El faro de Cabo Niebla (Los casos de Elena Cortés 1) 23. Y se cae
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23. Y se cae

Y se cae

Por la mañana, las siete líneas seguían siendo verdad.

Elena se despertó a las nueve y media con tres horas de sueño y la sensación rara de haber hecho algo. Se lavó la cara, bajó a por un café y volvió a subir con él, y antes de tocarlo se sentó a releer lo de la noche.

No se le cayó nada. Eso es lo que hay que entender de aquella mañana.

Lo que se escribe de madrugada suele deshacerse con el desayuno. Elena contaba con ello: había subido el café preparada para encontrarse una tontería escrita por una mujer que llevaba tres semanas durmiendo poco.

Las siete líneas estaban donde las había dejado y cada una seguía teniendo debajo una fecha y un sitio.

Rita Vergara estaba en el mar. Rita Vergara era la única que podía ver el faro.

Rita Vergara tenía emisora. Rita Vergara avisó tarde.

Rita Vergara había mentido sobre una taza.

Rita Vergara no entraba en la taberna. Rita Vergara había dicho aquello de que si se iba, tenían razón.

A la luz del día seguía todo en pie, y Elena, que había dormido tres horas, se sintió mejor de lo que se merecía.

Abajo, la dueña le preguntó si iba a comer y Elena dijo que no lo sabía. La mujer lo apuntó igual en el cuaderno de hule, que era su manera de no discutir.

Decidió ir a verla.

No a acusarla, porque no tenía autoridad para acusar a nadie de nada y lo sabía perfectamente. A verla. A hacerle, por fin, la pregunta que en Punta Gris no le hacía nadie desde hacía años, la que la mujer de la taberna le había dicho el primer día que no hiciera.

* * *

Bajó al puerto a las once. El Santa Ola estaba amarrado y no había nadie a bordo, así que se sentó en un noray a esperar, con la libreta encima de las rodillas y la carpeta debajo del brazo, y se puso a preparar la pregunta.

Ese fue el error, y fue un error de oficio.

Porque una pregunta hay que escribirla entera antes de hacerla, y para escribirla entera hay que saber qué se está preguntando exactamente. Elena escribió:

«¿Por qué tardó veinticinco minutos en avisar?»

Y se quedó mirándola.

La leyó otra vez. Y otra. Y a la tercera vio lo que había dentro de aquella pregunta y que llevaba tres semanas mirando sin verlo, desde la primera noche del sótano, con la caja abierta encima de la mesa.

Avisó.

Rita Vergara avisó.

Elena se levantó del noray tan deprisa que la rodilla protestó, y se quedó de pie en el muelle con la libreta en la mano y el frío entrándole por el cuello, haciendo la cuenta que no había hecho.

Si Rita Vergara no hubiera cogido la radio aquella noche, ¿qué habría pasado?

El Santa Ola encalla igual. La tripulación sale del agua igual. A las dos de la mañana hay un pesquero en los arrecifes y media docena de personas contándolo en el puerto, y eso es un accidente de mar, que es una cosa que en aquella costa lleva pasando desde antes de que hubiera carretera.

¿Y el faro?

El faro no se ve desde el pueblo. Lo había comprobado ella misma, andando, dos veces, el domingo por la mañana. Desde la lonja no se ve. Desde la dársena no se ve. Solo desde la punta del espigón y desde el mar.

Así que nadie del pueblo habría sabido que estaba apagado.

Al día siguiente, tarde o temprano, alguien habría echado de menos a Adrián Losa. Habrían subido a la torre. Habrían encontrado el mecanismo desconectado y la taza fría, y habrían empezado a preguntarse cosas, sí. Pero habría sido otro caso.

Habría sido un farero desaparecido en un sitio y un barco encallado en otro. Dos papeles distintos, en dos mesas distintas, con dos horas distintas.

Nadie habría escrito nunca, en ningún atestado, que a las 23:30 de aquella noche el faro de Cabo Niebla se apagó.

Eso lo escribió la Guardia Civil porque una mujer lo dijo por radio.

Elena se sentó otra vez, despacio.

Tenía las manos frías y no se había dado cuenta. En el muelle dos, un hombre pasaba la manguera por la cubierta de un barco, y el agua caía al mar haciendo el mismo ruido que hace desde hace cien años.

Los veinticinco minutos no eran una prueba contra Rita Vergara. Los veinticinco minutos existían porque Rita Vergara habló. Sin la llamada no hay retraso, porque no hay aviso. Sin aviso no hay hora del apagón. Sin hora del apagón no hay caso.

Ni atestado. Ni cruz repasada dos veces. Ni caja 114-CN. Ni una archivera sentada veinte años después en un noray, en un pueblo al que no la ha mandado nadie.

Lo único que el pueblo tenía contra aquella mujer, después de veinte años, era que había hablado.

Y Elena había construido un caso encima de eso.

La pregunta seguía escrita en la libreta. No la tachó. Se quedó ahí, entera y bien formulada, sin servir para nada, que es como se quedan casi todas las preguntas bien formuladas.

Tardó un rato en poder pensar en otra cosa.

Cuando pudo, lo que pensó no fue sobre Rita Vergara. Fue sobre las siete líneas, que seguían siendo verdad, todas, cada una con su fecha y su sitio, y que seguirían siéndolo cuando ella se muriera.

Ninguna era falsa. Ninguna estaba mal comprobada. No había ni un error en aquellas dos páginas.

Y la conclusión era mentira.

Elena se quedó un rato largo con aquello, porque era lo más parecido a un suelo que se mueve que le había pasado en mucho tiempo.

No era que se hubiera equivocado; equivocarse es una cosa que pasa y que se arregla.

Era que se había equivocado haciéndolo todo bien, y eso no sabía dónde se arreglaba.

Y había otra cosa: acababa de reconocer el documento que había escrito la noche anterior.

Lo conocía bien. Llevaba ocho meses leyendo esos.

Un atestado con oficio y sin razón. Horas exactas, distancias medidas, nombres bien escritos, y debajo de todo, en el sitio donde tiene que estar el para qué, un hueco que el que lo escribió tapó diciéndose que ya aparecería.

Lo que falta en un atestado malo es oficio. Lo que falta en uno bueno es una razón. Se la sabía de memoria porque la había pensado ella misma, en el sótano, con el tubo parpadeando encima.

Y acababa de escribir uno bueno.

* * *

A las doce y cuarto, Rita Vergara apareció por el otro lado del muelle con una caja de plástico al hombro y la dejó en la cubierta del Santa Ola.

Elena la vio desde donde estaba, a cuarenta metros, y no se movió.

No fue por apuro ni por prudencia. Fue por una razón mucho más sencilla: no tenía ninguna pregunta que hacerle. La que llevaba escrita en la libreta se le había deshecho en la mano un cuarto de hora antes, y no le había dado tiempo a fabricar otra.

Rita se metió en la caseta del timón. Elena recogió la carpeta y se fue por donde había venido.

Volvió a la pensión andando despacio. No rompió las dos páginas, porque en un archivo no se rompe nada y porque romperlas habría sido hacerse un favor. Las dobló, las metió en la carpeta de gomas detrás de todo lo demás y escribió encima, en la esquina, con letra pequeña:

«Escrito el martes por la noche. Comprobado el miércoles.»

Debajo, más pequeño todavía:

«Siete hechos verdaderos puestos en fila no son una explicación. Son siete hechos puestos en fila.»

* * *

A la una y media subió a la habitación, se cambió las botas y sacó del sobre la copia del croquis y el informe del forense, que llevaba tres días sin abrir.

Había pasado la mañana entera aprendiendo una cosa que no era del caso, y todavía le quedaba media tarde.

Sacó también sus dos páginas del martes, las miró una vez más y las volvió a guardar detrás de todo lo demás.

Aquella tarde no le hacían falta. Lo que le hacía falta estaba arriba, en el borde de un acantilado, y era una cruz que un hombre había repasado dos veces con un lápiz.

Iba a subir al cabo.

Por la mañana, las siete líneas seguían siendo verdad.

Y a mediodía seguían siéndolo, que fue lo peor de todo.