El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 25. Expediente de referencia
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25. Expediente de referencia

Expediente de referencia

Había una casilla en la que Elena no había escrito nunca.

Volvió del cabo a las seis, con la niebla otra vez encima del pueblo y con tres palabras que no se le iban de la cabeza. Subió a la habitación sin quitarse el abrigo, se sentó en la cama y sacó el informe del forense.

Dos hojas. Las mismas de siempre.

Las puso encima de la colcha, al lado de la página del atestado donde la Guardia Civil dice que en el borde del acantilado se aprecian marcas de arrastre en dirección al mar.

Y se quedó mirando las dos cosas a la vez. Era lo único que había hecho en toda la tarde, y lo único que hacía falta hacer.

Un papel lo dice. El otro no dice nada.

Y un hombre de setenta y tantos años había subido una cuesta para decirle, de pie y sin acercarse al borde, que él las había visto.

Eso no era una impresión. Eso era la primera cosa en tres semanas que se podía llevar a alguien.

«Yo las vi.»

Tres palabras, dichas una vez, de espaldas al mar, por un hombre que no había querido decirlas por teléfono. Elena las había apuntado en el coche antes de arrancar, con las manos frías, y se le había quedado la letra torcida.

El problema empezó cuando Elena se puso a pensar a quién.

Cogió otra vez las dos hojas del forense y las miró como se mira un documento y no como se lee. Es una manera distinta de mirar y se aprende tarde: consiste en no leer nada y fijarse en todo lo demás.

Era una fotocopia. Eso ya lo sabía.

Lo que no había mirado hasta aquella tarde era el resto.

La fotocopia no llevaba número de página.

No llevaba sello de salida del juzgado. Y la firma del forense no estaba al pie de la primera hoja, sino solo al final de la segunda.

Y en el índice de diligencias del atestado, donde el sargento Quintás había ido apuntando todo lo que entraba y salía, la entrada correspondiente decía tres palabras y nada más:

Informe médico forense.

Sin número de folios.

Elena dejó las hojas en la cama y se quedó quieta.

Una fotocopia de dos hojas demuestra que existen dos hojas. No demuestra que sean todas. Llevaba ocho meses en un sitio donde lo primero que se comprueba de un documento es cuántas páginas tiene.

Una hoja que falta no hace ruido. Se va, y lo que queda sigue teniendo principio, final y sentido. Nadie lo nota. Y menos veinte años después.

No estaba diciendo que faltara una hoja.

Lo más probable, con diferencia, era que no faltara ninguna. Un informe de inspección ocular sin cadáver son dos hojas, y con dos hojas va sobrado. Elena se lo dijo a sí misma dos veces, en voz alta, porque era verdad y porque no quería ir a pedir un papel empujada por lo que le apetecía encontrar.

Estaba diciendo otra cosa: que aquel papel no permitía saberlo.

Y eso, en su oficio, es exactamente lo mismo que un hueco.

Para saberlo había que ver el original. El original del informe de un forense no está en una caja de un sótano: está en el juzgado que instruyó, en el archivo del instituto de medicina legal o en los dos sitios, con su registro, su numeración y su firma en cada folio.

Se pide por escrito.

* * *

Elena se levantó y fue hasta la ventana, que daba al puerto, y estuvo allí el rato que hacía falta.

Se lo sabía de memoria de tres semanas antes, en el sótano, de pie delante del armario de los impresos. Ponía:

COMISARÍA CENTRAL · IMPRESO 34 SOLICITUD DE COMISIÓN DE SERVICIO

[...]

EXPEDIENTE DE REFERENCIA: MOTIVO:

No era el 34. Para pedir documentación a un juzgado había otro impreso, con otro número, que Elena también conocía. Pero la casilla era la misma casilla, y estaba en todos.

«Expediente de referencia.»

Dos palabras y una línea de puntos, y detrás de la línea de puntos, la sexta planta.

Si escribía A7/114-CN, aquel papel subía con el número de la caja en medio de la hoja.

Pasaría por registro. Alguien le pondría un sello.

Alguien lo leería, aunque fuera por encima, y sabría que la archivera del sótano estaba pidiendo a un juzgado el original de un informe forense de un caso archivado hacía veinte años.

Y a partir de ahí, aquello ya no era suyo.

No pasaría nada, seguramente. En una comisaría entran cuarenta papeles al día y nadie tiene tiempo de leerlos con atención. Elena se dijo eso también, y no se lo creyó, porque había un hombre que en ocho meses había bajado al sótano una sola vez y lo había hecho para preguntar por una caja.

Elena volvió a la cama y se sentó al lado de las dos hojas.

Hizo la cuenta de lo que tenía si no lo pedía.

Tenía un atestado que menciona unas marcas y un informe que no las menciona.

Tenía la palabra de un hombre jubilado que no iba a repetírsela a nadie.

Que ya le había colgado el teléfono una vez.

Y que en veinte años no había ido a decírselo a ninguna de las personas a las que se lo tendría que haber dicho.

Y tenía una copia de dos hojas que no se sabía si eran dos hojas.

Con eso no se va a ninguna parte. Con eso se vuelve al sótano, se devuelve la caja a la 2-C y se saca la siguiente, que es lo que le tocaba hacer desde el principio.

Estuvo con aquello un rato largo.

Lo que no se le ocurrió ni una sola vez, y eso lo pensó después, fue ir a contárselo a alguien de la casa.

No por desconfianza. Porque para contarlo había que empezar diciendo dos cosas: que llevaba tres semanas con una caja fuera de su balda, y que se había ido quinientos kilómetros con sus días y su gasolina.

Dicho eso en voz alta en la sexta planta, no hay manera de que lo que va detrás suene a nada.

Después abrió la libreta por el final, por las hojas limpias, y en una de cuadros escribió despacio, como se escribe un borrador de algo que se va a copiar a máquina, las palabras exactas que iba a poner el viernes en aquella casilla.

Le salieron a la primera y no cambió ninguna.

A7/114-CN. Ocho caracteres y un guion. Elena los miró escritos en el papel de cuadros, a lápiz, en una habitación de pensión a quinientos kilómetros del único sitio donde aquello significaba algo.

Debajo escribió lo que iba a poner en la casilla de al lado, la del motivo, y ahí tardó bastante más.

El motivo tenía que ser verdad. Tenía que caber en dos renglones. Y no podía decir ni la mitad de lo que había pasado en aquellas tres semanas.

Al final escribió que se solicitaba copia auténtica y foliada del informe obrante en el expediente por no constar en el mismo el número de folios.

Lo leyó dos veces. Era verdad entera y no decía absolutamente nada de lo que importaba.

Elena se quedó mirando las dos líneas y se rio sola, por primera vez en tres días, porque acababa de escribir exactamente la clase de frase que llevaba ocho meses encontrándose en las cajas y despreciando un poco.

Después calculó. El correo interno tardaba lo que tardaba. Registro, firma, salida, el juzgado, y la vuelta. Si lo mandaba el viernes, con suerte, contestarían en tres semanas.

Tres semanas eran quince cajas de la 2-C. Quince tardes bajando, sacando la que tocaba, leyendo la ficha, apuntando lo que faltaba y devolviéndola a su balda antes de las 19:30, con la 114-CN encima de la mesa, esperando una respuesta de un juzgado.

Arrancó la hoja de cuadros, la dobló en dos y la metió en la carpeta, encima de todo, que era donde iban las cosas que había que hacer al llegar.

Guardó el informe en la carpeta, apagó la luz y se quedó escuchando la sirena, que sonaba cada pocos minutos en un cabo que no veía.

Había una casilla en la que Elena no había escrito nunca.

Aquella noche, en una pensión de Punta Gris, escribió en un papel de cuadros lo que iba a poner en ella.