunca al sótano. Se decía que no sabía ni en qué planta estaba.
—¿Y qué le ha dicho?
—Que estaba revisando una caja.
—¿Le ha preguntado cuál?
—No. —Otra pausa—. Y yo no se lo he dicho.
Colgó sin despedirse, como colgaba siempre. Elena dejó el móvil en el asiento del copiloto, encima de la libreta abierta, y arrancó. En el retrovisor, la torre de Cabo Niebla se fue haciendo pequeña, hasta que la niebla se la quedó.
La lista de lo que faltaba ya no cabía en una página.
Ahora, además, faltaba ella.