26. «Déjelo estar»
«Déjelo estar»
A Elena no la había felicitado nadie en ocho meses.
—¿Elena Cortés?
—Sí.
Le dijo un nombre y un cargo, los dos deprisa, y ella solo retuvo el cargo. Jefe de unidad. El de arriba del todo no, el de encima de ella.
Tenía una voz agradable y hablaba como habla la gente que tiene muchas llamadas que hacer y ha decidido que ninguna se le note.
—Le llamo por su parte mensual. El de la revisión de fondos.
Elena tardó un segundo en situarlo.
El parte. El del último día del mes, el de la máquina de escribir y las tres copias con papel de calco, el que había dejado en la bandeja de salida hacía tres semanas con cuatro puntos numerados en la casilla de incidencias.
—Usted dirá.
—Nada, que quería felicitarla.
Lo dijo así, sin ninguna ironía, y a Elena se le puso la espalda recta sin saber por qué.
—Llevo cuatro años recibiendo esos partes y le aseguro que no son todos iguales —siguió él—. El suyo venía con cuatro incidencias, numeradas, con el número de expediente y con los folios. Eso, en el Archivo 7, no pasa. Se lo digo de verdad.
—Es lo que pide el impreso.
Lo dijo sin pensarlo y sin ninguna modestia, porque era verdad. La casilla de incidencias está en el impreso desde antes de que hubiera ordenadores en aquel sótano.
—Es lo que pide el impreso y no lo hace nadie. —Se rio un poco—. Que conste que tampoco se lo reprocho a nadie. Aquello es un sitio complicado.
Elena se quedó de pie en medio de la habitación, con el móvil en la oreja y la mano libre cerrada.
—¿Ha pasado algo con el expediente?
—No, no. Al revés. Está todo bien.
Y ahí fue donde empezó.
Le contó, con mucha paciencia, que había leído las cuatro incidencias.
Que las cuatro eran correctas y estaban bien planteadas.
Que efectivamente hay expedientes antiguos con defectos de forma, sobre todo los de aquella época, cuando las cosas se hacían de otra manera y sin los medios de ahora.
Que una hoja de consultas sin usar en veinte años no significa nada malo: significa que nadie ha tenido que consultar ese expediente, que es exactamente lo que se espera de un caso archivado.
—Y lo de las páginas del cuaderno —dijo— lo he mirado. Está en el atestado, ¿verdad? Que faltan siete. Eso lo vio el instructor en su momento y lo hizo constar. O sea que no es que nadie lo haya pasado por alto: es que ya estaba visto.
Era verdad. Cada cosa que decía era verdad.
—Lo del reportaje fotográfico es lo más llamativo, se lo reconozco. Nueve de veinticuatro. —Una pausa corta—. Aunque también le digo que yo he visto atestados de aquellos años con tres fotos. Con tres. Y con dos.
—Ya.
—Lo que le quiero decir es que está usted haciendo muy bien su trabajo y que esas cuatro cosas quedan anotadas. Se toma nota y ya está. No hay que hacer nada más.
Elena no dijo nada.
—¿Elena?
—Sigo aquí.
—Le comento esto —dijo él, y por primera vez bajó un poco la voz, no para amenazar, sino para hacerle un favor— porque a veces la gente que llega nueva se engancha con una caja.
Es normal y le pasa a todo el mundo, y no tiene nada de malo.
Pero el trabajo de ahí abajo se mide por cajas revisadas al mes, no por una.
Y a usted le salen los números muy justos.
—Llevo ciento diecisiete.
—Ciento diecisiete en ocho meses. —Lo dijo sin consultar nada, de memoria—. Eso son catorce y pico al mes. La media de la unidad está en diecinueve.
A Elena se le ocurrieron tres respuestas y no dijo ninguna de las tres.
—No es un reproche —añadió él enseguida—. Es que quiero que sepa cómo se mira eso desde aquí, porque desde ahí abajo no se ve. Usted siga como va, que va bien. Y lo del 114 déjelo estar, que ya está anotado.
Ahí estaba.
Lo había dicho sin subrayarlo, en medio de una frase amable, del mismo modo en que se dice «y abríguese» al final de una conversación.
—De acuerdo —dijo Elena.
—Que descanse.
Colgó él primero, y lo hizo bien: con una frase de despedida completa y sin prisa aparente.
Elena se quedó de pie donde estaba, delante de la ventana, con el móvil todavía caliente en la mano y el ruido de la sirena entrando de fondo.
Tenía la libreta a un metro y no la había cogido. Se dio cuenta al colgar. En ocho meses no había tenido ni una conversación de trabajo sin apuntarla, y aquella, que era la primera que alguien de arriba tenía con ella, no la apuntó.
Repasó la conversación entera, dos veces, buscando la frase donde le habían dicho que parara.
No estaba.
No le había dicho que no lo mirara. No le había dicho que no pidiera nada.
No le había prohibido, ni insinuado, ni advertido.
Le había dicho que lo hacía muy bien, que las cuatro incidencias eran correctas, que quedaban anotadas y que ya no hacía falta hacer nada más.
Y le había dado un número, el diecinueve, para que supiera dónde estaba.
Sacó la libreta y buscó. Ciento diecisiete cajas desde la primera. Hizo la división a lápiz en el margen y le salió catorce con seis.
El dato de aquel hombre no estaba mal. Estaba bien. Y se lo sabía de memoria, sin consultar nada, lo cual quería decir que alguien, en alguna parte, lo tenía apuntado.
Elena llevaba ocho meses creyendo que en el Archivo 7 no la miraba nadie. Resultaba que sí. La miraban en una columna.
* * *
Si hubiera tenido que escribir un informe de aquella llamada, no habría podido poner ni una sola frase que sonara mal.
Eso era lo peor, y tardó un rato en entender por qué.
Porque las cuatro incidencias ya no eran un problema pendiente. Eran un problema resuelto. Se habían leído, se habían valorado una por una, se les había encontrado explicación a todas y se habían anotado.
En un archivo, anotar es cerrar. Lo que queda escrito deja de estar pendiente, y lo que deja de estar pendiente no vuelve a mirarlo nadie, porque para eso está escrito.
Aquel hombre no había parado nada. Había hecho algo mucho más limpio: había cogido las cuatro únicas cosas que Elena tenía por escrito sobre el expediente 114-CN y las había convertido en un asunto atendido.
Y lo había hecho de buena fe. Elena lo pensó despacio y no encontró ninguna razón para creer lo contrario.
Un hombre con muchas llamadas que hacer había leído un parte, le había parecido bien, había buscado explicación a las cuatro cosas, la había encontrado, había llamado a la funcionaria para decírselo y se había quedado con la sensación de haber hecho bien su trabajo.
Que es exactamente lo que había pasado, veinte años antes, con una hoja de incidencia que volvió de la autoridad marítima con un sello morado.
Aquel sello tardó tres meses. Esta llamada había tardado tres semanas.
* * *
Estuvo a punto de devolver la llamada. Lo pensó de verdad, con el dedo encima del número.
Se le ocurrieron dos cosas que decirle.
Una: nueve de veinticuatro no es un reportaje corto, sino un carrete que se quedó a medias, y ella sabía por qué.
Otra: una hoja de consultas en blanco no quiere decir que nadie haya necesitado ese expediente. De ciento diecisiete cajas, ciento dieciséis tenían línea.
Las dos eran ciertas.
Y las dos, dichas por teléfono a las nueve de la noche desde una pensión, sonaban exactamente igual que alguien enganchado a una caja.
Elena se sentó en la cama, al lado de la hoja de cuadros con las palabras que iba a escribir el viernes en la casilla del expediente de referencia.
La leyó otra vez.
Después la dobló, la metió en la carpeta y apagó la luz.
A Elena no la había felicitado nadie en ocho meses.
Le habría venido mejor casi cualquier otra cosa.