El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 24. El acantilado
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24. El acantilado

El acantilado

El acantilado no guardaba nada.

Elena lo supo antes de llegar al borde. Había subido al cabo después de comer, y a primera hora de la tarde la niebla se había retirado mar adentro, lo justo para dejar la explanada a la vista.

Aparcó junto a la valla, donde ya empezaba a ser costumbre.

En la estación marina había luz. Elena no se acercó: aquella luz ya había tenido su día.

La hierba del borde era rala y estaba mojada, tumbada por el viento hacia el mismo lado, como pelo peinado deprisa. Entre la hierba asomaba la roca. No había surcos ni huellas, ni nada que se pareciera a una cruz. Por encima había pasado demasiado tiempo.

La única cruz estaba en la carpeta, en la copia del croquis: dos trazos cortos, repasados, a un dedo de la torre.

Elena la sacó y la orientó como se orienta un mapa, con la torre del papel apuntando a la de verdad.

Siguió la valla del faro hasta donde terminaba y caminó hacia el mar despacio, midiendo con los pies lo que en el croquis era un dedo.

Se paró donde se acababa la hierba. Más allá quedaban un par de metros de roca inclinada y después, nada.

Abajo, muy abajo, el mar entraba entre los arrecifes y salía blanco. Desde allí arriba no se oía cada ola, sino todas a la vez, un ruido continuo y sordo, como el de una carretera lejana. Nuria Ínsua le había dicho que el mar no archiva, que redistribuye. Mirando hacia abajo, Elena la creyó.

Se agachó y pasó la mano por la hierba. Estaba fría y no le contó nada.

Se sabía de memoria la frase del atestado, pero la buscó igual en las fotocopias. Hay cosas que hay que leer en el sitio.

Batida la zona con linternas, en el borde del acantilado, a escasos metros de la base de la torre, se aprecian marcas de arrastre en dirección al mar.

En la carpeta llevaba también el informe del médico forense.

Venía doblado en tres en el fondo del sobre de las fotografías, y Elena lo había leído en el sótano antes de salir hacia la costa.

Eran dos hojas. No le había encontrado nada raro.

Un informe sin cuerpo es un informe corto, y aquel lo era.

INFORME MÉDICO FORENSE · INSPECCIÓN OCULAR Diligencias de la Guardia Civil. Puesto de Punta Gris

Día 4 de noviembre, 10:15 horas. Se inspecciona el borde del acantilado en el punto señalado en el croquis del Puesto. Terreno de hierba y roca, muy húmedo. No se aprecian restos biológicos ni signos de lucha.

CONCLUSIÓN: En ausencia de cadáver, no es posible establecer la causa de la desaparición. Los datos disponibles son compatibles con una caída al mar.

En el sótano, sentada y con el tubo parpadeando encima, le había parecido un informe honrado: sin cadáver no hay mucho que peritar. De pie en el borde, con el viento intentando quitarle la hoja, Elena le vio el hueco.

El forense había subido a la mañana siguiente, con el croquis del Puesto, al mismo sitio donde estaba ella.

Había mirado la hierba y la roca, y había apuntado que estaban mojadas.

Elena buscó en las dos hojas la palabra «arrastre».

No estaba. Buscó «surcos», «huellas», «pisadas».

Tampoco. De las marcas que la Guardia Civil había visto unas horas antes, el informe no decía nada. Ni que estuvieran ni que no estuvieran.

Un informe que dice «no hay marcas» se puede discutir. Uno que no dice nada no deja ni eso.

Tampoco había fotos. Elena había pasado muchas veces las del sobre: la escalera, el mecanismo, la gabardina, la taza. Las fotos se acababan en la torre. De lo que los guardias encontraron después, fuera, quedaban una frase del atestado y una cruz repasada dos veces.

Podía haber llovido. En noviembre y en un sitio que se llama Cabo Niebla, lo raro habría sido lo contrario. Pero Elena llevaba ocho meses leyendo informes, y un forense que encuentra borrado lo que los guardias han visto horas antes lo escribe, aunque solo sea para que nadie le pregunte después.

—Ahí no.

Elena se volvió. En el sendero que subía desde el pueblo había un hombre mayor con un gorro de lana calado hasta las cejas, respirando fuerte por la cuesta.

Lo había visto el sábado, sentado en una caja de plástico al principio del espigón, con un cubo vacío a los pies. De pie parecía más alto y más cansado.

—Dos pasos a su izquierda —dijo—. Y hacia el mar ni uno más, que no hay.

Elena dio dos pasos a la izquierda. El hombre miró el suelo, luego la torre, como quien comprueba una medida, y asintió.

—Sargento Quintás.

—Ya no.

—Pero la cruz es suya.

—La cruz sí.

Se quedó a unos metros, con las manos en los bolsillos del chaquetón, y no se acercó más al borde. Elena pensó que un hombre que ha pasado días buscando a otro al pie de un acantilado no vuelve a asomarse por gusto.

—¿Qué busca? —preguntó él.

—Lo que falta.

—Pues aquí va a tener para rato.

Elena no le dijo que llevaba ocho meses teniendo para rato.

—¿Cómo eran las marcas?

Quintás tardó en contestar. Miró la hierba como si todavía estuvieran allí.

—Dos surcos —dijo—. Paralelos. Desde donde está usted hasta la roca.

—¿Hacia el mar?

—Hacia el mar.

—No hay ninguna foto.

—La cámara se quedó sin batería arriba, en la torre. —No cambió el tono—. Por eso hice la cruz.

Elena pensó en los dos trazos repasados. No eran nervios. Eran la única foto que el sargento había podido hacer.

—El informe forense no las menciona.

Quintás no miró la hoja.

—Yo no firmé el informe forense.

—¿Las vio el forense?

Desde abajo subió el ruido de las olas. Quintás tardó tanto en contestar que Elena pensó que no iba a hacerlo.

—Yo las vi.

Lo dijo igual que escribía, un peldaño detrás de otro y sin mirar hacia arriba. Elena entendió que de ahí no iba a pasar, y que hasta ahí le había costado una cuesta.

—El atestado dice que se rastreó la costa tres días.

—El atestado dice lo que buscó la Guardia Civil. —Se ajustó el gorro—. Yo busqué uno más.

—¿Dónde?

—Hacia el norte, pegado a las rocas. Adonde lleva la marea.

Luego miró la libreta que Elena llevaba bajo el brazo. Por el canto asomaba una esquina de papel azul.

—Ha subido a ver a Olvido.

—Ayer.

Quintás asintió despacio, como quien confirma la hora de una marea.

—Entonces ya tiene todo lo que tuve yo.

—¿Y supo leerla?

—Si la hubiera sabido leer, no estaría pescando.

Se dio la vuelta y echó a andar sendero abajo, sin despedirse. A los pocos pasos se paró, sin volverse.

—No llovió —dijo—. Ni aquella noche ni la mañana siguiente. Por si se lo estaba preguntando.

Y siguió bajando hasta que la cuesta se lo tragó.

Elena no le había preguntado por la puerta de la torre. Le pareció que aquel hombre ya había dicho todo lo que había subido a decir, y que la cuesta, a su edad, no daba para más.

Elena se quedó sola en el borde. En todo el expediente, el sargento que nunca apuntaba lo que pensaba había dejado solo dos cosas fuera de su sitio: una pregunta a lápiz debajo de su firma y una cruz repasada dos veces.

Las dos decían, a su manera, lo mismo que acababa de decir en voz alta: que él había visto algo que en los papeles no había cabido.

Volvió a leer la conclusión del informe: «compatibles con una caída al mar».

En el sótano había aprendido a leer despacio la palabra «compatible».

Lo que es compatible con una caída suele serlo también con casi todo lo demás.

Pero una caída no deja surcos. Quien cae llega al borde andando, o corriendo, o tropieza, y lo que queda detrás son pisadas.

Dos surcos paralelos los deja otra cosa. Los deja alguien que no va por su pie.

La niebla empezaba a volver desde el mar, despacio, borrando primero los arrecifes y luego el horizonte. Arriba, en la torre, sonó la sirena. Elena abrió la libreta y, debajo de «Nadie pidió que repitiera», escribió: «Marcas de arrastre. Atestado: sí. Informe forense: ni sí ni no. No llovió.»

Guardó la libreta y miró por última vez la hierba, peinada hacia el mismo lado, sin una sola marca.

El acantilado no guardaba nada.

Por lo visto, el informe forense tampoco.